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viernes, 29 agosto 2014
17:55
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La Razón

Reportajes

Cumple la «sharía» o revienta

  • La cruel ejecución en público de Najiba, de 22 años,  acusada de «adulterio», no es una excepción en Afganistán. A Zahara, de 19 años, su marido la maltrataba y fue al mulá de la mezquita a pedir consejo: «Me dio una garrafa de gasolina y las cerillas para que me quemara viva»
     

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Najiba sólo tenía 22 años. Pero las leyes de Dios, en manos de los hombres, pusieron fin a su corta vida en Afganistán, que en cualquier otro país podría estar simplemente empezando. 

La mujer, sospechosa de adulterio, fue ejecutada públicamente por su marido porque así lo ordena la «sharia» (ley islámica). Las imágenes de este crimen atroz, que han dado la vuelta al mundo, invitan a reflexionar sobre la vulnerable  situación de las mujeres en Afganistán.

Por desgracia, situaciones como ésta se repiten todos los días en el país centroasiático, lugar en el que, desde hace diez años, hay una guerra abierta contra los talibanes. Cientos de mujeres anónimas han muerto bajo las mismas circunstancias. El desarrollo del conflicto y el enraizamiento cultural de esta brutal práctica induce a pensar que no desaparecerá. 

En Afganistán queda un largo camino por recorrer para que se reconozcan los derechos de la mujer. Quizás, el «burqa» es el menor de los problemas a los que se enfrentan las afganas, si se compara con otras cuestiones. El principal problema es que «hay un vacío legal en los asuntos de la mujer», sostiene Soraya Pakzad, que dirige la ONG Voice of Women Organitation.

La mayoría de veces, los asuntos familiares se resuelven de manera informal, a través de un consejo de ancianos o «shura» basado en las leyes islámicas. «En nuestra sociedad machista se piensa que las mujeres somos una propiedad, un objeto que se compra, y por lo tanto no tenemos derechos», critica Pakzad, que ha sido en repetidas ocasiones amenazada de muerte por los extremistas por proteger a mujeres desesperadas que huyen de la violencia de sus hogares.

En este país todos los matrimonios son concertados. No existe una relación de amor; o una relación de amistad entre un hombre y una mujer. Esto no es aceptado socialmente por la sociedad afgana. Los matrimonios se apañan entre dos familias que se ponen de acuerdo y casan a sus hijos por meras cuestiones económicas. Además, existe la tradición de que el hombre tiene la obligación de pagar una dote por la mujer. Una dote que suele ser bastante elevada, entre 3.000 y 5.000 dólares, en un país donde el sueldo medio no llega a los tres dólares diarios. Los hombres que pueden permitirse pagar esa dote se deberán casar con una chica a la que no conocen de nada y a la que, en el mejor de los casos, han visto una vez en su vida.

Desesperadas
A veces son sólo niñas de nueve, diez o doce años que han sido obligadas a casarse para aliviar los problemas económicos de su familia. Los encargados de controlar estos matrimonios infantiles son los tribunales de Justicia. Pero aquí es donde reside el problema. Sólo el once por ciento de los jueces han estudiado derecho; el resto no ha estudiado ningún tipo de leyes. Esto significa que la mayoría de los jueces afganos son mulás, autoridades religiosas o gente que ha realizado estudios secundarios o estudiado en escuelas islámicas.

«Las prácticas culturales hacen de Afganistán un país muy peligroso para las mujeres», sentencia Pakzad. «Cuando te cansas de llamar a todos las puertas –añade– y nadie te responde, a veces, la única solución que te queda es quemarte viva y acabar con todo».

