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domingo, 23 noviembre 2014
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La Razón

Columnistas

La vida por la verdad por José María Marco

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Nadie duda que Oswaldo Payá debía haberse convertido en una de las grandes figuras políticas de la transición cubana a la democracia liberal. Fue un hombre comprometido con la libertad de todos sus compatriotas desde muy temprano, cuando se negó a entrar en ninguna clase de compromiso con el régimen castrista. Como para dejar bien claro lo que iban a hacer con la vida del joven católico, lo condenaron a realizar trabajos forzados en la isla de Pinos, rebautizada como Isla de la Juventud…. Payá ya debía de saber que su vida entera iba a estar dedicada a intentar sacar a su país y a sus compatriotas de la impostura perpetua a la que les ha condenado el socialismo real.

Entre sus propuestas está el Proyecto Varela. Lo llamó así en homenaje a Félix Varela, el sacerdote católico del siglo XIX que salió de Cuba para representarla en las Cortes españolas y, desengañado, acabó viviendo en Estados Unidos, donde preconizó la independencia de su país, un país al que nunca volvió. Varela es una más de las muchas figuras trágicas que jalonan la historia reciente de Cuba. El Proyecto Varela, sin embargo, era una muestra de optimismo. Estaba inspirado en la Transición española y articulaba la posibilidad de pasar sin rupturas desde la dictadura a una democracia liberal, abierta a todos los cubanos y que respetara los derechos humanos, tal y como lo exige, sin necesidad de cumplirlos, la actual Constitución. La aplicación del texto constitucional habría sido la llave para salir de la dictadura comunista y organizar un régimen abierto y humano.

Se recordará cómo el régimen castrista respondió a las decenas de miles de firmas que apoyaron el Proyecto Varela. Castro desencadenó entonces la represión que culminó con la llamada Primavera Negra, en 2003. Entonces fueron encarcelados y condenados decenas de disidentes, entre ellos más de cuarenta adscritos al Proyecto. Oswaldo Payá, demasiado conocido para ser detenido, no abandonó su empeño y continuó presentando nuevos proyectos para la democratización de Cuba. Siempre le movió la voluntad de diálogo, el respeto a los demás y una confianza que se fundaba, en su caso, en la fe católica. La Iglesia católica cubana no tiene más remedio que convivir con la dictadura, pero como en otras muchas otras situaciones dictatoriales, el espíritu católico impulsa a numerosos creyentes cubanos a comprometerse con la verdad.

Es posible que la muerte de Oswaldo Payá haya sido un accidente. Aun así, mientras el régimen de los hermanos Castro no aclare lo ocurrido sin que haya lugar a la más mínima duda, las sospechas estarán justificadas. Cuando Cuba vuelva a la libertad, algo que ocurrirá algún día sin remedio, recibirá el homenaje que se merece en su tierra.

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