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domingo, 31 agosto 2014
10:17
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La Razón

Columnistas

A mano y a máquina por César Vidal

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Desde su creación por Lenin en las primeras semanas posteriores al golpe de estado bolchevique de 1917, la Cheká desarrolló una especial habilidad para el asesinato. A ella se debió, por ejemplo, el invento del tiro en la nuca como forma de ejecución rápida o los fusilamientos en masa con cadáveres enterrados en gigantescas fosas comunes que luego se repitieron en lugares como Paracuellos o Katyn.  Con sus nombres sucesivos –NKVD, GPU, OGPU o KGB– la organización fue perfeccionando la técnica del asesinato a mano y a máquina en formas que nadie hubiera podido sospechar antes de la creación del primer Estado socialista de la historia. Con todo, aquella inmensa capacidad se destacó por añadidura en dos terrenos especialmente sofisticados. Uno fue el uso de los venenos.  Utilizando ese recurso Stalin dio muerte a Lenin y también a Gorky.  El otro método fue el de los asesinatos en accidente de circulación. Uno de los ejemplos más notables al respecto fue el que acabó con la vida del disidente soviético Andrei Amalrík. El personaje en cuestión había puesto en tela de juicio dos aspectos que resultaban absolutamente intocables para la dictadura soviética.  Amalrík era un historiador y se permitió discutir documentadamente la versión oficial de la Historia en un tema tan peculiar como los orígenes del Estado ruso en la Edad Media. Por añadidura, Amalrík escribió un libro en el que adelantaba que la Unión Soviética no sólo no avanzaba hacia la sociedad comunista sino que tenía dictada su sentencia de muerte.  De hecho, en un ensayo audaz que pronto se tradujo a las principales lenguas Amalrík indicaba que la URSS no sobreviviría a 1984. Se equivocó por tan sólo cinco años y porque además quiso trazar un paralelo con la novela de Orwell.  Aunque para error garrafal el de aquel catedrático español, paradigma del necio arribista, que escribió que la URSS sería una realidad con la que habría que tratar durante el siguiente milenio.  Señalando que la historia que se enseñaba en las facultades soviéticas era falsa y que el sistema tenía fecha de caducidad, Amalrík firmó su sentencia de muerte. El KGB lo asesinó en una carretera española y para ello se valió del socorrido recurso al supuesto accidente de tráfico. Supongo –aunque ahora no podría asegurarlo con certeza– que en aquel entonces habría algún hijo de Satanás que indicaría que el crimen no era sino un accidente y que Amalrík tan sólo era otra víctima del tráfico. Y es que hay formas de asesinar y de defender a la ideología más criminal que ha conocido la historia –el comunismo causó el doble de víctimas mortales que el nacional-socialismo de Hitler–  que, lamentablemente, no cambian con el paso de los años.  
 

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