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lunes, 28 julio 2014
10:16
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La Razón

Música

Como llora Chavela

  • La «Dama del poncho rojo» falleció ayer a los 93 años. Detrás ha dejado más de un puñado de álbumes inolvidables y esa inquebrantable presencia en los escenarios que ya forma parte de su mito

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Venía Chavela Vargas de negro, como arropada por un presagio, con una baraja de imágenes y metáforas en su retórica chamana, de «muchas lunas grandes» y «amarguras» que nunca quiso ver amargas. La cantante no conjugó jamás el pasado ni siquiera cuando se le agotaron los días en el almanaque. El julio pasado regresó a Madrid, volvió a la Residencia de Estudiantes, con un nuevo disco bajo el brazo –dedicado a su «amigo» Federico García Lorca–, escoltada por ese título de gran dama de las rancheras y un augurio que negaba con sus verbos siempre en futuro, con la inercia de su optimismo. Desde hacía décadas rodeaba su figura una leyenda que ahora irá creciendo, porque Chavela, «chavelita», es de las que deja el escenario, y la vida, sólo para engrandecerse en la memoria. Pero después de ocho días continuados de batalla, claudicaba ayer en un Hospital Cuernavaca, capital del estado de Morelos, al sur de México DF, después de una vida intensa, rebelde, de sinsabores, aplausos y éxitos. Entre sus admiradores queda una colección de canciones inolvidables –«La Macorina» siempre será un himno para la guerrilla salvadoreña– y ese puñado de anécdotas y rumores (su presunto y fugaz amor con Frida Kahlo) que ha ido forjando el mito, que es, a fin de cuenta,s lo que le sobrevive siempre a uno.

Rompiendo prejuicios
La niña Chavela nació en Costa Rica, pero buscó el exilio mexicano –se consideraba mexicana– después de superar una polio y abandonar la familia, la casa donde se crece, por una opción sexual que después haría pública y que levantó recelos en la sociedad reticente de esa época. Comenzó su carrera en los cincuenta (esas letras de José Alfredo Jiménez le brindaron sus mayores éxitos, la encumbraron a lo más alto. Su desaparición también le hundió en la soledad del alcohol) y a la vez también descubrió en ella esa sed insaciable, esa querencia indomable hacia las barras de taberna, a despachar el tiempo entre  largas historias y tragos rápidos –la culpa de que, durante quince años se alejara de un público que nunca la dejó del todo–.  La vida, como reconocería, se le fue «de resbalón en resbalón, de tequilón en tequilón». De ella se ha contado de todo y quizá todo fuera verdad (a veces narraba versiones diferentes de algunos episodios de su propia biografía, siendo, según afirmaba ella misma con una sonrisa burlona en los labios, las dos ciertas: por algo haya llamado a sus únicas memorias:  «Dos vidas necesito. Las verdades de Chavela»).

Se dijo, siempre hay que emplear esta forma cuando se trata de ella, que llegó a beber 40.000 litros, que fue la primera mujer en tener un Jaguar en México y que destrozó contra un árbol o una valla, de cualquier manera en un accidente de fin de semana, aquella carrocería brillante. También cuentan que no reconoció a Trotsky, al revolucionario que la revolucion dejó sin patria ni tierra. Y que sin saber quien era le describrió como un «viejo peludo» cuando se lo presentaron ese día Frida Kahlo y Diego Rivera. 

Pero será su estampa adornada de poncho rojo –muchos años después ya sin la pistola con la que solía pasear–, prolongada después en unas características gafas de sol negras a las que llegó como consecuencia de una enfermedad ocular que casi le provoca la ceguera, la que se perpetuará. Ella con un micrófono y un puñado de canciones. Le bastaba su voz impresionante,  de alma quebrada, que era ese contrapunto frágil a la segura presencia que estilizaba el escenario. Los dejó durante más de una década y los reconquistó. «Si los milagros existen, éste es uno de ellos. Hay cantantes que se retiran uno o dos años y cuando vuelven ya no pueden hacer nada. Yo me retiré durante más de quince, volví y se me abrieron las puertas. ¡Con 72 años!», llegó a declarar. Recobró la insignia de su nombre y de su voz, y el cine, a través de Pedro Almodóvar, y de una composición de Joaquín Sabina, la devolvió a su público. Atrás quedaban las tumultuosidades que jalonaron su juventud. Sus cenizas se esparciarán en el cerro del Chalchi, frente a su casa de Tepoztlán. Ahora es tiempo de que hable su leyenda.

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