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viernes, 25 abril 2014
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La Razón

Cultura

Esther Tusquets la editora que no sabía mentir

  • Fallece a los 75 años en Barcelona la escritora y fundadora de Lumen, uno de los sellos que modernizó la edición española

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Madrid- Detrás de sus gafas de pasta de chica aplicada y obediente, incluso inquietantemente angelical, se escondía una personalidad compleja, pero no porque su mundo fue enrevesado e inaccesible –según sabemos por sus libros–, sino por su sinceridad capaz de desnudar tanto su vida como el intocable y muy burgués entorno familiar y las otras familias intocables. De Esther Tusquets quedarán sus libros escritos, novelas y memorias, pero también el gran catálogo editorial de Lumen, sello que a partir de los años sesenta colaboró en la modernación de la edición española junto a Tusquets Editores y Anagrama. Siempre se refería a Lumen como «el milagro de Lumen», una editorial con una colección irrepetible como Palabra en el Tiempo que publicó a Beckett, Céline, Joyce o Virginia Woolf, como recordó ayer su amigo y editor de Anagrama Jorge Herralde; o la dedicada a poesía, que sigue siendo una referencia en un mundo cada vez más minoritario. «Los milagros son poco frecuentes y dios no los prodiga entre viejas damas indignas de ellos», escribió en  «Confesiones de una vieja dama indigna», el tercer volumen de sus memorias y último, «porque el cuarto consistiría en memorias de ultratumba», adviritió entre irónica e implacable. «Dama de la edición», la llamó la agente literaria Carmen Balcells, aunque nunca supo cuánto había de sarcasmo en esas palabras.

Obsesión por no crecer
La historia de Lumen es en parte la historia de la familia Tusquets. La creó un tío religioso en el Burgos de Franco para agitar las conciencias (se llamaba Ediciones Antisectarias) y acabó adquirida por su padre, pero con una finalidad bien distinta. Ella y su hermano, el arquitecto Óscar Tusquets, le dieron una marca que dura todavía, aunque a finales de los noventa vendió el 80 por ciento a Random House Mondadori. Su marcha, sin ser amarga, tuvo algo de pérdida. De hecho, reconocía  que podrían  «al menos en dos ocasiones –con los cuadernos de "Mafalda" y con las novelas de Umberto Eco–, dar el salto y convertirnos en una empresa mucho mayor. Pero debe ser en mí una manía esta obsesión por no crecer...». Como editora, sus último trabajo fue en RqueR, sello que creó con su hija Milena.

Nació en Barcelona en 1936 y decir que fue en el seno de una familia de la «alta burguesía barcelonesa» suena a un estereotipo que negó  y a la vez animó. Sin duda, así fue, pero su empeño en su tres libros de memorias («Confesiones de una editora  poco mentirosa», «Habíamos ganado la guerra» y «Confesiones de una vieja dama indigna») no es otro que el de no mentir  («la viejas damas indignas en cuya cofradía me gustaría ingresar no mienten casi nunca , o mienten únicamente como diversión», escribió) y mostrar que esa burguesía idealizada tiene zonas de penumbras inaccesibles. Fue el historiador Paul Preston quien en una conferencia sobre el religioso Juan Tusquets, tío de Esther,  presentó a un hombre enfrascado en la delación política más paranoide. Ella no renunció a sus orígenes.

El editor Josep Maria Castellets destacó ayer esa «sinceridad fuera de lo corriente» y que dejó plasmada en su primera novela, «El mismo mar de todos los veranos» (1978), relato de una amor lésbico. Ella escribió con la misma ironía, tal vez provocación, su paso la vida: «Si, cosa que no creo, soy consciente en el momento de mi muerte de que me estoy muriendo, me reconfortará pensar que nada me he perdido por prudencia o pereza, que le he arrancado a bocados a la vida... cuanto ha puesto a mi alcance». 

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