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lunes, 28 julio 2014
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La Razón

Entrevistas

Vicente Yangüez «El Chano»/ Banderillero: «Trabajaré mañana tarde y noche para continuar con mi vida normal»

  • «Hasta que no hay un tabaco gordo, la gente no comprende que un toro no es un juguete»

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Vicente Yangüez
Vicente Yangüez

Apenas han pasado 48 horas desde que un novillo de La Glorieta se cruzó en el destino de Vicente Yangüez «El Chano», cuando éste hacía lo propio, de dentro a fuera, para tratar de banderillearlo en una novillada nocturna en Ávila. El banderillero fue prendido de fea manera cuando trataba de esquivar al utrero, que hizo por él y lo volteó. El verdadero vuelco atañe ahora a su vida. Una fractura en la vértebra lumbar L1 con afectación a la médula. Jarro de agua fría para un torero de plata con corazón de oro, que ya piensa en comenzar su nueva lucha, porque, aunque la incertidumbre quiera teñir su futuro del mismo azabache de sus trajes, El Chano lo tiene claro: «Saldré adelante».

–Vicente, ¿cómo se encuentra?
–Bien. Esperando el traslado a Madrid. Hay que esperar a que baje un poco la inflamación. Finalmente me llevarán a La Paz y en cuanto sea posible me operará el doctor Villarejo. Era mi deseo. Me han hablado muy bien de él y es una eminencia en su especialidad, así que aquí ya no hay marcha atrás. Voy para delante con todas las consecuencias, me cueste lo que me cueste.

–¿Qué le han dicho los médicos?
–Vinieron esta mañana (por ayer) a verme y han visto de nuevo el estado en que me encuentro. No hay movilidad y la sensibilidad es la misma, muy poca. Me han insistido en que la operación es clave tanto para saber el tiempo de recuperación como para valorar las posibles secuelas. 

–¿Están la moral y el ánimo preparados para esas posibles consecuencias?
–Por supuesto, voy a salir de esta. No paro de repetirmelo. Estoy muy animado y con ilusión. La recuperación no tiene plazos. Hablamos de meses. Una vez que me operen, iré al Hospital de Parapléjicos de Toledo y, allí, depende únicamente de mí, de mi dedicación y mi empeño. Ésa es mi motivación, saber que, si trabajo y pongo de mi parte, es posible que me recupere antes. Pienso hacerlo mañana, tarde y noche.

–¿Cómo será la rehabilitación?
–Toledo está a la cabeza de este tipo de centros. Es el mejor de España. Al principio, tengo que aprender a andar de nuevo. Me enseñarán a caminar otra vez y me ayudarán a trabajar la movilidad de las piernas.

–¿Qué recuerda de la cogida?
–Todo. El novillo era mansito. Se rajó y huyó para tablas, tenía muy poco en la muleta, así que para ahorrarle capotazos, pedí que me lo colocaran para banderillearlo de dentro a fuera. Lo cité de lejos y me dejé ver para encelarlo, en el tercio cambió la trayectoria y cortó mucho. Se me vino muy encima y me echó mano, a pesar de que busqué salir de la suerte. Enseguida, en la misma caída, noté que me había estallado la vértebra y me di cuenta de que las piernas me dejaban de funcionar. Traté de ponerme boca abajo para evitar algún derrote más y ya ni siquiera fui capaz.

–Segundos eternos...
–Según me recogieron ya les dije que tuvieran cuidado: ‘‘Despacito, despacito, que éste ya me ha buscado la ruina''. Dentro en la enfermería, había mucho revuelo y preocupación. Se lo agradecí, pero les hice ver que lo que más me ayudaba era la calma. Les pedí que estuvieran tranquilos, ya sabía lo que tenía y de esta, aunque era peor que cualquier cornada, no me iba a morir.

–¿Vislumbra ya un futuro sin toros?
–Me gustaría estar ligado de una u otra forma al toro. El viernes por la noche se cerró una ventana, pero confío en que se me abran puertas mucho más grandes que coger.

–Y no faltará su familia. ¿Cómo lo han encajado sus dos hijas?
–Creo que bien, con mucha personalidad. Tal como son ellas. Tienen 14 y 11 años y he sido muy claro con ellas. Va a ser imposible volver a torear más, pero sigo siendo la misma persona: un padre que las quiere con locura. Su madre y yo, siempre las hemos educado con disciplina y exigencia, valores que posiblemente hacen que estén ahora más preparadas para un varapalo como éste.

–¿Le da rabia tener que sufrir en sus carnes una desgracia así para que, desde fuera, se den cuenta de la verdad de esta profesión?
–La gente lo sabe de sobra. Pero en la sociedad en que vivimos se tiende cada vez más a restar importancia a lo que sucede. Por desgracia, estamos acostumbrados a convivir con muertes, asesinatos, sucesos... Esa rutina hace que se pierda sensibilidad. Aplicado a los toros es lo mismo, tiene que haber un tabaco gordo para que los que saben de la dureza de esta profesión, se den cuenta de que el toro no es un juguete.
 

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