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España mantiene los céntimos pero los acuñará más baratos

El Gobierno modificará a partir de 2018 la aleación de las monedas de 1 y 2 céntimos para que su coste de fabricación sea inferior a su poder de compra.

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Jesús Martín. 

Tiempo de lectura 5 min.

12 de junio de 2017. 03:02h

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En la eurozona circulan 25.511 millones de monedas 2 céntimos y 33.209 millones de monedas de 1 céntimo, según los datos del Banco Central Europeo correspondientes al pasado mes de abril. A pesar de la aparatosidad del dato, el valor de estos cerca de 59.000 millones de monedas se reduce a 842 millones de euros (510 millones en monedas de 2 y 332 en monedas de 1), apenas el 3,11% del valor de las monedas que se utilizan en 19 de los 28 países de la Unión Europea. Bueno, en 19, no; en alguno menos. Porque Finlandia (desde el nacimiento físico del euro, en 2002), Holanda, Irlanda, Bélgica y, desde hace unos días, Italia, han decidido prescindir de la calderilla por el alto coste de acuñación de estas monedas (superior en algunos países a su valor facial) o porque son completamente inútiles desde el punto de vista comercial. Además, otros países como Mónaco, San Marino, Ciudad del Vaticano y Andorra han acuñado monedas en euros. En España, el debate está en la sociedad desde hace años, como en el seno de la propia UE, pero no será hasta enero de 2018 cuando se adopte la primera decisión, que será, según ha sabido LA RAZÓN, modificar la composición de la aleación para reducir al mínimo los costes de producción.

Las monedas nominadas en euros o en céntimos de euro son responsabilidad del Tesoro Público, mientras los billetes «pertenecen» al Banco de España. De acuerdo con los últimos datos publicados por la institución monetaria que gobierna Luis Linde, en nuestro país se han puesto en circulación 3.814 millones de monedas de 2 céntimos y 5.953 millones de monedas de 1 céntimo, por un valor conjunto próximo a los 136 millones.

Inútiles como pago

Desde un punto de vista comercial, las monedas de 1 y 2 céntimos no sirven prácticamente para nada. Marcan el precio del minuto en los aparcamientos de las ciudades, pero a título meramente informativo. Figuran también como tercer decimal en el precio del litro de gasolina o gasóleo, pero resulta imposible servirse un céntimo de carburante. Ni siquiera sirven para pagar una (en singular) «chuche» y tampoco son aceptadas en las máquinas expendedoras de bebidas y alimentos. ¿Por qué siguen siendo de curso legal? Seguramente por el miedo a que el redondeo vuelva a ser aprovechado para una subida generalizada de los precios como ocurrió cuando la peseta se despidió en febrero de 2002.

Todos estos argumentos fueron los esgrimidos por Finlandia para ni siquiera poner en circulación estas monedas el 1 de enero de 2002, cuando llegó a los bolsillos de los ciudadanos de los once países fundadores de la eurozona. Eso no quiere decir que no existan monedas nominadas en 1 y 2 céntimos; se han acuñado para coleccionistas exclusivamente.

Su ejemplo lo han seguido Holanda, en septiembre de 2004, y Bélgica después, aunque en este caso mediante la paralización de su acuñación. El banco central holandés realizó un estudio en el que se aseguraba que el redondeo a fracciones de cinco céntimos podría ahorrar cada año alrededor de 30 millones de euros. Hace tres años, el Gobierno belga aprobó un proyecto de ley que permite redondear los precios, lo que acabará haciendo desaparecer la calderilla del uso cotidiano

El último en sumarse a la causa de la infrautilización de las pequeñas monedas fue Irlanda, en octubre de 2015, mediante una iniciativa voluntaria lanzada por el banco central. Los precios finalizados en uno o dos céntimos se redondearán a la baja. Aquellos que finalizan en 2, 3, 6 y 7 céntimos, subirán o bajarán hasta acabar en 0 o 5, y los que concluyan en 8 y 9 se redondearán al alza. Los consumidores que lo deseen podrán exigir la devolución del cambio exacto, puesto que las monedas de 1 y 2 céntimos seguirán siendo de curso legal. Inútiles, pero legales.

Otra de las razones para apartar estas monedas de la circulación es su coste en relación con el poder de compra. Ése es el argumento esgrimido por Italia para decir adiós a la calderilla. Hace una semana se tomó la decisión, que ahora tendrá que ser comunicada en el plazo máximo de un mes al Banco Central Europeo. «Los consumidores las odian, las rechazan los distribuidores automáticos, las detestan las cajeras de los supermercados y son escupidas hasta por los parquímetros», como recogía hace unos días una información de nuestro corresponsal en Roma. Pero Italia ha buscado un razonamiento aún más elemental. Producir una moneda de 1 céntimo cuesta alrededor de 4,5 céntimos, mientras que la de 2 céntimos sale por 5,2. Además de ser inútiles, son caras. Italia espera conseguir un ahorro de 20 millones de euros anuales.

De acuerdo con las especificaciones técnicas que aprobó el Banco Central Europeo, las monedas de 2 euros están hechas de una aleación de cobre y níquel y las de 1 euro, de níquel y latón. Tanto las de 50 céntimos como de 20 y 10 se componen de una aleación de lo que en el argot se denomina «nordic gold», mientras las de 5, 2 y 1 céntimo se fabrican sobre la base de acero recubierto de cobre. El cobre y sus aleaciones tienen propiedades antimicrobianas, lo que significa que combaten la posible proliferación de gérmenes en su superficie derivada de pasar de mano en mano durante su larga vida útil. En las de 1 céntimo, el acero representa el 95% de su peso y el cobre el 5% restante. En la de 2 céntimos, la proporción queda en 94-6%. Tienen un peso de 2,2 y 3 gramos, respectivamente.

La UE no lo tiene claro

No está muy claro cuál es el coste real de fabricación de la calderilla en España, porque nunca el Tesoro lo ha dejado claro. Sí ha admitido que es superior a su valor facial en el caso del valor más pequeño y ligeramente inferior en el caso de la de 2 céntimos. Algunos informes hablan de costes de 1,60 y 1,87 céntimos en cada uno de los casos, lo que daría suficientes argumentos para su retirada.

El Gobierno comunitario no tiene una posición ni formal ni clara sobre este asunto, que deja en manos de los estados miembros. Hace cuatro años, la Comisión Europea abrió la puerta a la desaparición de las monedas más pequeñas presentando una comunicación (un documento sin capacidad legal) a petición del Parlamento Europeo. El Ejecutivo europeo planteó cuatro escenarios: continuar con su acuñación; disminuir los costes de producción (el elegido por España), su retirada de la circulación mediante la paralización de su emisión y con el apoyo de los bancos y la retirada gradual dado el escaso atractivo que tienen como medio de pago. Lo que sí tiene claro la UE es que todos los países asumen pérdidas con su fabricación porque sus costes exceden del valor real de las monedas.

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