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martes, 30 septiembre 2014
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La Razón

Columnistas

Siria en tablas por Manuel Coma

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Transición es ahora la palabra. Va unida al latiguillo de que «la solución no puede ser más que política». Como si las guerras y las revueltas no lo fueran y sus resultados mucho más. Falta el complemento de este dúo o todavía se menciona poco: compromiso. Eso es lo que se quiere decir, pero al parecer suena demasiado utópico, lo que no deja de ser sorprendente porque la diplomacia se mueve en ese terreno como pez en el agua. La ficción imperante no deja lugar a dudas. Cien países que forman un Club de Amigos de Siria acuerdan el pasado 30 de junio en Ginebra que debe formarse un gobierno de transición integrado por encarnizados enemigos, aunque no se ponen de acuerdo sobre el papel del dictador Asad, si bien la opción más deseada es que no tenga ninguno. Se discute en la ONU si los 300 observadores desarmados de un inexistente y letal alto el fuego, en absoluto paro técnico desde mediados de junio, deben ser reforzados, retirados, reducidos o transferidos como apoyo a ese esfuerzo diplomático transicional.  Gran parte del ejercicio,  en una situación en que algunas apariencias hay que conservar,  está destinado a vencer la resistencia rusa, que una vez superada haría caer la china, lo que permitiría una mayor contundencia en las sanciones del Comité de Seguridad de la ONU, hasta ahora bloqueado por esa pareja de soberanistas a ultranza, que no quieren ver pelar las barbas de los dirigentes de Damasco por el feo precedente que supondría. Mientras tanto, los muertos en año y medio puede que lleguen a 17.000, aunque no hay contabilidad fiable. El Gobierno reclama también sus víctimas, que sin duda crecen continuamente, pues cada vez el conflicto consiste menos en disparos contra manifestantes y más en, por un lado, ataques de las fuerzas del régimen contra núcleos de resistencia político-militar  y, por el otro, en acciones terroristas o emboscadas guerrilleras contra objetivos gubernamentales. Desde el poder se tasan los muertos que se infligen al enemigo, en torno a un máximo de cien por semana, pues se considera que sólo una escalada abrupta de la represión o una masacre como la de 1982 en Hama serviría para vencer las reticencias exteriores a una intervención. El ejército de desertores crece muy lentamente y el régimen se desgasta con igual parsimonia. Situación de tablas.

Manuel Coma
Presidente de GEES

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