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jueves, 18 septiembre 2014
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La Razón

historico

Diálogo interreligioso por Ángel Gutiérrez Sanz

  • El autor dice estar de acuerdo con que entre creyentes y laicistas exista un diálogo que permita a ambos conocerse mejor y así poder erradicar prejuicios

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Un momento del debate
Un momento del debate

El pasado 28 de junio  se celebraba en el Lienzo Norte de Ávila un debate, teniendo como telón de fondo el humanismo del siglo XXI. Se trataba de un cara a cara entre dos interlocutores de tendencias contrapuestas,  monseñor Cañizares y el ex presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero. En el transcurso del mismo hubo acuerdos y desacuerdos, sin que la sangre llegara al río. Todo muy cordial. Por boca de Mons. Cañizares se pudo escuchar lo que hemos oído tantas  veces, que la ausencia de valores y el relativismo moral están en el origen de la crisis de humanismo que padecemos. Para  Zapatero se trataría  más bien de crisis económica y de la  amenaza de dogmatismo. El arzobispo pide principios, Zapatero libertad y tolerancia. En lo que ambos estuvieron muy de acuerdo fue  en la necesidad de diálogo interreligioso.

Con anterioridad, allá por enero de 2004, dos gigantes del pensamiento,  el cardenal Joseph Ratzinger –ahora Benedicto XVI– y el filósofo Jürgen Habermas protagonizaban un histórico encuentro en la Academia Católica de Munich, para debatir sobre estos mismos temas. Nadie convenció a nadie, es verdad. Benedicto XVI siguió firme en sus convicciones y el filósofo de la Escuela de Frankfurt sigue «sin oído para la religión». Aun así, el hecho de haber podido disentir libremente en una atmósfera de cordialidad ponía de manifiesto que la Iglesia está capacitada para mantenerse a flote en  los procelosos mares de una cultura tan  secularizada como la nuestra.  Yo también estoy de acuerdo con  que entre creyentes y laicistas exista un diálogo que permita  a ambos conocerse mejor y así poder ir erradicando tantos prejuicios que en forma de crítica corrosiva se vienen profiriendo.

 Hace  ya algún tiempo que  Augusto Comte pronunciara aquella famosa sentencia de que «sólo el método científico nos proporciona la verdad del mundo». Sobre esta base de rancio sabor positivista se ha ido construyendo una cosmovisión materialista ajustada a las aspiraciones inmanentistas, en pugna con toda visión trascendente de la vida, de la que se viene alimentando un laicismo miope que no deja de arremeter contra la religión. La racionalidad lo es todo y la fe ya no tiene cabida en nuestro mundo. El sentimiento religioso no pasa de ser la expresión anacrónica de un conocimiento precientífico que nos retrotrae a sociedades primitivas, un subproducto de culturas poco desarrolladas que no resiste ya por más tiempo las críticas de la razón y que se aleja de las exigencias de un mundo supercivilizado. Yo he podido asistir a algún discurso laicista en el que se presentaba la fe religiosa como una antigualla, una especie de falacia para ingenuos, equiparable al mito, pura fantasía que ya no tiene cabida  en un mundo tecnificado. Llegado es el momento, se dice, de agradecer a la religión los servicios prestados y disponernos a vivir una época posrreligiosa, sin recuerdos nostálgicos, que para lo único que servirían ya es para obstaculizar el proceso de la razón. ¿Será verdad? 

