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miércoles, 30 julio 2014
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La Razón

Columnistas

Desde Rusia con amor (y IV) por César Vidal

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He querido dejar para el final uno de los factores de la vida rusa que, desde hace años, no ha dejado nunca de causarme la más profunda admiración y que he visto corroborado en mi reciente viaje a Rusia. Me refiero a sus mujeres.  Ya decía la zarzuela Katiuska aquello de que «la mujer rusa puede a Rusia redimir», pero lo sobrecogedor del asunto es que no se trata de una exageración. Cualquiera que conozca a las que, por ejemplo, viven en España saben que es muy habitual que no sólo mantengan a sus hijos y envíen dinero a sus padres que viven en Rusia sino que además se ocupen de algún hermano no especialmente trabajador y aficionado al vodka. En cierta ocasión, pregunté a una de mis amigas rusas qué justificaba lo del haragán y mantenido y su respuesta, un punto menos que indignada, fue: «¡Es que en la Gran Guerra patria murieron muchos hombres!». Recuerdo haber respondido que de eso hacía más de seis décadas, pero mi argumento le pareció carente de peso. Como me decía en este viaje una señorita de Moscú: «Los hombres buenos son escasos y, por lo tanto, las rusas los valoramos. Procuramos que sean lo más felices posibles para tenerlos a nuestro lado para siempre».  No era una simple declaración. Más bien se trataba de una sustanciosa descripción de la realidad. Las rusas se esfuerzan porque sus novios y maridos estén satisfechos y contentos hasta extremos que resultan conmovedores. Quizá por eso, tienen una pésima opinión de las españolas. De ellas dicen –y cito literalmente– que «son muy feministas» con el mismo tono de desprecio con el que alguno hablaría en España de «progres» o «fachas»; que no saben hacer dichosos a los hombres o que «no valoran lo que tienen».  ¿Son ingenuas? No lo creo. Las rusas saben como muy pocas el esfuerzo que implica sacar adelante una familia sin la menor ayuda. Precisamente por ello, valoran en su justa medida la estabilidad sentimental y pueden llegar a ser terrible rivales. Hace apenas unos años, las inmigrantes de la antigua URSS comenzaron a llegar en un número importante a ciertas localidades del sur de España. El resultado fue un número disparado de divorcios en la zona e incluso la convocatoria de manifestaciones por parte de las féminas locales exigiendo la expulsión de las rusas en un gesto de claro proteccionismo erótico-afectivo.  Por supuesto, las rusas se acabaron imponiendo, pero la situación llegó a tal extremo que un párroco de la zona me dijo, guasón, que estaba comenzando a calibrar la posibilidad de cambiar la liturgia del matrimonio y sustituir lo de «hasta que la muerte os separe» por «hasta que la rusa os separe». Sabía lo que se decía.

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