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jueves, 23 octubre 2014
22:56
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La Razón

Columnistas

LutoSur por Alfredo Menéndez

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Y  así iba transcurriendo el cálido y veraniego mes de agosto, plácido y olímpico, cuando un accidente en el Metro de Madrid nos sobresaltó a todos las vacaciones. En el momento inicial de situaciones como estas siempre hay muchas más dudas que certezas: ¿qué es lo que ha fallado? ¿Qué diantres hacía allí un niño de cuatro años? ¿Se accionaron correctamente los frenos? ¿Debe un trabajador pasear a su familia por una vía muerta en plena tarde de verano?

Son sólo algunas de todas las preguntas a las que ahora hay que buscar respuesta con la investigación, qué si bien no devolverá la vida a nadie, al menos servirá pasar saber que es lo que ha pasado exactamente y evitar que vuelva a ocurrir.

Pero para nuestra desgracia sólo tenemos una certeza que encima ya no tiene ningún tipo de solución pero que a diferencia de otros accidentes sí que parece que se podría haber evitado: una tragedia, sin duda, pero un accidente provocado por una situación que no tendría que haber sucedido nunca.

Los accidentes en el Metro por lo que tienen de poco habitual siempre nos resultan mucho más escandalosos y graves que los accidentes de tráfico. Parece que estamos programados para las estadísticas de cada fin de semana o las de cada operación retorno, pero no para los accidentes en el suburbano que hacen mucho más fácil imaginar el típico «me podría haber tocado a mí». Y cada accidente en nuestro Metro es siempre un pequeño paso atrás.

 

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