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jueves, 31 julio 2014
21:29
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La Razón

Columnistas

Estados por Ángela Vallvey

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Las organizaciones burocráticas –y los Estados son organizaciones burocráticas, sobre todo eso–, viven por  y para perpetuarse a sí mismos. El cardenal Mazarino, haciendo alusión a las canciones ofensivas que le dedicaban los parisinos por los nuevos tributos que les había impuesto (nunca mejor dicho), profirió con una astuta sorna: «Qu'ils chantent la Canzonetta, ils payeront». O sea, resumiendo del francés: «Cantan, ya pagarán». (Chamfort diría tiempo después que Francia era una monarquía absoluta dulcificada por el canto). Al contribuyente, no sólo de los tiempos de Mazarino, sino en todos los pasados y presentes, además de los que vendrán, no le queda más consuelo que cantar sus cancioncillas insultantes dedicadas a los que meten la mano en su bolsillo sin preguntarle, escudados en el brazo de la ley que ellos manejan como el de una marioneta. El bolsillo del contribuyente no sirve tanto para contribuir al Estado del Bienestar como al bienestar del Estado, que ansía perpetuarse y sufragarse a sí mismo por encima de todo lo demás. Antes, se cantaba por las calles y al pie de los palacios. Hoy, por internet. Pero las canciones son las mismas. En España, que siempre se lía un poco a la hora de organizar el Estado, hemos logrado la pirueta administrativa de empalmar tres o cuatro estados a la vez. Eso cuesta. ¡Y nos extrañamos ahora de lo mucho que cuesta!

Antonio Maura llevaba apenas ocho días como ministro de Ultramar, en 1892, cuando ya había contabilizado cientos de visitas. Exhausto y decepcionado, se volvió hacia su subsecretario y le dijo: «Y ninguna de ellas me ha hablado del interés público». ¿Eso es el Estado español? Pues nosotros tenemos montados tres o cuatro, a falta de uno.
 

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