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miércoles, 27 agosto 2014
16:49
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La Razón

Serranillas para el verano

Amigo de equinos

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Serranillas para el verano
Serranillas para el verano Barca

Cuando me despierto, inexplicablemente, no me duele todo el cuerpo y en vez de desánimo abandonista vuelve la celeste esperanza de Darío. Desayuno a lo cowboy, esto es, a lo exquisito biafreño, menos mal que los productos del cerdo hispano mejoran la dieta.
Tenemos que cruzar el Beaver Creek por un puente de troncos y el guía, que seguro vota a los conservadores, descabalga para atravesarlo pero diciéndome que yo no necesito hacerlo. Al fin y al cabo, los clientes son fáciles de reponer.
Nos adentramos en el bosque, lóbrego, porque es un apretado haz de oscuros abetos; mudo, porque el piso es una mullida alfombra de musgo donde no se quejan ni las ramas rotas, y triste, por la desolación que producen los troncos derribados por la nieve del invierno, pudriéndose en el suelo.
La senda es muy vertical y en varias ocasiones hemos de llevar a los caballos del ramal, pero en menos de una hora coronamos esta larga y poco elevada loma. Vemos cabras de las Rocosas, extraños animales de cruz muy alta que se mueven como monos; la naturaleza las vistió de blanco para el invierno y ahora las desgraciadas van publicando su presencia.
Luego trepamos por una mala vereda cruzada de raíces y sembrada de rocas y vadeos del torrente por cuyo barranco ascendemos. Pronto alcanzamos la pequeña cresta que domina el extenso territorio; al pie una laguna donde se solazan varias docenas de patos muy parecidos a los azulones. Recorremos este conglomerado de vallejos y cerros localizando un alce macho demasiado joven para saludarlo con el rifle; es grande y feo y contempla con estupor.
Ahí se acaba todo lo que daba de sí la feria, nada más se mueve en este vasto panorama. En el cielo, sí hay mudanza: una tremenda tormenta de viento y granizo nos alcanza de refilón. Hubiera sido conveniente esperar a que se serenara el tiempo y que los animales volvieran a moverse, pero como disto del campamento tres horas de marcha, no puedo arriesgarme a volver de noche por la complicada senda.
Descendemos el torrente por el mismo sendero al que ya puedo bautizar cada accidente del terreno: la cuesta vertiginosa, el pantano maloliente…
Abajo, paisaje de amplio horizonte y serena belleza que se llena, en la calma del crepúsculo, con la soledad y el silencio de estas tierras. Como en Granada, aquí el sonido nace del agua, convertida en lluvia que golpea el monte o precipitándose entre cantos hecha torrente.
Ya soporto bastante bien cabalgar despatarrado sobre la silla de montar, el hombre es capaz de acostumbrarse a cualquier cosa. Mi organismo, musculatura y osamenta van habituándose a la convivencia con el mundo de los equinos, hemos llegado a un «gentleman agreement» y conllevo vivir ocho horas al día a lomos de caballería.
[Tres días más tarde]
Después de las habituales horas de aguardo, descubro entre el bosque más lejano la capa clara de unos wapitis. Resultan ser tres hembras, o feas o de mal carácter, pues no las acompaña ningún galán.
Durante el diario aguacero distingo unos puntos negros en la laguna que estuvimos vigilando fechas atrás, se trata de dos alces que almuerzan dentro del agua. Tras una buena cabalgada llegamos al lugar desde el que debemos aproximarnos a pie, lo que realizamos por la caja de un arroyo que sirve de pantalla. Nos situamos a cien metros y a esta distancia los extraños animales parecen toros sobre zancos con dos balsas sobre la cabeza, espero pacientemente a que abandonen la laguna para poder tirar, pues la cobra de esas moles dentro del agua sería como arrastrar un camión de cinco ejes atascado en el barro.
Luego toca la pesadísima tarea del desuello y avío del animal. La operación dura tres horas, durante las que caen varias granizadas que nos dejan helados.
Justo antes de abandonar las montañas para adentrarnos en los llanos del Muskwa, nos topamos con unos cazadores en mitad de la senda. Son un padre y su hijo, al parecer sordomudos de nacimiento o vocación, la guía es una sajona bravía, rubicunda, de tez encendida y feminidad imprecisa. Han cobrado un wapiti de diez puntas, largo y muy grueso, que se carga en una de nuestras caballerías de respeto pues ellos no tenían; sin agradecer el servicio regresan al campamento a toda marcha.
Llegamos a nuestra base a las once de la noche con catorce horas de caza en las espaldas, o mejor, en el culo, que es el que asienta sobre la silla de montar. Pero tengo que confesar que me he congraciado con los equinos, mi cuerpo se ha adaptado a ellos y, aunque no gozo a sus espaldas, no es el penar de días atrás.
Esta vez, Mireya hace una síntesis personal del Canadá:
«No es tan duro como decías, pero un día más de balneario y me pongo a gritar».

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