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domingo, 21 diciembre 2014
17:39
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La Razón

Ejemplaridad y Patriotismo

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Todos con la Selección
Todos con la Selección

Identificarse con el país propio, en nuestro caso con España y las cosas españolas, es algo natural. Por la misma razón, también es natural que nos sintamos identificados con quienes representan a nuestro país en una competición deportiva. Si esta competición es uno de los mejores torneos del mundo, como es la Copa de Fútbol de Europa, la identificación alcanza una intensidad emocional extraordinaria.

Como todos los deportes, el fútbol significa esfuerzo, sacrificio, trabajo continuado, voluntad de ganar, competencia y coraje. Por su propia naturaleza, también significa trabajo en común –que no excluye la aportación y la creatividad individuales–, intensidad concentrada en un espacio físico estricto y un objetivo explosivo, rapidez y control resumidos en elegancia y belleza, que llegan a lo sublime: las crónicas futbolísticas hablan de estética como hace mucho tiempo que se ha dejado de hablar en los horrendos –horrendos a propósito– equivalentes modernos de las antiguas artes plásticas.

Quien alcanza la excelencia en tantos campos, que abarca desde los valores éticos hasta la pura belleza pasando por la forma física, alcanza también la categoría de héroe. Y cuando estos personajes, que tienen una dimensión propia, asumen la representación de un país, como ocurre con la Selección Nacional, esos mismos principios pasan a ser las formas supremas del patrimonio común. Nos identificamos con los nuestros porque son los nuestros, pero los nuestros alcanzan el punto más alto porque son los mejores en lo que hacen. Así que estos deportistas encarnan lo mejor de todos nosotros, aquello a lo que debemos aspirar en nuestro propio campo, casi siempre más humilde y otras muchas aún más sacrificado y más duro.

En España tenemos una tendencia a limitar la manifestación de la alegría y el orgullo patriótico al deporte. Parece que sólo fuera lícita la expresión del patriotismo cuando juega Rafa Nadal o corre Fernando Alonso o juega la Selección Nacional. Esta tendencia se explica por razones históricas y políticas que han puesto en marcha en nuestro país (es decir, con todos nosotros), un experimento aberrante en el que los principios de convivencia en libertad parecen reñidos con la expresión de la lealtad a nuestro propio país, a aquello que nos une a todos y está por encima de la política.

Es una situación que deberíamos empezar a superar. Los deportes –y en lo que nos toca ahora el fútbol– requieren el respeto y el cumplimiento de principios éticos y estéticos que son auténticos modelos: modelos para la conducta individual y también para la vida cívica. El deporte, en este sentido, es una escuela de ejemplaridad como pocas veces se da en la vida en común por su alcance y su inteligibilidad inmediata. Por mucho que se quiera encerrar el alcance de la emoción patriótica al campo deportivo, el deporte le otorga siempre una dimensión distinta, mucho más amplia.

Por otro lado, el éxito en los deportes, en particular en el fútbol, tiene un significado propio. Si los españoles son capaces de llegar tan lejos en un campo que requiere la puesta en juego de recursos tan diversos, resulta justificado pensar que los españoles también somos capaces de llegar al mismo punto en otros aspectos de la vida. ¿Qué ocurre en el deporte español para que funcione la selección de los mejores, para que el esfuerzo se vea recompensado, para que se aprovechen todas las energías? ¿qué parte de la sociedad española refleja este éxito? ¿cómo aplicar fórmulas similares a otros campos? El ejemplo de nuestros futbolistas nos saca del ensimismamiento provinciano y masoquista que tanto han cultivado las élites intelectuales españolas en el siglo XX y que, por las trazas, llevan camino de seguir cultivando, para nuestra desgracia. Nos pone ante un hecho que muchas veces no queremos ver: la grandeza de nuestro país, los recursos con los que cuenta, la disciplina y la capacidad de trabajo de los españoles.

Finalmente, si la Selección Nacional ha llegado a la final de la Copa de Europa es también porque ha sido mejor que casi todas las demás. Hoy en día se considera de mal gusto hablar de esto, pero éste es uno de los ingredientes básicos de la explosión de alegría que se escucha en toda España cuando gana la Selección Nacional. El orgullo de ser los mejores no implica desprecio hacia los demás. Al revés: se alcanza cuando se conoce muy bien a los adversarios. En el caso de una competición abierta, y en particular de una final, el orgullo máximo se alcanza porque se ha vencido a un rival que ha demostrado estar a un nivel similar al nuestro. También en esto el fútbol es ejemplar. Pocas cosas hay tan grandes como demostrar que somos los mejores. 

 

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