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martes, 22 julio 2014
14:33
Actualizado a las 

La Razón

Francisco Rodríguez Adrados 

Letras griegas, letras nuestras

No voy a atormentar a mis lectores hablándoles de los catalanistas o de los herederos de ETA o de los recortes de los recortes. Al fin nos llega una noticia favorable: la Real Academia Española ha decidido (nos fue anunciado el 21 de diciembre pasado) mantener en la nueva edición del Diccionario, que saldrá en el año 2013, casi mañana, en la sección etimológica que abre muchos artículos, las venerables letras griegas, madres o abuelas de las nuestras. Del todo semejantes, cuando no iguales, a ellas y a las usadas para escribir casi todas las lenguas del mundo. Y es que las letras griegas, que hicieron fácilmente comprensible, por primera vez, cualquier mensaje, producen en algunos una indisimulada irritación. La verdad, no lo entiendo, me resulta absurdo, pero voy a hacer de todos modos un poco de historia. Hace tres o cuatro años llegó al Pleno de la Academia una propuesta de un Instituto dependiente de ella, propuesta relativa a la redacción del Diccionario. El secretario de la Academia la leyó ante el Pleno mientras yo dormitaba un poco. La palabra «griego» me despertó, como si fuera un timbre de alarma. Proponía ese Instituto nada menos que expulsar a la letras griegas de las etimologías griegas de las palabras de nuestro Diccionario. Dije lo que tenía que decir, lo recordaré luego. Aquello quedó en nada. Veo ahora que, reaccionando contra una propuesta que me resultaba inesperada, innecesaria a inculta, tuve un primer éxito. Éste fue el comienzo. Luego, hace dos años, un cierto Comité con representantes de academias americanas y de la nuestra, que preparaba el Congreso antes de reunirse en México, tomó la decisión de proponer que la letra conocida como «y griega» fuera defenestrada. Aquello transcendió y dije en el Pleno de la Academia que la Academia española tenía derecho a que aquello se discutiera en el mismo Pleno, que no nos dejaran ante hechos consumados: acuerdos de comités circunstanciales que descono­cían la autoridad de la Academia. Así se hizo y hubo una reunión del Pleno para esto. Pero fue violento para mí tener que forzar las cosas, chocando de frente con un supuesto progresismo y con el truco de los comités.

Alguien quería cambiar el nombre de la «y griega» por el de «ye» que había propuesto cierto gramático del XIX y que dicen que se dice en algunos lugares de América. Yo prefería la tradición: junto a la «i» latina existía ya en latín, como préstamo del griego, la «y» nacida griega y luego trasplantada al latín, de ahí pasó a sus descendientes. Algunos académicos objetaron que muchos no conocían las letras griegas. «Pues que se las estudien», repliqué, «tampoco yo conozco eso de ye». Me sonaba a los yeyés y las yeyés de antaño. Otro colega argumentó contra el favoritismo a favor del griego que por qué al árabe no se le hacía igual supuesto favor. «Porque del griego vienen nuestras letras, casi todo nuestro vocabulario culto, muchos de los arabismos del español y otras lenguas europeas, montones de preposiciones, prefijos, elementos gramaticales, mucho de nuestra Literatura y, desde luego, las academias». Del árabe vienen algunas palabras, entre ellas incluso algunas de origen griego, como alambique, acelga, quilate, talismán, adarme. Pero no vocabulario intelectual ni gramatical (salvo el «al» y un raro «-í»). Por lo demás, ya en plan de curiosidad, su alfabeto tiene un muy lejano parentesco con el griego en los más remotos orígenes, pero el griego viene muy directamente del fenicio y éste, del ugarítico, donde ya se documentan sus letras; el griego introdujo sobre todo las vocales y otros refinamientos ya desde el siglo IX antes de Cristo. Otro sobre todo: de él vino el alfabeto latino y luego el nuestro y el usado por casi todas las lenguas.

Hubo casi una rebelión popular contra ese nombre «ye», esa tontuna analfabeta y desconocida. Bien, nuestra Academia y luego el Congreso indultaron a la «y griega». Yo había escrito a directores de varias academias americanas amigos y publiqué en «ABC» un artículo titulado «Esa desgraciada letra griega». Final feliz, ya ven. ¡Pero tener que luchar por ello! ¿Y por qué ese resentimiento frente a los griegos que tantas cosas nuestras inventaron?

Pues bien, ahora mismo recibimos la noticia de que las letras griegas, la «y griega» y las demás, seguirán presentes en las etimologías en la próxima edición del gran Diccionario. No hubo, esta vez, discusión. Claro que al precio de una transacción, como sucede. El Diccionario dará, en cabeza de los artículos que merece la pena etimologizar, la palabra española y luego, en la sección etimológica, su fuente griega con sus letras griegas y, seguidamente, esa misma fuente griega pero transcrita en letras españolas. Es decir, en el ejemplo que se puso, el español cómico llevará al lado la palabra griega, que es idéntica y lleva letras griegas, luego se traslitera al español, a continuación se da el significado o significado español. Se refiere en este caso, a varias cosas cómicas.

En fin, tutti contenti. Aunque resulta un poco cómico tanto aparato. Pero, en fin, no seamos quisquillosos, dejemos vivir a los que no saben las letras griegas. Pero el alfabeto griego sigue vivo, ya ven, por el momento. Y cuando somos cómicos o nos ponemos (o nos ponen) trágicos, seguimos expresándonos con palabras que no hacen sino continuar a sus abuelas griegas y el Diccionario nos recuerda su origen. Somos, en las palabras y en muchas cosas más, un poco griegos. Y a algunos nos gusta recordarlo. Pero no acabo de quedarme tranquilo. Pienso en cuál será el destino de las letras griegas el día en que yo falte. Algunos no las dejan en paz. Dejaré unas mandas por si hiciera falta encargar misas por ellas, expuestas cada poco a cualquier cosa. Misas por unas letras paganas, me dirán. Sí, pero también en ellas se escribió el Evangelio y escribieran los padres de la Iglesia. Claro que no sé hasta qué punto es ésta una buena recomendación.

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