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domingo, 21 septiembre 2014
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La Razón

Columnistas

Vida en la embajada por Alfonso Ussía

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Los ingleses son muy suyos, y en política internacional no permiten las coacciones ni las amenazas venidas del exterior. Lo ha dicho un alto funcionario del «Foreign Office». Más o menos que el Reino Unido no tiene, por el momento, ningún interés en permitir la salida de Julian Assange de la Gran Bretaña. El presidente del Ecuador, Baltasar Garzón –perdón, Rafael Correa–, ha advertido que Assange, su chico predilecto, podría quedarse por tiempo indefinido en la embajada ecuatoriana en Londres. De momento, le han instalado una cinta para correr y una lámpara solar para cuidar su aspecto. Por otro lado, los abogados ecuatorianos están que trinan, y aseguran que el asesoramiento personal de Garzón al presidente de la República del Ecuador, Rafael Correa, ha mermado las arcas de Quito en más de setecientos mil dólares. La verdad es que el tinglado que se ha montado en Ecuador para reclamar a un australiano acusado de algunos hechos bastante feos se me antoja una extravagancia.

Pero así son los montajes de Garzón, muy espectaculares por fuera y muy vacíos por dentro. Ya se topó con los ingleses cuando el arresto de Pinochet, que terminó viajando a Chile después de pasar unos meses muy bien tratado en la campiña inglesa. Por su culpa, los Castro dejaron de viajar a Europa, por si las moscas. Ignoró el intrépido ex-juez español que entre Chile y la Gran Bretaña hay dos siglos de estrecha amistad, por aquello de la inapreciable ayuda inglesa para que Chile alcanzara su independencia de España. Y ahora nos viene con lo de Assange, de quien no tengo una opinión formada, sinceramente, porque me importa un pito.

Pero conociendo a los ingleses en sus peculiares maneras de interpretar las presiones internacionales, creo que a Julian Assange le están haciendo una trastada sus partidarios. Londres es una ciudad maravillosa, para mí, con Nueva York, la otra capital del mundo. Pero una cosa es vivir en Londres indefinidamente, y otra muy diferente hacerlo en la embajada de Ecuador en Londres con una cinta rodante y una lámpara de cuarzo. Por muy adaptable que sea el refugiado Assange, las posibilidades de compenetración permanente entre un australiano aburrido y un embajador ecuatoriano que cambia cada cuatro años, son muy remotas. Y en Australia, pasan de Assange con toda naturalidad, entre otras razones porque los australianos y los ingleses son casi la misma cosa, de no existir los canguros y los koalas, que es lo único que los diferencia.

La embajada de Ecuador en Londres está en la segunda teta diplomática de la Capital del Imperio. La teta es la plaza de Belgravia, donde se halla la magnífica legación española, con su fantástico Rolls-Royce con la matrícula «SPA1N», que juega con el 1 y con la I. Allí están las llamadas embajadas tradicionales, y a pocos centenares de metros, se ubica la segunda teta, también en Knightsbridge, donde Ecuador comparte cercanía con Colombia. En un punto equidistante entre teta y teta, está la elegante taberna de los «Granaderos», donde se sirven los mejores cócteles de Londres, y a la que no podrá acceder Julian Assange a pesar de tenerla tan a mano.

En invierno, anochece en Londres a las tres de la tarde. Sus temporadas invernales son interminables. Se dice que pasar un domingo en Londres equivale a un año en cualquier otro lugar, y es dicho exagerado, porque Inglaterra ha adaptado a su vida costumbres continentales y los domingos no se hacen ya tan largos. Pero toda una vida en una embajada en Londres sin poder salir de ella, por muy cómoda que sea, puede significar una insoportable tortura. Y no es presunción vana asegurar que los ingleses van a respetar la inviolable soberanía de la Embajada de Ecuador escrupulosamente, al tiempo que no van a permitir que Julian Assange abandone el territorio británico. Y a todo esto, Correa y Garzón defendiendo a un australiano acusado de acoso sexual y violación consumada, además de sus presumibles delitos informáticos. Una defensa que les está costando a los ecuatorianos un potosí, porque Garzón no manipula ni trabaja por amor al arte solidario. Y en ese aspecto, hace muy bien si encuentra a quien le pague.

Y el verano londinense es terrible. Días con veinte horas de luz y ese calor que tanto atemoriza a los naturales del lugar. Mejor el invierno, con sus noches largas, en las que Londres siempre parece vestida de Navidad. Allí, muy cerca de la dorada prisión de Assange, los mejores espectáculos teatrales y musicales del mundo. Los conciertos. Las exposiciones, las subastas, la vida de la Capital del Imperio. Y a falta de todo ello, una cinta rodante y una lámpara de cuarzo. Mejor Sing-Sing o Alcatraz.

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