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lunes, 24 noviembre 2014
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La Razón

Libros

La Guerra de las Galias

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Debía yo andar por los once años cuando comencé a sentir un interés por leer «La Guerra de las Galias». Estoy seguro de que ese deseo estaba relacionado con la convicción de que las historietas de Asterix eran mera propaganda francesa, y en parte, porque he sido un aficionado a la Historia de Roma desde que con tres años mi padre me enseñó la existencia de los triunviratos. Un día de Reyes de 1971, si la memoria no me falla, recibí un tomo azul que aún conservo donde se recogían las obras de Tito Livio, César, Salustio y los «Anales» de Tácito. La primera lectura de «La Guerra de las Galias» me sumió en un mundo extraordinario poblado de bárbaros que amenazaban las fronteras de la civilización y a los que César no sólo derrotaba en el campo de batalla sino que además acababa incorporando a la cultura de Roma. Sin duda, aquella aproximación era muy primaria y no mucho más profunda fue la que llevé a cabo dos años después cuando, en las clases de latín, tradujimos entero la parte en que se relataba la invasión de Britannia por César. Sin embargo, ha sido ésta una obra a la que he regresado con frecuencia en las décadas posteriores y cada vez me sorprendo de las nuevas profundidades que encuentro expresadas en su elegante latín. En la Guerra de las Galias se hallan, aunque parezca mentira, las campañas de Irak y de Afganistán, las manifestaciones del «No a la guerra», la presión de los inmigrantes sobre nuestras fronteras, la necesidad de cortar el apoyo civil a los enemigos del orden, la utilización de la propaganda y hasta la planificación de las elecciones. Sí, me consta que en el dedo meñique de César se concentraban mucho más talento y grandeza que en infinidad de gobiernos y parlamentos actuales, pero no es menos cierto que si nuestros políticos tuvieran que traducir la Guerra de las Galias no pocos no sabrían ni ordenar una frase.

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