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martes, 30 septiembre 2014
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La Razón

Columnistas

La memoria por Alfonso Ussía

  • En su inocencia no me dijo «hoy juega España contra Italia», sino «hoy España va a ganar a Italia»

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Después del 5-1 a Dinamarca, llegaron los belgas. A mi casa vinieron a verlo Mingote y Garci. Aquel día, en México, España jugó de blanco. Faltaban pocos minutos para el final, y Mingote preguntó: «¿Somos los rojos o los blancos?». Los belgas nos eliminaron. Resulta muy complicado entenderlo ahora, pero en aquellos tiempos nos eliminaban los belgas. Más atrás todavía. Un centro alto sobre el área de Brasil. Sale el portero brasileño y salta Carlos Alonso, Santillana. El montañés del Real Madrid era como Nijinsky. Se mantenía en el aire, suspendido. Superó en el salto al portero y le dejó el balón muerto, con toda la portería a su disposición y a dos metros de la línea de gol a Cardeñosa. España se disponía a ganar a Brasil, y a Cardeñosa se le trabó la cabeza y sus piernas se bloquearon. Era un buen jugador, pero a partir de aquel embrollo mental se ganó, injustamente, la fama de torpe para toda su vida. Y nos eliminó Brasil. Porque España, con grandísimos futbolistas, no superaba los cuartos de final, y cuando principiaba una Eurocopa o un Mundial, los aficionados sabíamos hasta dónde albergar nuestros sueños, o mejor escrito, nuestros insomnios desconsolados.

Luis Aragonés cambió la Historia. Se deshizo de los egoísmos de algunos. Prescindió de quien estaba considerado en aquellos días como el mejor futbolista de la Selección. Contaminaba el ambiente del vestuario. Y en la Eurocopa de Alemania  y Austria, los belgas no llegaron, Cardeñosa se había olvidado y España ganó la final a los alemanes. Y estableció un sistema de juego que su sucesor, Vicente del Bosque, el hombre siempre discreto y medido, respetó y mejoró. Y España ganó el Mundial de Sudáfrica, el primer Mundial para España, y los componentes de la Selección, todos ídolos sagrados en sus clubes, asumieron que sólo la humildad y la unión los hacía más grandes. Los futbolistas, campeones del Mundo, y Vicente del Bosque, marqués por voluntad del Rey. Iker y Xavi se encargaron de pulir las aristas en las relaciones entre los jugadores del Real Madrid y el F.C. Barcelona. Y alcanzaron su propósito. Piqué y Sergio Ramos se compenetraron a las mil maravillas como Xabi Alonso con Busquets. Y ahí estaba Iniesta, el mejor futbolista del mundo, con el permiso de Messi y Cristiano Ronaldo. Ya tenemos la Eurocopa de Polonia y Ucrania, después de ganar en la final, en un partido inolvidable, por 4-0 a la selección de Italia, el ogro de nuestro pasado. Y toda España, la que se siente e incluso la que no se reconoce, celebró hasta la madrugada el triunfo de los bajitos, pero sin sentir la novedad del milagro, porque los españoles empezamos a estar tan mal acostumbrados como antaño los húngaros, los alemanes, los brasileños, los argentinos y los franceses de Zidane, que antes de Zidane, los franceses no fueron tanto.

     Mi nieto mayor nació nueve meses antes de la Eurocopa de Luis Aragonés. En su vida, España ha ganado dos Eurocopas y un Mundial. Centenares de miles de niños han crecido en esas circunstancias, sin padecer las decepciones de sus padres y sus abuelos. En su inocencia no me dijo «hoy juega España contra Italia», sino «hoy España va a ganar a Italia». Así han cambiado, y de qué manera, nuestras costumbres. Para nosotros, una derrota de la Selección era una penitencia obligada, asumida y hasta celebrada. «Qué pena, con lo bien que hemos jugado y nos ha ganado Bélgica». Para ellos, el triunfo es lo normal. No conocen la humillación. Y lo suyo es infinitamente mejor, pero me preocupa. Porque volverán los batacazos.
 

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