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domingo, 26 octubre 2014
10:27
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La Razón

Columnistas

El principio del fin de la banda ETA por José Clemente

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No se si todavía vive aquella buganvilla de flores rosas que tanto gustaba a Miguel Ángel Blanco refrescar en el cobertizo de su casa veraniega de Guardamar. La vi pocos días después de su cobarde asesinato de dos disparos en la nuca a sangre fría, de rodillas, atado con un cable por la espalda y a quemarropa, por ese valiente «gudari» vasco llamado García Gaztelu, Txapote, a la sazón jefe de comandos de ETA y al que recordamos por sus repetidas apariciones en televisión dentro de una sala acristalada de la Audiencia Nacional, de cabello corto y blanquecino que se distingue del resto por insultar a los jueces, dar patadas a las paredes y hacer cortes de manga a los testigos y familiares de sus víctimas.

Hoy se cumplen 15 años de aquel 10 de julio de 1997 cuando el joven e indefenso concejal del PP de Ermua era vilmente asesinado. Quien apretó dos veces el gatillo de la pistola que acabó con su vida (el segundo fue el tiro de gracia para asegurarse de su muerte), no sólo no ha pedido perdón a nadie, sino que encima se pavonea de los que lo hacen, mantiene a los presos en la línea dura y simula disparar contra los jueces de la Audiencia Nacional a través de la sala en la que es recluido durante los juicios cuando escucha alguna cosa que le molesta. ¡Un chuloputas donde los haya, vamos!

Se cumplen ahora los primeros 15 años del secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco en medio del más cruel de los olvidos, especialmente para sus padres Miguel y Chelo y, muy especialmente, para su hermana María del Mar, que visitó esta redacción de Murcia con ocasión de una visita de la familia a estas tierras. Y digo especialmente para María Mar, porque desde la muerte de su hermano no ha hecho otra cosa que luchar para que la luz de aquel «Espíritu de Ermua» no se apagara nunca. Miguel Ángel fue asesinado con la colaboración de su propio jefe, el dueño de un taller próximo a Lasarte, donde apareció su cadáver, que dio el chivatazo a los terroristas para que acabaran con su vida, los mismos que después destrozaron la lápida donde fue enterrado el joven concejal. ¿Se puede ser más bastardo? Pero su muerte no cayó en vano, aunque hoy se le tenga en el olvido. Entonces dignificó la profesión del joven político de pueblo que nunca se lo ha llevado crudo, aunque le costara la vida en aquel País Vasco.

El atentado contra los almacenes Hipercor de Barcelona, en el que perdieron la vida 21 personas y otras 45 resultaron heridas de diversa consideración, y la muerte de Miguel Ángel Blanco, marcaron el antes y el después de una banda terrorista transversalmente unida por la barbarie y la sinrazón. El primero de ellos porque en Barcelona se ensayó el sistema de la matanza indiscriminada y masiva, como lo confirma el abundante liquido inflamable colocado en el coche-bomba para aumentar los efectos destructores del explosivo. El segundo, de corte individual y con fecha de caducidad limitada a las 48 horas para que se liberara a todos los presos de la banda so pena de ejecución sumaria del secuestrado. Un reto imposible de asumir en un Estado de Derecho como el nuestro, que ellos conocían perfectamente de sobra. La reacción de la banda es hoy motivo de triste recuerdo, como el que tendrá la buganvilla que Miguel Ángel Blanco regaba en Guardamar. La reacción del pueblo tampoco se olvidará, pues todos salimos a la calle sin distinción ideológica para gritar «Basta ya».

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