 A través del pasado lo que podemos constatar es que, dentro del cristianismo, fe y razón han caminado siempre juntas. Desde tiempos de  San Agustín, los teólogos se han venido manteniendo  fieles a la consigna  «credo ut intellegam, intellego ut credam» ( creo para que pueda entender, entiendo para que pueda creer), o aquella otra que se viene repitiendo desde San Anselmo: «Fides quaerens intellectum» (la fe queda iluminada por la inteligencia). En el seno del catolicismo nunca han caminado por separado la razón y la fe, sencillamente porque Dios es autor de ambas y no va a contradecirse a sí mismo. Éste es un hecho histórico irrefutable, como lo es también que la fe católica ha sido la inspiradora de genios incomparables, artistas, músicos, poetas, pensadores, científicos, filósofos... Nadie  en su sano juicio puede negar esta evidencia. En general, nuestra rica y exuberante  cultura europea ha tenido como nodriza al cristianismo. Hechos como el de Galileo y otros errores puntuales en el entorno del cristianismo están siendo utilizados hábilmente por la crítica laicista; pero ello no debiera ser motivo suficiente para ensombrecer la ingente labor llevada a cabo por el pensamiento cristiano a favor de la cultura. Si tuviéramos que poner en un platillo todas sus aportaciones positivas y en el otro las negativas es seguro de qué lado se inclinaría la balanza. Como tantas veces se ha dicho: poco quedaría de nuestra cultura occidental si la  desvinculáramos de sus raíces religiosas y cristianas.

 Sin duda, el catolicismo ha sido y sigue siendo una religión ilustrada que está siendo avalada por las ciencias, la historia y la arqueología. Ciertamente, el catolicismo no es retrógrado, sino que está,  como no podía ser de otra forma, a favor del progreso, el desarrollo y los avances científicos; a lo que sí se opone, entiéndase bien, es a ese mal uso que de los nuevas técnicas e inventos pueda hacerse, pues no todo lo que está al alcance de la ciencia y la técnica es lícito. Tampoco es identificable cultura con laicismo, pues no siempre ambos van en la misma dirección. Está por demostrar que los no creyentes sean más cultos que los creyentes. Lo que sí parece suficientemente demostrado es que los librepensadores de siempre  han tenido la propensión de sentirse seres incontaminados, liberados de prejuicios, al margen de opresión religiosa o dependencias dogmáticas. En su versión más radicalizada profesan el pensamiento único, alimentado por una razón laica excluyente, que tratan de imponer a los demás con la excusa de liberarles de un fanatismo oscurantista y perturbador. Su culto a la razón les hace refractarios a otros tipos de conocimiento. Todo con la razón, nada sin la razón. Lo racional vale, lo demás carece de sentido. No quieren pactos, lo que buscan es la destrucción de la religión en nombre de la verdad. Pues bien, sin negar los valores inherentes a la racionalidad,  es obligado decir que una razón  secular más humilde y menos arrogante resultaría más atractiva. El primero en mostrarse autocrítico con las actitudes laicistas tan radicalizadas ha sido Habermas, quien al igual que lo hiciera en su tiempo Ortega y Gasset ve en ello un claro signo de totalitarismo. Y es que la razón humana tiene sus límites, que es preciso reconocer. La vida humana está llena de misterios impenetrables para el humano conocimiento. Existe lo sublime, lo inefable, lo supraracional, existe el mundo religioso que, como bien dice Wittgenstein, sólo es expresable con un lenguaje místico. ¿Por qué la cultura ha de quedar circunscrita simplemente al conocimiento científico cuantificable, experimentalmente verificable? Cultura es también  todo lo que corresponde al amplio complejo de manifestaciones humanas entre las que se encuentra el sentimiento religioso. No verlo así supondría desvirtuar el significado profundo de la cultura o de la religión. 

