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jueves, 24 julio 2014
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La Razón

Libros

Alemania'61 el riesgo era el muro

  • A principios de los 60 Alemania estaba lejos de su influencia y poder económico actuales (incluso del deportivo, con la Eurocopa en las botas). Kempe analiza en el soberbio «Berlín, 1961» las tensiones que desencadenó la construcción del Muro entre EE UU y la Unión Soviética

    «Berlín, 1961»
    Frederick Kempe
    Galaxia Gutemberg
    650 páginas, 26 euros.

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Un soldado (imagen que recoge el libro) salta la valla que divide Berlín. Abajo, soldados alemanes en plena construcción del Muro
Un soldado (imagen que recoge el libro) salta la valla que divide Berlín. Abajo, soldados alemanes en plena construcción del Muro

La monografía «Berlín 1961», aparte de un libro documentado, riguroso, aunque ameno y trepidante, es una referencia necesaria para hablar del Muro de Berlín y de la guerra fría.  Son 650 páginas de datos, reflexiones y referencias a documentos estadounidenses, alemanes y soviéticos desclasificados, entrevistas que Kempe ha usado inteligentemente. El escenario es el Berlín repartido, el lugar más peligroso del mundo, como reconoció Jrushchov a John F. Kennedy. El momento: cuando el «telón de acero» de Churchill se convierte en un muro de verdad. El procedimiento, la «Operación Rosa»: en una noche, y por sorpresa, se levanta el muro. La voz de alarma: los tanques americanos M48 Patton y soviéticos T-72 enfrentados en Checkpoint Charlie. El resultado: guerra de nervios y miedo a una mundial. Los árbitros fueron Kennedy y Jrushchov.

Dos mundos opuestos
El contexto de este volumen es el mundo bipolar nacido tras la Segunda Guerra Mundial: dos bloques que se autoconsideran democracias y definidos por sus cosmovisiones contrapuestas: el capitalismo y el comunismo. Su rivalidad les llevaría a fórmulas de partición (Alemania y Corea), y a la creación de organizaciones militares de defensa –OTAN y Pacto de Varsovia–, cuya importancia creció paralela al miedo mutuo o a la capacidad recíproca de destrucción. El recuerdo de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (1945), de la primera prueba atómica soviética (1949) y la carrera armamentística generarían el miedo al «paraguas atómico» y a la destrucción recíproca. El objetivo de los dos grandes es controlar Berlín, porque, como afirmó Lenin, «quien tenga Berlín tendrá Alemania, y quien controle Alemania controlará Europa». Y los hombres que fueron destinados para enfrentarse a ese momento fueron JFK y Jrushchov, dos personajes contrapuestos por temperamento y por educación. el presidente norteamericano, de 43 años, era indeciso y mesurado. Y su rival soviético, de  67, era impulsivo y grandilocuente. Una partida en la que desempeñaronpapeles importantes Walter Ulbricht, líder de la Alemania del Este, y Konrad Adenauer, canciller de la  Alemania Federal. El entorno de cada presidente es igualmente relevante. En el caso americano, las orientaciones de Dean Rusk, secretario de Estado, los juicios certeros de Robert McNamara, secretario de Defensa, y el sentido práctico del general Lyman Lemnitzer, Jefe del Mando conjunto del Estado Mayor.

Miss e ingeniera
Kempe nos hace ver que, a veces, la interpretación sobre el otro pudo afectar en el momento de tomar decisiones. El autor nos sumerge en una dinámica similar a la del filme de Roger Donalson «Trece días», donde JFK/Bruce Green-wood, en un juego dialéctico apasionante, discute, pregunta y argumenta con su hermano Bob y sus colaboradores buscando soluciones para la crisis de los misiles de Cuba. Kempe introduce datos inesperados que no deben despreciarse. Por ejemplo, el contacto mantenido entre Bob –hermano y consejero más cercano de JFK– y el espía soviético Georgi Bolshakov. O la ingeniera Marlene Schmidt, refugiada de la Alemania del Este, convertida en miss Universo en 1961. O el de Yury Gagarin paseando el orgullo nacionalista soviético silbando la canción patriótica de Dmitri Shostakóvich: «La patria escucha, la patria sabe, mientras su hijo atraviesa el cielo». O incluso Franco, cuyo nombre aparece cuando Jruschov reprocha a los americanos el apoyo que le dan a pesar de cómo llegó al poder

   Las fotos que se incluyen reflejan el dramatismo del momento y algunas son ya iconos de la guerra fría. Como la fuga del policía fronterizo Conrad Schusmann que desecha el rifle mientras salta la alambrada; los tanques frente a frente o los niños de Berlín Este mirando a través de la valla al Berlín Oeste.  A veces son testigos mudos, como la de Jrushchov encandilado ante una elegante Jackie Kennedy.  Al analizar la crisis de 1961, Kempe muestra a un Jrushchov habilidoso y seguro, la mala gestión de un inseguro JFK en la invasión de la Bahía Cochinos o  en la cumbre de Viena. Uno saca la impresión de que en ese joven presidente, atractivo y de oratoria brillante, tal vez había más de marketing político que de eficacia en la gestión.
 

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