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jueves, 28 agosto 2014
15:07
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La Razón

Columnistas

Buena caída por Alfonso Ussía

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Abundan los políticos con inteligencia vulnerable. La colonización de la burricie en determinadas mentes no garantiza la mengua del mal estilo. Es al revés. Un sandio con mal estilo siempre lo tendrá peor que un ser inteligente. No obstante, aunque abusen de la más cortada y amargada sustancia láctea, pueden resultar divertidos. La mala uva con talento es una delicia. Lean los escritos, apuntes, retratos literarios e intervenciones profesionales y parlamentarias de don Francisco Silvela y se toparán con el asombro del constante ingenio. Se trata de nuestro Churchill. Cánovas y Sagasta usaban también de la ironía hiriente, y era más eficaz el malagueño que el riojano, por aquello del desarrollo del humor. Se quejaba habitualmente don Práxedes Mateo Sagasta de los trucos de Cánovas para irse por los cerros de Úbeda cuando tenía que responder una pregunta concreta y afilada. «Su Excelencia abusa de su gracejo, que no se lo niego, para no responder lo que se le cuestiona»; «puez haga uzted lo mizmo, zeñor Zagazta. Zaque a relucir zu gracejo de Logroño, y a ver qué tal».

Cánovas y Sagasta marcaron una época rebosada de ingenio político y rivalidad acentuada por el buen gusto y sobre todo, por el patriotismo, la lealtad hacia lo que a todos pertenecía. En concreto, España. El mal estilo y la grosería estaban muy mal vistos en el Congreso de los Diputados. Un parlamentario procaz y ajeno a la cortesía y la buena educación era inmediatamente calificado de «jabalí». Y los había con inteligencia vulnerable que presumían de su condición de suidos, lo que ayuda a entender su niebla mental.

El «jabalí» parlamentario remarcaba su fiereza burda con un estudiado desaliño estético. Había uno que presumía de las manchas y lamparones que lucía en la levita. «Ze conoce que ha eztado Zu Zeñoría toda la noche revolcándoze en una charca», le dijo Cánovas. Y el «jabalí» sonreía porque ser el objetivo de un dardo verbal canovista suponía un honor. Por aspecto y vulnerabilidad intelectual, el «jabalí» de nuestros días  por antonomasia es Tardá. Creo que su nombre de pila es Joan, y por ende, me puedo permitir la casi absoluta seguridad de afirmar que es de la Izquierda Republicana de Cataluña, donde han militado auténticos señores como el añorado Josep Tarradellas.

La historieta es sencilla. El Rey tropieza con un escalón, se cae, se levanta y preside con algunos rasguños en la nariz y la barbilla una reunión con nueva cúpula militar. La interpretación de Tardá no puede aspirar a formar parte del buen gusto ni de la inteligencia. Es una interpretación propia de un «Sus Scrofa Parlamentarius», es decir, de un «jabalí». Ha dicho Tardá del tropezón del Rey: «Cada caída del Borbón es un argumento más para quienes pretenden una abdicación pronto». Es una interpretación absolutamente necia, más digna de un berberecho que de un jabalí. El berberecho –lo tengo escrito y lo repito–, está considerado como el ser animal vivo menos dotado para comprender las cosas. El berberecho es completamente zote, pero hay que reconocerle por justicia, una magnífica educación. De un berberecho no se puede esperar ni la grosería, de ahí que Tardá no merezca la comparación con el discreto y elemental molusco bivalvo. Un jabalí sí sabe arremeter y atacar llevado de su desdén por el buen comportamiento social, y en esta anécdota Tardá ha arremetido y atacado como un jabalí, groseramente y sin inteligencia. Es más; para incorporarse o levantarse con toda dignidad hay que caer previamente. Y llevar la abdicación del Rey al ámbito de un escalón no calculado es una majadería, además de una falta de educación y de caridad humana. Nadie desea que Tardá se dé un morrón mientras baila una sardana –bueno, miento, lo deseo con frenesí–, pero de dárselo, ningún ser normal le pediría la dimisión. Y el que lo hiciera, sería un jabalí. Buena caída la del Rey y mejor levantada.

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