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jueves, 18 diciembre 2014
08:30
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La Razón

Mali: la pedagogía del terror por Alfredo Semprún

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En el tortuoso camino para aislar a Irán y acabar con su proyecto hegemónico nuclear, Occidente se está dejando algunos flecos sueltos que, tarde o temprano, habrá que rematar. Lo del norte de Mali, por ejemplo.

A modo de resumen de lo publicado, recordarán que los tuaregs que apoyaban al coronel Muamar Gadafi aprovecharon arsenales y vehículos para cumplir su vieja aspiración de crear un Estado independiente en el Sahel. Se aliaron con lo peorcito del islamismo y le dieron una buena mano de tortas al ineficaz, por corrupto, Ejército maliense que, como en el desastre de Anual, decidió justificarse echándole la culpa a los políticos y dando un golpe de Estado. Acto seguido, los islamistas se deshicieron de los tuaregs, que pretendían una República laica y socialista, si serían ingenuos, y pasaron a dominar las principales ciudades del norte: Gao, Kidal y Tombuctú, donde ha comenzado la segunda fase del proyecto, la implantación de la «sharia», imprescindible para abordar la tercera fase: la expansión al sur de Mali y a los países vecinos Níger y Mauritania.

Pero la implantación de la ley islámica está tropezando con la resistencia, de momento pasiva, de la población local, acostumbrada a una versión moderada del islam y bastante dada a disfrutar de las pocas cosas buenas que les da la vida. Cine, televisión, música, bailes, tabaco, alcohol, fútbol y demás placeres han sido prohibidos, ya decimos que no sin quejas y protestas. Así que, tras el correspondiente periodo de «persuasión», ha empezado la fase de la pedagogía del terror. Si a mediados de julio los notables de Tombuctú conseguían impedir la lapidación de una pareja que vivía en concubinato, a cambio de doscientos bastonazos y matrimonio por la vía rápida, y los jóvenes de Gao salvaban con una manifestación la mano de un supuesto ladrón, la cosa no podía durar. La justicia ejemplarizante ha empezado por los pequeños pueblos, aislados e indefensos. En Ansongo han mutilado en público a un acusado de robar una moto. «La cortaron la mano derecha y salió mucha sangre», decía uno de los testigos. En Aguelhok, las víctimas han sido una pareja campesina, padres de dos hijos, que no estaban formalmente casados. Los islamistas congregaron a los vecinos, unos doscientos, y llevaron a cabo el suplicio según las normas: enterrados con la mitad del cuerpo fuera, la cabeza cubierta y lapidados con piedras ni demasiado pequeñas, ni demasiado grandes. «La mujer se desmayó casi enseguida. El hombre lanzó un grito de horror y tardó en morir. Los yihadistas gritaron ‘¡Alá es grande!' y se fueron», contaba otro de los testigos. No se sabe qué ha sido de los dos niños de la pareja.

«Vamos a hacer lo mismo en Gao, nadie puede impedirlo», se jactaba ante los periodistas de France Presse uno de los jefes del movimiento Ansar Dine (Defensores de la Fe).
Del lado de los creyentes, la única reserva ha venido del líder de Al Qaeda para el Magreb, Moktar Belmoktar, con experiencia en relaciones internacionales, para quien el asunto «no es bueno para el negocio». El «negocio» son las conversaciones que mantienen los representantes de la  Comunidad Económica de Estados del Oeste de África (Cedeao) con estos islamistas primarios para buscar una salida a la situación. El papelón le ha tocado al ministro de Asuntos Exteriores de Burkina Fasso, Jibril Bassolé, que recorre el país tratando con los jefes de los distintos grupos integristas. Tiempo perdido. Sin el impulso de Occidente, ya sea a través de la OTAN o de una coalición liderada por Francia, los Estados africanos del oeste no parecen dispuestos a meterse en el avispero de Mali. Entre otros motivos porque sus ejércitos necesitarían de todo, desde municiones a gasolina, para poder operar lejos de sus bases y en un territorio inhóspito,  grande como España. El tiempo corre, pues, a favor de la barbarie. Ha surgido un nido de fanáticos medievales al lado de casa y  nadie quiere hacerse responsable.




Es grande y asusta, pero no hay que hacer demagogia


El pesquero de la imagen se llama «Marguiris» y con sus 142 metros de eslora es uno de los buques arrastreros más grandes del mundo. Lo ha contratado una empresa australiana para que faene en los caladeros de Tasmania a la búsqueda de jurel y caballa. Este tipo de barcos, que hacen en días el mismo número de capturas que una flota artesanal a lo largo de todo un año, tienen muy mala fama y en Australia la opinión pública se ha movilizado para impedir su llegada. Ayer, más de quinientos barcos fondearon frente al puerto de Devenport, donde tendrá su base, en señal de protesta. Ciertamente, ese tipo de pesca industrializada produce lógicos temores. Pero no hay que hacer demagogia. Tiene una cuota asignada de 17.000 toneladas de jurel y caballa, que sólo representa el 10% de lo que se capturará este año en el caladero. Y Australia, país serio, embarcará inspectores para que no se demande.

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