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martes, 02 septiembre 2014
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La Razón

Columnistas

En el adiós a Peces-Barba por José Clemente

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Aprovecho el hueco que dejan los mercados antes de que hoy vuelvan a la carga contra la deuda española y mientras los alemanes se deciden de una vez por todas a impedir el saqueo de una parte de Europa en favor de los especuladores, para recordar la figura política, universitaria y la densa trayectoria personal de uno de los pocos socialdemócratas españoles y «padre» de la Constitución de 1978, Gregorio Peces-Barba, enterrado el miércoles de la semana pasada en Colmenarejo (Madrid), tras una larga vida dedicada por entero a la enseñanza, la política, su partido y su familia. Se han dicho estos días muchas cosas de Peces-Barba, bien en artículos de opinión, obituarios y mensajes a los suyos, pero todo eso es absolutamente normal en un hombre que siempre tenía espacio en la agenda para hablar con quien se lo pidiese los minutos necesarios. Es normal también que la figura del dirigente socialista haya sido glosada por amigos y «enemigos», si es que tenía a alguien en esa consideración última. Peces-Barba fue, ante todo, un hombre cabal de los pies a la cabeza, respetuoso con las ideas de los demás como si fueran las propias, un hombre culto que supo encontrar la importancia de los silencios por encima de los griteríos, por eso en el propio PSOE había quien contaba chistes de mal gusto sobre su persona. Y fue, sin duda alguna, de los Barones más respetados e indiscutidos del PSOE, con Felipe González a la cabeza, que le acabó nombrándole presidente del Congreso de los Diputados, y José Luis Rodríguez Zapatero, que se acordó de él para que le calmara y pusiera orden entre las numerosas asociaciones de afectados por el terrorismo en España, labor que cumplió como se la ordenaron, aunque también creo que esa puede que haya sido la orden peor digerida en toda su trayectoria vital. Ahora ya fallecido volvió a mostrarnos músculo en la capilla ardiente que se instaló en la localidad madrileña, por donde pasaron políticos, abogados, representantes de todas las formaciones, el actual presidente del Congreso, Jesús Posada, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, así como numerosos compañeros de partido y de la Universidad Carlos III, de la que él mismo fue fundador, y el Príncipe de Asturias, con quien solía recordar su nombramiento como heredero al Trono de España. Su entierro puso cara a cara a muchos dirigentes políticos, sindicales, empresarios y democristianos, donde dio sus primeros pasos junto al veterano Joaquín Ruiz Jiménez hasta que decidió ingresar en el PSOE. No en vano ambos compartían su amor por los buenos debates, su permanente puesta al día en los acontecimientos de la época que le toco vivir y la creación de la revista «Cuadernos para el Diálogo», la primera de todas que lograba sortear la censura del régimen a base de medias palabras, significados como puños y aperturismo a nuevas fórmulas a las que España debía acostumbrarse para entrar en democracia.  Le conocí siendo presidente del Congreso de los Diputados de manos de su jefe de gabinete, Miguel Ángel Villena, redactor de València Semanal cuando entré a formar parte de ese grupo que dirigía Amadeu Fabregat, junto a Josep Vicent Marqués, Ferrán Belda, Josep Torrent, Josep Lluis Seguí y Rosa Solbes. Villena, excelente profesional del periodismo, fue llamado por Peces-Barba para organizar todo un equipo que le informara y transmitiera información, y, eso hizo. En cierta ocasión me contó que los socialistas abandonaron gracias a Gregorio el término marxista y se acercaron sin apenas darse cuenta al modelo socialdemócrata que defendía Peces-Barba, operación muy delicada que a punto estuvo de no salir bien.



 
 

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