Herat es la provincia con el mayor número de casos de mujeres que han intentado poner fin a sus vidas mediante estos métodos tan dolorosos. Algunos expertos señalan que la autoinmolación en Afganistán llegó por el ejemplo de las mujeres de otro país donde viven en un estado de constante opresión: Irán. En el país de los ayatolás hay una localidad fronteriza con Afganistán conocida con el sobrenombre de «la ciudad de las suicidas» debido al gran número de mujeres que intenta quitarse la vida para acabar con sus penurias. Y fue justamente Herat, por vecindad geográfica, la puerta de entrada de esta práctica autodestructiva.

Con el rostro desfigurado

«Desde 2003 hemos recibido cerca de mil mujeres que han intentado quitarse la vida quemándose vivas. En lo que va de año ya hemos atendido a 36 pacientes. Se ha convertido en un grave problema en Afganistán», afirma preocupado Muhamed Arif Jalali, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Herat.

La mortandad entre las mujeres se ha elevado hasta cotas insospechadas. «Entre el  sesenta y setenta por ciento del total son casos de mujeres que se han intentado quitar la vida», advierte el doctor. «Muchas me piden que las ayude a morir, pero mi función es la de salvar vidas, no quitarlas», confiesa Jalali que reconoce que «se le rompe el alma» con cada una de sus pacientes.

Zahara tiene 19 años y el rostro desfigurado. Cuando tenía 14 años, su tío la vendió a un vecino por unos 1.000 dólares.  El tío de Zahara era su protector porque su madre se quedó viuda cuando ella era una niña. La joven no quería casarse con aquel hombre, pero la obligaron. «Era muy infeliz. Mi marido se enfadaba mucho y siempre me trataba mal»,  explica Zahara. Desesperada, fue a pedirle consejo al mulá de la mezquita de su barrio porque quería divorciarse. «Él mismo me dio una garrafa de gasolina y las cerillas para que me quemara viva», declara horrorizada.

«No pude ponerle fin a mi vida y ahora tengo que vivir con esta carga», lamenta la joven. «Mi marido no quiere saber nada de mí, se ha casado con otra mujer y tienen un hijo. Le he pedido que nos divorciemos pero él se ha negado en rotundo. Seguiremos casados hasta que uno de los dos muera», continúa la mujer.

Apenas sale del zulo en el que vive, con su madre de 75 años,  porque los chicos del barrio hacen burla al verla con el rostro desfigurado. Nacer mujer en un país como Afganistán es una condena de por vida.

Sakine Jalal-e-Din, de 17 años, escapó con su novio de casa de sus padres porque la obligaron a casarse con otro hombre de 45 años. La Policía los encontró al día siguiente cuando intentaban cruzar la frontera para ir a Irán.

Ahora, Sakine cumple condena de tres años en el Centro de Rehabilitación Juvenil de Herat por un delito de adulterio. La joven y su novio mantenían una relación en secreto desde hacía tiempo y Sakine estaba embarazada. El bebé ha nacido en la penitenciaría.

Nada sin ellas

La menor comparte cuarto con otras seis chicas con cara de niñas y mirada inocente. Pero la vida le ha hecho ser adultas antes de tiempo. «Cuando cumpla mi condena tendré que casarme con uno de los dos chicos que abusaron sexualmente de mí. No es una decisión agradable pero no tengo otra opción. No sé cuál será mi futuro», afirma Nefise, con resignación. Sus grandes ojos marrones ocultan una enorme pena. Echa de menos a sus padres y quisiera poder escapar de estos muros que se han convertido en su cárcel.

Nefise es afortunada porque solo tendrá que permanecer en el internado durante un año. Otras de sus compañeras se enfrentan a una condena mayor por haberse escapado de sus maridos maltratadores.

Durante el régimen de los talibanes (1996-2001), a las mujeres afganas se les prohibía trabajar, ir a la escuela o salir de casa solas. Cuando en octubre del 2001. Estados Unidos decidió invadir Afganistán a raíz de los atentados del 11-S esgrimió, como una de las razones principales, salvar a las mujeres del trato vejatorio al que las tenían sometidas. Todavía siguen relegadas a un segundo plano en la sociedad afgana.
 

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