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viernes, 25 julio 2014
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La Razón

Columnistas

La calle de Melchor Rodríguez por José Luis Martín Prieto

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Escribe Carrillo en sus memorias póstumas que quedó en coma al enterarse de las matanzas de presos en Paracuellos y alrededores cuando era delegado de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid a finales de 1936. El coma no debió ser para tanto porque no le impelió entonces a parar la sangría y ha muerto en Madrid a longeva edad pese a ser un fumador en cadena, desafiando la ley antitabaco. Carrillo tiene detrás más exégetas y corifeos, mamoncillos de la memoria histórica de Zapatero que historiadores académicos, hasta el punto que la alcaldesa de Madrid ha consentido se le otorgue una calle en la capital, por otra parte nada raro en la única ciudad que erigió un conjunto escultórico al demonio en El Retiro. Dejémoslo ahí porque los fratricidios dejan la cabeza caliente y los pies fríos. Melchor Rodríguez García, sevillano de la más mísera extracción social, probó el toreo sin éxito, fue calderero y líder anarquista de la CNT. Delegado de Prisiones de Madrid, paró personalmente una columna de camiones de la CNT que iban a fusilar a Paracuellos armado de una pistola sin peine de balas porque no quería matar a nadie en un descuido. «Hay que dar la vida por las ideas, pero jamás matar a nadie por ellas». Ordenó el toque de queda en sus cárceles desde las siete de la tarde a las siete de la mañana para evitar sacas nocturnas. Sus conmilitones ácratas estuvieron a punto de matarle en su despacho. Directa o indirectamente, salvó a distinguidos adversarios como Muñoz Grandes, Valentín Gallarza, Serrano Suñer, Rafael Mazas, al doctor Gómez Ulla, Raimundo Fernández Cuesta, Ricardo Zamora, o los hermanos Rafael, Cayetano, Ramón y Daniel Luca de Tena. El diario «ABC» debería darle un monográfico. Fue por horas alcalde de Madrid con la Junta de Casado, el general anarquista Cipriano Mera y el gran socialista Julián Besteiro, en la rendición ante Franco del Ejército del Centro el 28 de marzo de 1939. Lo demás es cárcel y exclusión social. A su sepelio en 1972 acudieron anarquistas y falangistas y se le despidió con «A las barricadas» como si fuera una confraternización de las dos Españas. Ana Botella tiene una oportunidad para sacar lustre al callejero.
 

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