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    OPINIÓN

    Alfonso Ussía

    Golf

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Iberdrola
sábado, 02 agosto 2014
03:29
Actualizado a las 

La Razón

Columnistas

Canción de cuna por Alfonso Ussía

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Si no cambian mucho las cosas, vas a nacer en tierras lejanas, en lo que fuera en su día Nueva Granada, hoy Venezuela, así, la pequeña Venecia bautizada por los españoles cuando admiraron por vez primera su belleza natural y sus innumerables cursos de agua. Allí, en la nación en la que se refugia tu padre, fluye un río inmenso y fascinante, el Orinoco, rasgando la selva de la Amazonia. Y el Caroní, que baja rompiente hasta Ciudad Bolívar llevando en sus aguas sepias la madera, las ramas de los árboles devorados por la corriente, los minerales y el olor vegetal del trópico, el mismo que centenares de kilómetros más al sur, ya superado el ecuador, ofrece el Amazonas, la gran vena de América que nace en los Andes y alcanza hasta el Atlántico, ganando decenas de millas al agua salada y que los españoles, de nuevo los españoles, bautizaron como Santa María de la Mar Dulce. Contra tu madre no hay asunto pendiente con la Justicia, y es posible que te lleve a ver la primera luz de tu vida al norte de España, al País Vasco, la raíz de tus antepasados por parte de ella, Aranzábal, porque los de tu padre tenían de vasco lo que yo de guerrero masai. Y repara, niño o niña sin nombre todavía, que tu padre está perseguido por la Justicia por asesinar a muchas personas buenas e inocentes en nombre de una quimera a la que llegaron de emigrados los De Juana de Castilla y los Chaos gallegos. Tu madre sí, es vasca y juncal, y sólo tiene un defecto a primera vista. Que se enamoró de un terrorista e hipotecó su vida para seguirlo adonde fuera con indudable lealtad.

De cualquier forma, niño o niña sin nombre, has sido engendrado en donde nacen las palmeras, corren los ríos sienas, comparten territorio el jaguar y el yacaré y se alzan en los Llanos las montañas planas y formidables que reciben el nombre de tepuís. Si en Venezuela también naces, aprenderás que los pájaros multicolores, los guacamayos, los loros y los ibis sólo comparten con las gaviotas, las tórtolas, las becadas y las palomas de tu tierra antigua, el aire para volar. Pero esa explosión de color ya la han contemplado durante quinientos años los españoles vascos que navegaron hasta La Guaira o el Orinoco en busca de la aventura y de la fortuna. Si naces en Caracas, te asombrará la inmensa cumbre que separa la Capital de Venezuela de la mar cercana. Es el monte Ávila, y el nombre le viene de Castilla, a cuya Corona se unieron los vascos de seiscientos años atrás por temor a los vascongados, sus vecinos navarros, hoy mucho más españoles en los sentimientos que vosotros.

Si tu padre no cumple, por sus asesinatos, toda la condena que le resta, serás un niño venezolano, como Iñaki Anasagasti, como miles de vascos que llegaron o se exiliaron en las Américas en busca de su porvenir. O que se refugiaron en ellas cuando los regímenes políticos amparan a los criminales como tu padre, del que tú eres inocente y víctima, como sucede en la actualidad con Venezuela. No obstante, yo deseo que nazcas en tus raíces, mejor bajo el roble que a la sombra de la palmera o del ombú, y que precisamente por ser, sin tu permiso, el hijo de un criminal desalmado, tu vida y tu comportamiento social sean un ejemplo de bondad, equilibrio y trabajo. Los vascos de tu árbol familiar materno –y escribo desde la ignorancia–, fueron en su día pastores, o marinos, o agricultores bondadosos, equilibrados y trabajadores, como casi todos los vascos del ayer.

Recibirás de tu padre toda suerte de cariños. Tu padre dejó a decenas de niños sin el cariño de sus padres, porque los mató. Pero nadie te lo va a achacar a ti. Te deseo lo mejor, en la tierra de tu madre, integrado en una sociedad sanada del cáncer que hoy padece, y con los principios y los valores recuperados y en su sitio. Y que en las noches de luna, tomes el sueño mientras te cantan el «Aurtxoa seaskan».

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