Salarios

La falta de productividad frena las alzas salariales

Las empresas con resultados positivos tienen que plantearse subidas de sueldo razonables, en función de su capacidad productiva
Las empresas con resultados positivos tienen que plantearse subidas de sueldo razonables, en función de su capacidad productivalarazon

La temporalidad del empleo y el reducido tamaño de las empresas estrechan el margen de las compañías para retribuir mejor a sus empleados

Los salarios deben ajustarse a la productividad para no generar tensiones inflacionistas ni aumentos del desempleo. Y la productividad, en España, se ha quedado estancada. Más allá de la utilización masiva de contratos temporales –aunque los indefinidos han crecido un 12,4% en lo que va de 2017–, lo que contribuye a aumentar la rotación laboral, dificulta la adquisición de experiencia y desincentiva la inversión en formación por parte de las empresas españolas; un porcentaje relevante de los trabajadores está sobrecualificado.

«Buena parte de la inversión en educación no se explota en la medida que sería deseable por problemas relativos a la calidad de la formación y, también, a la incapacidad de parte del tejido productivo español para utilizar eficientemente el capital humano de los trabajadores». Y Lorenzo Serrano, profesor titular de Análisis Económico de la Universidad de Valencia, asegura que esto último es propiciado por la escasa dimensión de las empresas españolas en comparación con las de otros países y por su especialización relativa en sectores de menor intensidad tecnológica.

Tal y como indican los resultados de un informe de la Fundación BBVA, «durante el último periodo de expansión económica la inversión estuvo muy enfocada hacia activos inmobiliarios, buscando rentabilidades a corto plazo basadas meramente en el aumento del precio de esos activos y su venta posterior, y no en su uso productivo». Serrano recuerda que esto tuvo efectos negativos en la productividad del capital y del trabajo. «Sólo a partir de la crisis se observa un cambio en el patrón inversor, con un peso creciente de la inversión en maquinaria, activos TIC y en I+D y otros activos inmateriales, más estrechamente ligada al propio uso productivo de esos activos como fuente de rentabilidad», agrega.

Carlos Martínez, presidente de IMF Business School, achaca el estancamiento de la productividad al reducido tamaño de las empresas españolas, que por lo general generan menos empleo y de menor estabilidad, e invierten menos en capital humano y tecnológico, en innovación, en investigación... Desde su punto de vista, la productividad es una de las razones, pero no la única, que supone un freno a la subida de salarios. «Si hacemos un análisis de los años anteriores a la crisis, observamos que, en todo el ámbito comunitario, España incluida, los sueldos de los trabajadores han avanzado a mayor ritmo que la productividad». Martínez afirma que se está evolucionando hacia modelos en los que el trabajador recibe una parte cada vez más importante de su salario en función de unos criterios previamente establecidos –objetivos– que pretenden optimizar tiempos y, con ello, aumentar la productividad. Y agrega que un factor, quizá, más determinante para las subidas de salarios es la situación del mercado de trabajo. «Cuanto más se reduzca el desempleo, el empresario tendrá menos fuerza laboral disponible en el mercado y eso hará que si quiere captar talento tenga que pagar un precio superior al que estaría dispuesto a pagar si los niveles de empleo fuesen superiores».

Vigésimo puesto

España tiene una baja productividad al comparar los datos con los del resto de países desarrollados. De hecho, Martínez remarca que pese a ser la duodécima economía del mundo, en términos de productividad siempre ocupa en torno al vigésimo puesto. Pero, sobre todo, muestra un comportamiento anómalo. Matilde Mas, directora de Proyectos Internacionales del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie), explica que mientras que en otros países la productividad laboral crece en las expansiones y cae en las recesiones, en España ocurre lo contrario. «La razón se encuentra en el pésimo funcionamiento del mercado laboral. En las expansiones somos los campeones en la creación de empleo, lo que reduce la productividad del trabajo. Pero en las contracciones destruimos empleo a una velocidad todavía mayor a la que lo creamos en la expansión».

Si se redujera la temporalidad en el mercado de trabajo y el abandono educativo temprano, se implementaran medidas dirigidas a aumentar la calidad de la educación, se fomentara la inversión en activos I+D o se profesionalizaran los equipos de gestión de las empresas, aumentaría la productividad. Serrano considera que sin ésta el crecimiento a largo plazo es imposible, que la creación de empleo depende de la adecuada correspondencia entre productividad del trabajo y costes laborales, y que los crecimientos salariales, más allá de lo permitido por las ganancias de productividad, acaban generando problemas en términos de desempleo. «Las mejoras salariales son compatibles con más empleo en la medida en que vayan acompañadas de suficientes mejoras de la productividad», puntualiza.

Si bien es cierto que la revolución de las TIC ha contribuido al crecimiento de la productividad en los países desarrollados y que los activos intangibles resultan complementarios a los activos TIC, lo que implica que el crecimiento de la productividad es mayor cuando se utilizan de forma conjunta; «España e Italia son los países de la UE con menores dotaciones de TIC y de activos intangibles». Y Mas asevera que, definitivamente, «a más productividad, mayor salario».

Finalmente, Martínez sostiene que para incrementar la productividad en España sería clave aumentar el tamaño de las empresas y mejorar las competencias de los pequeños empresarios. Y es que cuanto más rentables sean las compañías, más margen tendrán para retribuir mejor a sus trabajadores.