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domingo, 26 octubre 2014
03:01
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La Razón

Columnistas

La pulsera

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Parece que el crimen de la pulsera penitenciaria tiene más que ver con una negligencia humana que con un fallo técnico, con lo cual caemos en la cuenta de que en definitiva el sistema de radiobalizas no sirve en el fondo para otra cosa que para añadirle a la indefensión de las mujeres un toque de sofisticación y para elevar eventualmente el tono científico de las tertulias, que es en el asunto de la inseguridad pública el sector que menos se resiente. Es precisamente en el foro tertuliano donde la sociedad española demuestra la superioridad de su sensatez sobre la de la clase política, sumida por lo general en un estado de delirio filosófico del que se deriva la concepción de un onírico sistema penitenciario en el que los beneficios para los criminales están muy por encima de los socorros que se le presta a sus víctimas, hasta el punto de que para tener acceso a conciertos sinfónicos o a espectáculos teatrales nada simplifica ni abarata tanto los trámites de taquilla como haber merecido la condena que te habilite como espectador de privilegio en cualquier penitenciaría. Es en el flujo ciudadano de las tertulias periodísticas donde mejor se percibe la sensación generalizada de que no es en prisión, sino en libertad, donde los españoles corremos el mayor riesgo de ser escarmentados, hasta el punto de que en algunos ambientes especialmente desfavorecidos, con excepción del bufé frío de la muerte, el de la cárcel se considera el único infortunio que trae como consecuencia el alivio existencial de tres comidas al día. Mientras el policía le lee sus derechos al detenerle, el delincuente habitual lo que escucha en el subconsciente no es la retahíla de sus prerrogativas legales, sino el aromático deletreo del menú del día. Es obvio que el deterioro cultural de la televisión ha convertido a la cárcel en la única posibilidad real que tenemos muchos españoles de ver teatro clásico.

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