Uso de cookies

[x]
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el anáisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies
Ofrecido por:
Iberdrola
miércoles, 23 abril 2014
21:44
Actualizado a las 

La Razón

Columnistas

Aliento literario (II) por José Luis Alvite

Arrastre los portlets debajo de este mensaje para anidarlos.
Arrastre los portlets debajo de este mensaje para anidarlos.

Se puede escribir sin haber leído. Conocí en el Savoy a  un periodista que aprendió a leer solo para comprobar con sus propios ojos si el periódico publicaba al pie de la letra los textos que solía dictarle por teléfono a una secretaria de la redacción. Aquel tipo contaba las cosas motivado por el impulso irresistible de sus propias experiencias y también acuciado por sus deudas. Estaba convencido de que la inspiración tiene mucho que ver con el sufrimiento y con la desesperación. No me importa reconocer que comparto esa idea, aunque también es cierto que cuando el dolor o la indiferencia no conducen al Arte, no hay que descartar que  desemboquen en el crimen.
Naturalmente, dudo que haya escritores empeñados en que su trabajo les conduzca a reiterarse en el fracaso  que les sirve de inspiración. Prefieren ganar dinero, auque saben que la solvencia económica supuso la ruina artística de no pocos escritores. El atribulado Dostoievski  escribió su novela «El jugador» diezmado por la ruina, perseguido por sus acreedores y saqueado por sus amantes. Francis Scott Fitzgerald se hizo rico en poco tiempo con sus textos, se dedicó a los placeres de la buena vida y no volvió a ser jamás el formidable novelista que había sido cuando su talento era el único lujo que se podía permitir. Personalmente me he sentido siempre atraído por los escritores de vida desordenada, hombres con la caligrafía fruncida por el miedo o aterida por el frío, esos tipos caóticos y amorales que en su búsqueda de la autenticidad literaria son fieles a si mismos aunque sucumben al desencanto y se resignan a la idea de que en un hombre tan vencido, en un ser derrotado y caído, sólo podría fijarse una mujer con el corazón dormido, el aliento viciado y la vista cansada. Pero nunca se sentaron a mirar cómo se llenaba de polvo el fuego de la chimenea.
 

Vídeos

  • 1
  • 1

    ENCUESTA