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jueves, 27 noviembre 2014
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La Razón

Columnistas

España no es la Selección (II) por César Vidal

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Señalaba yo en mi anterior entrega que bastaba mirar las diferencias entre la composición de la selección española y de las clases dirigentes en España para comprender por qué los resultados obtenidos eran tan distintos. Sin embargo, la diferencia no es obvia sólo en el terreno de los miembros, sino también –si cabe más – en el de la cabeza. Como en el caso de los jugadores, el seleccionador nacional llega a desempeñar tan honroso cometido sobre la base de que es el mejor. No procede de un acuerdo entre el partido del Gobierno, los socialistas, el PNV y CiU, sino de una selección sensata que busca reportar el mayor beneficio al bien común. Tampoco es un personaje entregado a complacer a las oligarquías locales. No tiene que mantener un cupo vasco, no tiene por qué entregar un protagonismo a Cataluña que no se ha ganado en la vida real, no tiene que respetar los intereses creados del colectivo de árbitros ni cosas parecidas. Su única función es seleccionar a los mejores y ganar.  No sólo eso. Investido con su autoridad, puede permitirse pasar por alto las bobadas que le dedican los periodistas o volver la espalda a las presiones que reciba. Sabe que, desde la Corona al último ciudadano, todos esperan que gane y que lo demás resulta como mucho accesorio. Díganme ustedes si, una vez más, las diferencias no saltan a la vista. Nuestros gobernantes se rodean de aduladores y asesores –en ocasiones, coincide la persona para ambas ocupaciones– procuran no colisionar con los intereses de las oligarquías más diversas, aunque semejante paso implique daños considerables para el conjunto de la nación; resultan especialmente sensibles a los medios de izquierdas y nacionalistas aunque no repitan sino rancias sandeces y buscan con más facilidad la cercanía de un servil que la de un genio.  Y es que, al fin y a la postre, su principal objetivo no es que España vaya bien –en el caso de los nacionalistas, se trata de todo lo contrario–, sino mantener en pie un tupido entramado de intereses y clientelas que les puede permitir continuar en el poder siquiera un mandato más. El resultado está a la vista de todos. En lugar de arrasar hasta acabar recogiendo la copa del triunfo, el panorama que vemos alrededor de nosotros es, como mínimo, desalentador. Las grandes tareas nacionales no se acometen por temor a pisar callos; el país sigue su marcha –parece que inexorable– hacia la suspensión de pagos e incluso la reelección peligra porque a los votantes les gustaría ver que las cosas van siquiera un poquito, aunque sólo sea un poquito, mejor que cuando ZP desapareció de la escena. Quizá esto último sea lo único que consuela un poco al ver cómo los distintos equipos políticos y sociales no dejan de cosechar una derrota tras otra.

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