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martes, 29 julio 2014
20:49
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La Razón

Columnistas

El perdón y el dolor por J A Gundín

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Algunas víctimas del terrorismo o sus familiares han aceptado reunirse cara a cara con sus verdugos etarras. Las entrevistas se han llevado a cabo con cierta discreción y sólo en unos pocos casos se ha dado noticia del resultado. No es una decisión fácil de interpretar, menos aún de juzgar. Nadie sabe, salvo los que han sufrido el desgarro de una muerte tan cercana o su propia mutilación, qué impulsa a un encuentro de esa naturaleza. Para unos tal vez resulte morboso y para otros, simplemente masoquista, pero ¿quién puede afirmar que la dimensión del dolor no sea menos honda cuando el causante admite su fracaso? ¿Qué poder de sanación encierra el perdón que se pide y más el que se otorga? Admitamos que, sin perder el equilibrio emocional, ante la presencia de un terrorista asesino sólo cabe sentir asco y repulsión. Ni curiosidad, ni «explicación», ni reinserción de bajo coste: después de 857 asesinatos y medio siglo de terror, lo que le pide el cuerpo a cualquier persona decente es desearle a los etarras que se pudran tras los barrotes de una cárcel, sobre todo los que empuñaron las pistolas u ordenaron las matanzas. ¿Sin excepciones?

Sin excepciones a la Ley, desde luego. El perdón no es absolución ni amnistía, y jamás puede sustituir a la condena. No obstante, a veces se producen casos fuera de lo común. Como el de José Luis Álvarez Santacristina, más conocido por su alias, «Txelis», de infausta memoria. Fue el ideólogo de ETA durante los años 80 y a él se debe la invención de la «kale borroka» como fórmula de «socializar el sufrimiento». Alguien capaz de pensar de forma tan retorcida y malvada difícilmente puede cambiar. Pues bien, todo apunta a que él ha cambiado: sin trucos, sin reservas mentales, sin dobleces. Hace unas semanas, suplicó públicamente perdón a las víctimas y a sus familiares sin esperar benevolencia de ellos, con una humildad, sinceridad y hondura sorprendentes. No había en su discurso de cinco folios leídos por un sacerdote una sola exculpación ni la más leve justificación. Fue una confesión en toda regla,  desde «la verdad que nos enseña Jesús de Nazaret y que nos hace libres». Y terminó así: «Dios es testigo de que estoy profunda y sinceramente arrepentido... Pido públicamente perdón de todo corazón».
Habrá quien prefiera pensar que este hombre, que hoy se humilla ante quienes hizo daño, sigue siendo el viejo «Txelis», el indeseable terrorista que daba órdenes a los asesinos y que no lavará la sangre derramada por mil años que viva. Tal vez, pero si se le cierra esta puerta se estará privando a las víctimas de su última victoria sobre el horror y la maldad: la de poder perdonar al asesino que admite su derrota y ha cumplido su pena.
 

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