Raphael: la noche sin fin

  • En su regreso al Teatro de la Zarzuela
  • El artista volvió a triunfar en el escenario en el que debutó en 1967

Es difícil pensar en un público más entregado que el de Raphael, fiel en cada una de sus apariciones por la capital. Ovaciones cerradas, manos doloridas de aplaudir, rosas de ida y vuelta, gritos y piropos de todo tipo: «¡Guapo!, ¡artista!, ¡grande!». Una devoción que no es más que la respuesta lógica a la pasión que el de Linares continúa poniendo en sus conciertos. El de ayer en el Teatro de la Zarzuela, el mismo escenario donde debutó en solitario en noviembre de 1967, era el primero dentro de la parada madrileña de su última gira, «Mi gran noche», recuperando el título de una de sus canciones más emblemáticas y tirando también de aquel cartel de los 60 que dejaría en el imaginario colectivo una pose que hoy sigue manejando con idéntica seguridad.

Sorpresas continuas

Raphael, medio siglo después, sigue siendo sinónimo de frescura, en buena parte porque en vez de vivir de las rentas sin complicarse la existencia ha decidido dar una vuelta de tuerca a su figura en una suerte de noche eterna en la que siempre hay lugar para las sorpresas. «Aquí empezó todo, cuando no existían canciones como esta», apuntó a modo de presentación antes de atacar «Digan lo que digan», marcando el primer momento cumbre de una velada que se prolongaría, 46 temas mediante, más de tres horas. Entregado a esa teatralidad tan suya, rayana con el expresionismo, recuperó para la ocasión temas de su repertorio que en los últimos tiempos no habían sido tan habituales en directo. Ahí estuvo, por ejemplo, «Te voy a dar lo que tú quieres», momentos después de que interpretara «Cuatro estrellas», una de las más recientes composiciones de Manuel Alejandro para el cantante jienense.

Honestidad brutal

Pasado y presente de una trayectoria que tiene mucho de genio, pero también de inquebrantable compromiso con su público. Por eso, su saludo inicial con ese «qué bien se está en casa» guarda un componente de honestidad brutal, poniéndose en la línea de salida antes de encontrar la exaltación en «Poco a poco», el poderío en «Me estoy quedando solo» y el delirio definitivo en «Yo sigo siendo aquel"» Efectivamente: el mismo, el Raphael de siempre; no hay trucos que valgan, aunque sí la novedad de encontrarse con el toque rockero de «La canción del trabajo» o con la elegancia comedida de «Si no estuvieras tú», justo después de protagonizar uno de esos momentos arrebatados –y perfectamente estudiados, claro– en «Por una tontería».

Superado el ecuador del concierto el público entregado recibió la juguetona «Maravilloso corazón», coreada «ad infinitum», para encarar un tramo final que fue todo un carrusel de puro nervio: «Nostalgias», «En carne vida», «Escándalo», «Ámame», «Qué sabe nadie», esa joya melodramática que es «Balada triste de trompeta», «Yo soy aquel» y «Como yo te amo». Sin dejarse nada, exprimiéndose hasta el último minuto, tan excesivo en su célebre colección de gestos como sincero en el esfuerzo por reinventarse noche tras noche. Esa es, de verdad, su mayor grandeza.