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jueves, 23 octubre 2014
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La Razón

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Los toros son vascos por Andrés Sánchez-Magro

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Los toros son vascos. Y catalanes, andaluces, castellanos, franceses, mexicanos, portugueses, peruanos... El toreo, como cualquier manifestación artística, es universal, sin que las banderas identitarias merezcan otro comentario tan deplorable como la utilización interesada de los ecoviolentos que han puesto a la Tauromaquia en su diana. A las huestes donostiarras de Bildu, seguramente para desviar la atención de su lamentable gestión,  les da por desconocer la raíz vasca de los toros. Se rastrea el juego del toro con los habitantes en el actual Euskadi desde hace muchos siglos, e incluso algún erudito para la ocasión llegó a firmar que el orgien del juego del hombre con el toro correspondía a los vascones. En tiempos de la Tauromaquia moderna ha habido figuras del toreo, e incluso se dice que los vascos fueron los primeros espadas de la Historia, como Martín Agüero, Fortuna o el propio Cocherito de Bilbao, que hoy da nombre a uno de los mas célebres clubes taurinos del mundo. Sin olvidar a los guipuzcoanos Martincho, o el aristocrático Mazzantini, torero que llegó a ser gobernador civil. Hoy sin ir más lejos despunta Iván Fandiño, criado en la vizcaína Orduña. Qué sarcasmo los tiempos en que el entonces diputado abertzale Jon Idigoras toreaba becerradas con el nombre artístico de Txikito de Amoreieta, al que por cierto ayudaba como mozo de espadas el que fuera célebre López de Arriortúa, el empresario «Súper López». No hay feria más honda en el planeta de los toros que los «San Ignazios» de Azpeitia, la dimensión de fiesta total como la Semana Grande de Bilbao, la siempre profunda y recoleta Vitoria y su Virgen Blanca taurina, y la que siempre fue plaza de primera, la elegante San Sebastián. El coso easotarra de El Chofre fue el lugar donde los primeros espadas tenían parada obligada antes de su desaparición, y el ostracismo con el que se acabó gracias al esfuerzo y voluntad de Manolo Chopera con la construcción de llumbe. Pero como pasó en Cataluña no se trata de buscar legitimidades históricas de algo evidente. Los toros son parte de la cultura vasca, justifican muchas fiestas y, si quieren referendos populares, los apóstoles del separatismo absurdo que se lo hagan mirar y analicen el resultado de la reciente consulta popular de Zestoa, en la que los vecinos han votado en contra de la prohibición del festejo taurino. Eterno dilema el de tradición y modernidad, y a esos políticos de baratillo que sólo saben reivindicar las huelgas de quienes querían matar de hambre a Ortega Lara, paradójicamente, deberían preocuparles otras legitimidades morales y no las fantasías identitarias que pasan por la brillantez, la magia y la cultura de la fiesta vasca de toros.
 

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