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martes, 15 abril 2014
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Euforia española

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Un millón de personas arropó a la Selección en su paseo triunfal por Madrid
Un millón de personas arropó a la Selección en su paseo triunfal por Madrid

El Gobierno tiene razón. Que el triunfo de la selección española no es fruto de la casualidad sino del trabajo bien hecho no es ningún misterio. Que somos los mejores es una evidencia. Pero las implicaciones que tiene tan magna hazaña para el futuro más inminente de nuestro país trascienden la anécdota, el colorín y las burbujas del momento. Felizmente.

Lo más impactante no es que hemos ganado, sino cómo hemos ganado. Sólo así se entiende que en el más corto plazo vayamos a ver una auténtica y potente inyección para el turismo, en los movimientos de los grandes operadores del sector pero también de las pequeñas y medianas empresas; de las compañías que fletan vuelos hacia la Costa Brava o la Costa Blanca o la Costa del Sol desde todos los rincones de Europa, Asia y América pero también de las más modestas tiendas en las que se venden camisetas o un merchandaising que superará, en esta ocasión con mucho, la celebración del campeonato en Polonia y Ucrania.

El negocio ya no pasa por Beckham sino por Iniesta. Y no es caduco, sino perenne. Como lo es para el Real Madrid un Cristiano Ronaldo o para el Barça un Messi. Se suceden las temporadas pero el éxito permanece, y la cuenta de resultados engorda y engorda sin que nada parezca detenerla. Es el valor de lo intangible y de lo que hace soñar a la gente.

Parafraseando aquella desafortunada frase de Zapatero en la que describía a nuestra nación como algo discutido y discutible, los pupilos de Del Bosque conforman un grupo admirado y admirable; han proyectado la «marca España» como ningún embajador y han convertido a una nación entera, que no atraviesa precisamente sus más boyantes tiempos, en un polo de atracción de difícil parangón.

Pero no sólo pensemos en el consumo que llega de fuera o en la inversión extranjera. Los empresarios del comercio, la hostelería y el ocio nocturno han ingresado decenas de millones de euros más en apenas cuatro semanas; eso quiere decir que la competición y su desarrollo han representado un auténtico balón de oxígeno económico para compatriotas absolutamente vapuleados por la crisis; y que han significado para ellos una ingesta de moral de elevadísimo valor para dar, a partir de ahora, un paso adelante… ¡o dos!

En ese camino de ilusión que la sociedad española ha empezado a recorrer con nuevos bríos desde este lunes mágico, en lo emocional y en lo colectivo, habrá que mirar al gobierno. Y habrá que esperar de Mariano Rajoy y su gabinete, en la acción política pura y dura, la creación de las mejores condiciones posibles para que el país se ponga en marcha. Para que se empiecen a terminar los problemas de financiación; para que se abra una nueva etapa de revalorización de nuestros grandes gigantes bursátiles; para que el crédito que estamos recuperando, con un extraordinario desgaste y una excepcional adversidad en las instituciones europeas, se perciba cuanto antes a pie de calle.

No se trata de empacharnos ni de embriagarnos. Eso sería lo peor, porque a continuación nos faltarían fuerzas para movernos, o simplemente agilidad y capacidad de reflejos. Pero hay hechos que son irrepetibles y cuyo contagio es imposible de evitar. Y hay trenes que no pasan todas las semanas, ni siquiera todos los años, a los que nos conviene subir.

En una semana en la que el Tesoro vuelve a medir su solvencia y confía en colocar otros 3.000 millones de euros, conviene recordar las palabras de aquel sombrío y aspaventoso Van Gaal denunciando una interpretación de  los acontecimientos «siempre negatifa y nunca positifa». Recordarlas para revertirlas. Naturalmente.

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