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viernes, 25 julio 2014
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La Razón

Columnistas

Elogio del descampado por Manuel Calderón

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Volver al pueblo de vacaciones no debería entenderse como un retroceso en nuestras posibilidades de consumo, sobre todo para quienes conserven un lugar en el que nacieron y al que pueden regresar. Es la fidelidad de la tierra. Luego están los nacidos en las ciudades en pleno desarrollismo, una mezcla entre el campo y la ciudad, y en la que se enseñoreaba el descampado, que ha acabado siendo una entidad urbanística por lo menos extraña. Un barbecho donde caía el sol sin dejar rastro de sombra, como en la película «El ladrón de bicicletas». Una especie de vacío o agujero negro en mitad de la ciudad. El pueblo, por el contrario, nos espera siempre con gesto escéptico aunque compresivo con quien busca un lugar en el que el tiempo no pasa, o no a la misma velocidad. Mejor dicho, no pasa en nuestra memoria. Nuestros padres y abuelos trabajaron duro –incluso pluriempleados… qué tiempos– y no por ello dejaron de llevar una vida lenta, lo que ahora se llama filosofía «slow». Cuando hacían vacaciones, si es que las hacían, buscaban la mejor sombra, la mecedora con mejor balanceo y a lo sumo, como ejercicio tonificante, se daban un paseo al caer la tarde. Para mí el símbolo de esa lentitud es el ventilador frente al aire acondicionado y, sin pasarnos de líricos, el abanico que golpea el pecho de las madres. Ahora algo tan simple es un lujo «slow», pero ¿qué no es  hoy un lujo?

Martin A. Conway, un investigador de los mecanismos neurológicos de la memoria, dice que los primeros recuerdos que se evocan son los que corresponden a los tres años y cuatro meses exactamente. Conway sostiene que la verdadera función de la memoria no es recordar lo que nos ha pasado, porque también se puede recordar lo que no nos ha sucedido, sencillamente porque sólo lo hemos soñado, y los sueños también cuentan. Por lo tanto, no idealicemos ni el pueblo de nuestra infancia –quien lo tuvo– ni los artilugios caseros para matar moscas porque muchas veces sólo son inventos de la memoria. Recordar viene del latín «recordis», es decir, volver a pasar por el corazón. No nos servirá para redactar «La Verdadera Historia del Mundo (España incluida)», pero sí para contar historias a la hora del café. Que lo tengan en cuenta los revisores de la Memoria Histórica, de uno y otro lado.

Sin embargo, el descampado (perdonen la debilidad) sigue ahí defendiendo su sitio en los lindes de las autopistas, en las afueras de las ciudades, siempre invitando al delito (enseñar a conducir a los hijos, por ejemplo), manchado de huellas imborrables: botellas, paquetes de tabaco, alguna prenda interior petrificada. Al final, el descampado ha sobrevivido, como el pueblo, a todas las crisis.

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