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Del bambú al balcón

Los políticos, cual domingueros, aguardan la cita con las urnas haciendo deporte, leyendo o en familia

Cristina Cifuentes ayuda a un ciclista accidentado durante un paseo por el parque de Madrid Rio
Cristina Cifuentes ayuda a un ciclista accidentado durante un paseo por el parque de Madrid Riolarazon

Después de 15 días de campaña, el candidato se agarra a la jornada de reflexión con el estilo de un koala que ancla las zarpas al tronco de un bambú. A continuación, dormita entre hoja y hoja y, quién sabe, quizá acabe convenciendo a los suyos de que voten al rival. «Es lo más conveniente, lo he reflexionado», podría concluir su alocución. Es el último mitin de la duermevela, un mitin de alucinar por casa. Su familia no presta la más mínima atención, se revuelve en un acto de desobediencia que ni los del 15-M y hace regresar al candidato a sus hojitas de bambú. De vuelta arriba, por las ramas, entre hoja y hoja del último sondeo, el candidato sestea y se limita a soñar con un balcón. Qué sería del candidato con afán de trascendencia sin su baldosa de balcón.

Al margen de ficciones, no resulta nuevo percibir un generalizado cuestionamiento de la llamada jornada de reflexión. En países como Alemania o Estados Unidos no existe (irreflexivos ellos, así les va). Al ciudadano del resto del mundo, que sabe lo que es sufrir la artillería pesada de campaña, no hace otra cosa durante la veda electoral que sudar la gota gorda dudando en si animar al Madrid o al Barcelona, pero en partido político. Entretanto, el candidato, que anda rumiando las hojas de bambú y que sigue fantaseando con su alícuota de balcón, hace lo posible en poner cara a sus votantes, modelos de Rodin al más puro escorzo expresionista. ¡Plaf! El candidato despierta. Ojos como platos. Mira que si en lugar de reflexionar están los ciudadanos...

Que a la prohibición de mensajes electorales se le haya denominado jornada de reflexión no hace sino constatar el grado de paternalismo que ha existido de antiguo entre nuestros próceres. El fin de semana de las elecciones es como cualquier otro del año, con una sola salvedad: los políticos están obligados a permanecer en silencio, que no es poco logro. Cabe el ocasional comentario climatológico o la esporádica anotación acerca de las inclinaciones gastronómicas de una mascota, el chascarrillo propio del encontradizo, pero ojo con las denuncias a la Junta Electoral. Hay quien observa propaganda hasta en si el perro cena pan duro, pienso o albóndigas.

Por si acaso, optan por la cautela. Comunican un retiro cartujano y raramente se avienen al ruido mediático. Tal fue el caso ayer entre los primeros espadas. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, pasó la jornada de reflexión en familia. La campaña se alarga si el presidente ha de protagonizarla diariamente, que por algo le guardan a uno respeto. Aficionado al ciclismo, no es raro que Rajoy, esforzado de la ruta, se haya tomado estos comicios como una contrarreloj. El tiempo corre y los competidores no hacen más que rejuvenecer. También caminó por la naturaleza el presidente, que es sano para la cabeza.

A otro que le tira la familia es al secretario general del PSOE. Pedro Sánchez descansó al decimosexto día y aprovechó para airear el rostro humano. Hizo footing y vio una película con sus hijas –que es lo que haría cualquier dominguero–, retomó alguna lectura –lo propio del ilustrado de dominicales– y se enchufó con los Cavaliers derrotando a los Hawks de la NBA, lugar adonde ha desembocado la socialdemocracia patria desde la época en que los marines no merecían ni una cortés reverencia. Anda que si en vez de pajarillos fuéramos tigres de Bengala, que cantaba aquél.

Albert Rivera estuvo ayer de descanso, sí, pero tomando fuerzas para la jornada electoral, que es lo que haría el más vitaminado y mineralizado del barrio. Lo de Rivera es un no parar, sigue, sigue y sigue. Lozano y corajudo, en eso ha terminado consistiendo su campaña. Estuvo en Barcelona y hoy va a Madrid para vivir la noche de balconadas. Pero que nadie lo interprete con desarraigo. Mañana regresa a Barcelona: su mujer y su hija (y un buen número de candidatos dispersos por la geografía) lo esperan. Otro que tal fue Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, que disputó con sus colegas un partidillo de fútbol. Es sabido que el balompié es el modo más bolivariano y proteínico de vincular a Evo Morales con la muchachada. Pues menudos son.

La portavoz de UPyD, Rosa Díez, se quedó en casa reposando con su familia y con sus perros, que es todo un señor plan. La alusión es evidente. Quien ama a los animales ama a los compañeros. Díez es ya experta en estas lides de veda electoral. Sus reflexiones van por otro lado. El recuento de votos de UPyD, que empiezan a portar sus respectivos nombres y apellidos, pasará a ser calculado por un simple ábaco. La generación 3.0 azora, pero ella prefiere viajar sin el consejo de su GPS. Para qué las tecnologías. Al coordinador general de IU, Cayo Lara, le ocurre algo semejante. Estuvo con los suyos en Madrid, pero aún no trascendió si convinieron en sustituir el ábaco por la forma digital, por los dedos de las manos de toda la vida.