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domingo, 26 octubre 2014
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La Razón

Cine

El infierno de Vanessa Paradis

  • La actriz, que pasa por un difícil momento, es una madre coraje en «Café de Flore»

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Vanessa Paradis, en una escena de la película de Jean-Marc Vallée
Vanessa Paradis, en una escena de la película de Jean-Marc Vallée

El desconocido poder de la mente y sus sueños. Los trastornos que provocan las historias de amor al romperse. La necesidad de sanar corazones heridos y solitarios cuando quedan descolgados del amor que los ha unido durante años. «Café de Flore» –que no se refiere al famoso café del boulevard Saint-Germain, sino a la canción de Matthew Herbert que hace de nexo en la narración– es la nueva propuesta del canadiense Jean-Marc Vallée. No es una historia de amor cualquiera porque, en realidad no es una, son cuatro. Y porque, separadas en el tiempo y el espacio, están interconectadas de forma misteriosa y profunda por los sueños. Cada una aporta un matiz diferente. Un puzzle difícil de entender cuyas piezas van encajando según avanza la trama. Antoine  es un DJ de éxito en el Montreal actual. Lo tiene todo para ser feliz. Recién divorciado de Carole , con la que tiene dos hijas, se ha unido a Rose  con la que vive un amor apasionado. Carole no consigue superar la separación, sigue destrozada –lo que no deja vivir en paz a Antoine–  y en sus sueños aparece la vida y el destino de Jacqueline  (Vanessa Paradis) con su hijo Laurent, un niño con síndrome de Down en el París de los 60, que a su vez encuentra en Véronique, su compañera de clase, un afecto puro. Vidas paralelas y almas gemelas que transcurren bajo el hilo conductor de la música, que tiene un marcado protagonismo en el filme. Además de la canción central, «Café de Flore», aparecen grupos como Sigur Ros, Cure, Led Zeppelin o Pink Floyd. La idea de la cinta nace precisamente de la canción: «Soy un apasionado de la música y me he imaginado un hombre obsesionado con este tema que la escucha sin parar. A partir de ahí nace una loca pasión de amor y  reconciliación. Los continuos saltos en las escenas tratan de comparar estas historias paralelas y la música es lo que unifica todo», comenta el director y guionista, que dice sentirse «tan orgulloso de la banda sonora como de la propia película».

Un complejo enigma
Vallé reconoce la dificultad: «Sabía que la película iba a ser muy complicada. Un rompecabezas, un enigma que necesita del ejercicio mental para conectar las piezas, pero he puesto pistas para que el público mantenga la atención y no se pierda». Lo primero que concibió «fue la imagen de un niño discapacitado. En mi familia los hay y son la expresión del amor más puro, más entregado». Rodar con ellos era un reto «que se resolvió jugando, porque es difícil. Aprenden por mimetismo. Yo hago primero la escena y ellos la imitan. Vanessa tenía que acoplarse al niño y no al revés y se preparó muy bien en contacto con ellos». Para el director, lo que queda claro es que no existe un solo tipo de amor: «Todos  son diferentes. Los hay puros, como el de los niños con síndrome de Down, que nada más verse se perciben como almas gemelas. Antoine y Rose también se ven así, pero él no acaba de estar bien porque sabe que algo se ha roto. Y hay amores obsesivos, protectores, como el de la madre, dispuesta a matar a su hijo. Cuando esto sucede, Carole entiende que es hora de cambiar su vida».


Una ruptura amarga y real
Paradis sabe que, al igual que en «Café de Flore», superar un fracaso sentimental es costoso. Tras 14 años junto a Deep, y con dos hijos en común, parece no llevar bien la ruptura. En sus primeras declaraciones tras el divorcio, aseguró: «Puedes estar muy enamorado de una persona, pero te hace infeliz y piensas que puedes cambiar las cosas y hacerlas funcionar».

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