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La penúltima

Malditas divas: Silvana Mangano por Lluís Fernández

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Silvana Mangano
Silvana Mangano

En italiano, la «maggiorata» es una  «donna molto prosperosa e provocante». La abundancia, en los años de posguerra era señal de salud y la provocación, un ansia de las chicas de barriada de comerse el mundo triunfando en el cine.
Fue «Arroz amargo» (1949) la que hizo de Silvana Mangano un mito erótico mundial. Su figura de campesina neumática plantando arroz, con las medias negras desmalladas, exhibía su abundante anatomía con la impudicia desafiante de la «maggiorata». Al inicio del desarrollo industrial, lo primero que exportó Italia fue el erotismo agrario. El neorrealismo imponía una crónica de la realidad miserabilista pero no exenta del glamour de la chica del barrio. Es curioso, pero el prototipo venía de Norteamérica. En la escandalosa escena del pajar de «El forajido» (1943), Jane Russell exhibía exultante sus pechos sobresalientes gracias a un sostén, diseñado por su amante Howard Hughes, que los proyectaba como dos misiles. En «Il processo di Frine» (1951), Vittorio de Sica se refiere por vez primera a la exuberancia mamaria de Gina Lollobrigida como «maggiorata fisiche». Un adjetivo que fue refrendado internacionalmente con «Pan, amor y fantasía» (1952) y «Pan, amor y…» (1955), esta última con Sofía Loren. Ambas institucionalizaron la «maggiorata» de barrio como símbolo sexual de la estrella italiana de rompe y rasga.
La singularidad de Silvana Mangano, la diva más indolente y desdeñosa que ha dado el cine, es esa mezcla de apatía y fiera vitalidad que imprimía a sus personajes atormentados: su doliente melancolía. La escena cumbre, en la que se muestra cantando y bailando con parsimonia caribeña el baion de «Anna» (1951), insinúa un erotismo tan esquivo que se la comparó con Rita Hayworth. Nada más erróneo. Mientas Gilda es una bomba sexual eque estalla, la Mangano baila al ralentí, imitando a una garza en celo.
Lo excepcional de Silvana Mangano es su limitación para bailar, la torpe desgana que impone al cadencioso baion brasileño, escrito por Armando Trovajoli, que sugiere más que muestra su abandono erótico. Los movimientos sensuales de su cuerpo y el sofisticado aleteo de sus manos llamando al «negro zumbón» hicieron de la Mangano un mito erótico irrepetible. La Loren y la Lollo eran explosivas chicas de barrio, carentes, por entonces, del erotismo húmedo de arrozal de la gran diva del cine italiano. Las tres se sofisticaron, pero sólo Silvana Mangano logró la sublimidad de las diosas distantes.

Lluís Fernández

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