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martes, 29 julio 2014
00:21
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La Razón

historico

Un creyente y un laico ante el futuro

  • El ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero y el cardenal Antonio Cañizares debatieron ayer en Ávila sobre la relación entre laicos y creyentes en un mundo en crisis

    Cañizares
    «El economicismo a ultranza devora al hombre»
     Zapatero 
    «Se ha tenido una fe excesiva en el sistema financiero»            


    A debate:
    >> LA CRISIS  >> LOS VALORES  >> EUROPA  >> IGLESIA-ESTADO

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Antonio Cañizares y Rodríguez Zapatero, en un momento del debate
Antonio Cañizares y Rodríguez Zapatero, en un momento del debate

A veces, lo más sencillo nos sorprende. Que hablar nos llame la atención es síntoma de que nos hemos instalado en un monólogo, esto sí, global. El gran monólogo de las redes sociales. Algo tan secillo, insistimos, como dos personas hablando, incluso dos adversarios, como lo han sido el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero y el cardenal Antonio Cañizares, nos extraña. Mientras en las redes directamente alucinaban a 140 caracteres por segundo porque dos personas aparentemente tan dispares compartiesen mesa, ellos pusieron encima de ella los grandes temas que afectan a lo sociedad española, pero con una condición: hacerlo desde la cabeza, el corazón y los pies de los hombres.

El cardenal Cañizares no lo pudo decir más claro: «Venimos a dialogar sobre el humanismo del siglo XXI, sobre una humanidad nueva y renovada». Y presentó sus famosas «divisiones acorazadas» a las que se refería Stalin cuando ironizó sobre el escaso poder militar del Vaticano. ¿Cuántas divisiones tiene?: «Cañizares, como San Pedro, no tiene ni oro ni, ni plata, ni fuerza, ni poder. Ofrece el testimonio de la verdad que he recibido». Estas fueron sus credenciales, expresadas con una sencillez pastoral ejemplar.

Por contra, Zapatero fue fiel a su discurso político sobre el que tanta tinta ha corrido: el talante.  O expresado de otra manera: «La palabra es la fuente principal del humanismo, el ideal más alto y está presente en todas las culturas y religiones». Pero la persona con la que estaba debatiendo no era sólo un alto representante de la Curia vaticana, sino un hombre religioso que cree que la sociedad no debe ser secularizada a toda costa. Así que no pudo ser más cercano cuando reconoció que con Cañizares había «fraguado una relación desde ideas diferentes pero siempre desde el respeto en el origen que ha pasado al afecto».

En el ADN del proyecto político, tal vez también en el personal, de Zapatero está escrito su «optimismo antropológico», según el cual por más crisis económica, por más crisis de un orden moral, por más abandono de las personas en la selva financiera, vivimos en el mejor de los mundos posibles, si lo comparamos con otros periodos históricos. Pero Cañizares, como el cura que sabe cómo está la parroquia, le echó dosis de realidad: «Un economicismo a ultranza está dispuesto a devorar al hombre». Y para evitar que el optimismo acabe en una euforia cegadora, le preguntó: «¿Hacia dónde va Europa?». «No se puede avanzar en el progreso cuando no se avanza sobre la verdad, cuando se establece un relativismo tan tremendo como el que nos atenaza y rige la economía», añadió.

Tensión y concentración
El auditorio del Palacio del Congresos de Ávila estaba a rebosar. Más de 2.000 personas  escuchaban con atención y un murmullo tenso podía escucharse cuando Zapatero concluía sus intervenciones. Se aplaudía apasionadamente, con algo de rabia. Había tensión: después de todo, era la primera comparecencia pública del ex presidente cuyos gobiernos aprobaron leyes que pusieron en pie a la comunidad católica española. Que Zapatero haya elegido este foro católico para hablar largo y tendido permite muchas interpretaciones. Quizá la reconciliación con un sector de la sociedad que le había dado la espalda. Así que allí estaba el ex presidente reconociendo que «sería de ignorantes no reconocer que Europa tuvo 2.000 años de cristianismo, que ha ejercido  una influencia evidente. Ignorarlo sería de ignorantes». 

Cuando Antonio Cañizares hablaba de los valores cristianos, de la solidaridad, del espíritu comunitario, de la ayuda al prójimo, del respeto a la vida, de salvaguardar la dignidad de los hombres, Zapatero hablaba de la Declaración de los Derechos del Hombre, de los estados democráticos, de la Constitución española en cuyo artículo 16 se preserva las creencias religiosas, de ayuda humanitaria. ¿Dos caras de la misma moneda? o ¿no hay democracia sin los valores del humanismo? En esto último, ambos estuvieron deacuerdo.

Zapatero recordó el debate que el cardenal Joseph Ratzinger mantuvo en 2004 con el filósofo alemán Jünger Habermas cuando, dijo, aquel encuentro «estableció un modelo de respeto, neutralidad del Estado y aprendizaje mutuo a través del diálogo». Sin duda aquel debate marcó época, aunque fue muy ignorado en España, un país donde el diálogo entre laicos y creyentes lleva años aparcado, quizá por una estrecha comprensión de lo que debe ser una estado aconfesional.

Como modelo de diálogo, Cañizares puso el encuentro que Benedicto XVI mantuvo en Asís con representantes de otras religiones (encuentro, por cierto, que se recordará también cuando el Papa dijo que algunas religiones no están al servicio de la paz sino de la violencia). Esa valentía fue reinvidicada por el cardenal. Por su parte, Zapatero compartió esta opinión y calificó el encuentro de Asís de octubre de 2011 como «la más audaz doctrina de Benedicto XVI». No pudo evitar hacer referencia a una de sus propuestas más emblemáticas en su época de gobierno al referirse a ese «diálogo interreligioso y diálogo de civilizaciones».

Hablar sin relativizar
Diálogo, diálogo, diálogo... ¿El diálgo supone renunciar a las ideas propias? ¿Diálogo para qué? ¿Con qué objetivo? «Esto es un ejemplo de diálogo –señaló el cardenal–, y nunca se deben cerrar las puertas a nadie. El diálogo verdadero sólo puede traer bienes a la sociedad. El diálogo, que es tolerancia, no es relativismo, sino fidelidad a las ideas de grandeza». Zapatero compartió también esa opinión. No podía ser de otra manera: él dialogó como gobernante, pero no dudó en aplicar políticas que iban en contra de las creencias de una parte de los ciudadanos:«El diálogo sincero facilita el sosiego, alimenta la reflexión y el progreso». 

Pero fue Cañizares quien expresó de manera clara el fondo de este debate sobre el humanismo en el siglo XXI, que es decir en tiempos de crisis profunda, cuando dijo: «No hay democracia sin conciencia asentada en los principios que distinguen el bien y el mal». Zapatero añadió: «Es más, la democracia es la conciencia». Pero hubo más: Cañizares pidió un futuro más ambicioso, mucho más que el pragmatismo que imponen los líderes políticos («no estaría mal que algún dirigente económico leyera la encíclica "Caritas in veritate" de Benedicto XVI» para entender que se gobierna para los hombres y no al revés): «Hay que soñar con el futuro, faltan soñadores, faltan Quijotes».

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