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sábado, 20 diciembre 2014
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La Razón

Horacio descansa en paz por César Vidal

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Conocí a Horacio Vázquez Rial a inicios de los noventa. A esas alturas, tras varios mandatos de Felipe González y, sobre todo, tras pasar por la Nicaragua sumida en la revolución, me manifestaba crecientemente crítico de la izquierda que se empeñaba en pensar que vivía sus mejores años. Creo recordar que Horacio todavía militaba en ella, pero, a pesar de esa circunstancia, escribió un libro sobre la guerra civil española y en sus páginas elogió mi «Recuerdo 1936», un intento de recuperar el recuerdo de gentes de los dos bandos –o de ninguno– que habían sufrido el enfrentamiento fratricida. Me sorprendieron sus palabras dado que no nos conocíamos de nada y sólo podía juzgarme por lo que había escrito.  Se dirá que debería ser lo normal, pero lo normal es tan anormal, a veces, en España que yo no podía creerlo. Todavía me llamó más la atención cuando un día, caminando yo por la calle, en Madrid, se me acercó.  A esas alturas –si no me falla la memoria– yo atizaba con todas mis fuerzas al PSOE y su alianza con los nacionalistas, pero Horacio me saludó en un suave acento porteño, con toda la naturalidad del mundo, casi con cariño, como si fuéramos amigos de toda la vida. Me pareció un hombre dotado de esa cortesía casi tímida que, generalmente, sólo he visto en gentes que han sufrido mucho y han aprendido la lección. Nuevamente pasmado, comenté el encuentro con alguien que lo conocía bien –quizá Mario Muchnik– y me confirmó que era un «buen tipo».  Parecía, desde luego, una persona decente.  En el curso de los años siguientes, fui siguiendo su paso hacia una derecha sensata, crítica y liberal hasta convertirse en uno de los colaboradores habituales de un medio tan emblemático al respecto como Libertad digital. También me seguí encontrando con él en la Feria del Libro e intercambiando siempre unas palabras de afecto. Por eso, la noticia de que iba a morir, redactada por él mismo, me sobrecogió. Decía Horacio en aquella carta abierta que sufría un cáncer de pulmón, cosa lógica porque había echado cuentas y, desde que había comenzado a fumar en su juventud, podía haber consumido cerca de un millón de cigarrillos.  Ahora deseaba morir, pero de manera indolora y, a ser posible, rápida por ahorrar molestias a sus seres queridos.  Asumía que lo que le iba a suceder era algo natural e inevitable para lo que hay que prepararse desde el principio de la existencia.  Reivindicando su condición de agnóstico, sin embargo, pedía que lo enterraran como católico ya que había nacido en esa religión y se confiaba a que hubiera algo más al otro lado de la muerte.  Era su tono sencillo, humilde, que siempre me había conmovido.  Hace apenas unas horas, me enteré de su muerte a este lado del Atlántico.  Querido Horacio, allá donde te encuentres, descansa en paz.
 

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