 Es verdad que la fe religiosa por ser la expresión del misterio sagrado alberga en su seno la paradoja y el escándalo. En todos los tiempos, la religiosidad ha estado condenada a medirse con la cultura  de su tiempo; a veces ello ha sido fácil, en otras no tanto. En nuestro tiempo, esto resulta especialmente complicado; a pesar de todo, la Iglesia no tiene ningún complejo en entablar diálogo con la cultura laica. En el fondo se trata de un problema de confrontación dimensional, un drama que siempre ha estado latente a lo largo de la historia, lo que hace que la fe religiosa se encuentre en permanente estado agónico de lucha, que la obliga a constantes adaptaciones y cambios,  aunque eso sí, manteniéndose fiel a sus esencias. El posicionamiento religioso nunca es definitivo, nunca se puede hablar de triunfalismos, nunca se puede descansar tranquilos inmersos en formalismos preestablecidos e inmovilistas, porque la religiosidad ha de ser vivida en y desde la temporalidad con todas las limitaciones y tensiones que implica querer vivir a nivel de la tierra las realidades que están por encima. Ésta es la gran paradoja de la fe, por ello, a los ojos del mundo, la religiosidad ha sido, en muchas ocasiones, motivo de escándalo y ha de seguir siéndolo. La paradoja de armonizar lo inmutable con lo mutable, la paradoja de vivir en el tiempo presente una esperanza de vida nueva. Nada librará al creyente de involucrarse en la trama humana. No ha habido nunca un hombre tan espiritual que no haya sabido de  las zozobras de la vida, de tensiones y dudas espirituales, que no haya tenido que asumir los riesgos de ser sujeto religioso inmerso en los vaivenes de la historia; pero lo mismo cabría decir en sentido inverso de los no creyentes.

La postura del ateo tampoco  es una postura cómoda,  no lo fue para André Gide, porque  para ser ateo hay que abstenerse de mirar a la naturaleza, cerrar los ojos para no sentir la necesidad de interpretar lo que tenemos delante.  No, no es fácil  ser ateo; lo dicen ellos mismos. La negación de la existencia de Dios, declaraba Jean Paul Sartre, es una tarea larga y difícil que tiene que empezar cada día. Para Simone de Beauvoir, dejar morir a Dios es precipitarse en los abismos de la nada. Así lo reconoce también Jean Rostand:«He dicho que no a Dios… pero en cada momento la cuestión vuelve a presentarse… No es un ateísmo sereno, ni jubiloso ni contento», hasta el mismo Nietzsche, que tantas veces renegó del Dios cruel y verdugo, en algún momento no puede contener los latidos de su corazón y se dirige a Él  para decirle en tono de plegaria: «Todos los arroyos de mis lágrimas corren hacia Ti, y la última llama de mi corazón para Ti se abre ardiente».

Los católicos se sienten obligados a reconocer los valores del pensamiento secular, claro que sí; pero al mismo tiempo piden un reconocimiento de los valores religiosos. Estiman razonable que se tome en consideración su propuesta de que Dios, necesariamente, ha de representar el punto más alto de las posibilidades humanas, que permite al hombre adentrarse en el reino de la luminosidad. Piensan fundadamente que escamotear al hombre la creencia religiosa es privarle de algo que en esencia le pertenece, que cerrarse a la llamada sobrenatural es cerrarse a la fundamentalidad de la vocación humana. La visión de un mundo desacralizado puede que sea uno de los espectáculos más dolorosos para el hombre religioso, incluso para quien no lo es. «No concibo, llegó a decir Ortega y Gasset, que ningún hombre pueda renunciar sin dolor al mundo de lo religioso. A mí, al menos, continúa diciendo, me produce un enorme pesar sentirme excluido de la participación de este mundo».

El diálogo debiera servir también para constatar que los creyentes no son tan intolerantes como a veces se quiere hacer ver. Hasta ahora se nos ha hecho creer que el dogmatismo está de parte de la religión y el neutralismo de parte del laicismo; pero si atendemos a los hechos vemos que esto no es así. La aconfesionalidad ligada a la inocencia política, en la práctica, no existe; lo que sucede hoy  es que el celo laicista por hacer olvidar a  Dios, es bastante más intolerante que el celo del creyente por hacerle presente. Los católicos hoy se conforman con bien poco, basta con que no se les excluya del espacio social y político, que se les permita intervenir en el diálogo abierto sobre cultura , familia, educación y moralidad; tienen suficiente con que se respete  su libertad religiosa y se les trate como ellos tratan a los demás. No exigen privilegios, pero tampoco  están por las injustas discriminaciones. Esperemos que el dialogo nos ayude a ser más comprensivos a todos.

 


Ángel Gutiérrez Sanz
Catedrático de Filosofía
 Autor del libro «Laicismo y nueva religiosidad», de reciente publicación

 

 

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