Todas las ciudades obedecen a algún propósito esencial. El de Madrid es servir como espacio de encuentro entre la pluralidad constitutiva de nuestro país y el resto del mundo. Por eso la elección de la capital de España como escenario para la vigésimo sexta Jornada Mundial de la Juventud representó no sólo un generoso gesto de reconocimiento por parte de Benedicto XVI, sino también una decisión lógica. Se le pedía a Madrid que hiciera lo que mejor sabe: ofrecerse como un ámbito hospitalario, cálido y cercano, donde se comprende bien cualquier afán en aras de un mundo mejor.
Y el resultado no defraudó: un millón y medio de jóvenes de 189 países se encontraron con el Santo Padre en Cuatro Vientos, y durante una semana hicieron de la ciudad el espacio perfecto para una iniciativa con una doble dimensión, espiritual y social. La incorporación de las nuevas tecnologías le dio una proyección global que seguramente no tuvieron en la misma medida los precedentes de París, Roma, Toronto, Colonia y Sidney, pero que anticipa el carácter de la JMJ que Río de Janeiro albergará dentro de un año. En la bisagra entre dos épocas, hay un antes y un después de la JMJ de Madrid.
Quienes estaban convocados eran precisamente aquellos que están llamados a protagonizar los desafíos de un tiempo difícil, en el que el reto mayor consistirá en hallar un orden que, además de eficiente, se muestre más justo con quienes más problemas afrontan. Merece la pena tener en cuenta, como una referencia para el futuro inmediato, los valores de generosidad, compromiso y amor por el hombre que la JMJ reafirmó. Las palabras del Papa en Madrid tienen resonancia universal: «No paséis de largo ante el sufrimiento humano».
Aunque los motivos que inspiraron la JMJ son éstos, y cualquier otra valoración es secundaria, el hecho es que produjo un aumento del 42% de las visitas recibidas en Madrid durante agosto, tuvo un impacto económico de 354 millones de euros en toda España, y creó más de 4.500 empleos.
La celebración de este acontecimiento de repercusión internacional constituyó un fabuloso desafío logístico, en el que el Ayuntamiento de Madrid, bajo la acertada coordinación de Ana Botella, colaboró estrechamente con las demás Administraciones, empezando por la Delegación del Gobierno y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad. Gracias al trabajo realizado durante un año, el éxito de la JMJ ayudó a afianzar todavía más la imagen de Madrid como ciudad capaz de acoger las más exigentes citas. En ese empeño, el esfuerzo de los miles de voluntarios formados por el Ayuntamiento fue fundamental, y contribuyó a que Madrid fuera identificado en el mundo como sinónimo de entrega y eficacia.
Alberto Ruiz-Gallardón
Ministro de Justicia y ex alcalde de Madrid

