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La Razón
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Aunque una de las máximas de la diplomacia, cimentada en la Doctrina Estrada y amamantada en las ubres de la «realpolitik» es que en política exterior no existen amigos ni enemigos, sino intereses, en el caso de Cuba no es fácil deslindar cuándo lo que «prima facie» parecen intereses cubanos son en realidad intereses españoles y a la inversa.

Cuba es el país más español de América. No sólo porque la presencia española se remonte al 28 de octubre de 1492, cuando las tres carabelas de Colón toparon con la «tierra más hermosa que ojos humanos vieron». O porque se tratara de la última provincia de ultramar por la que había que gastar «hasta la última peseta». Si no porque el flujo migratorio, intenso en la primera mitad del siglo XX, no ha cesado y ha dejado sobre suelo cubano –y también en la tierra amarga del exilio– un número grande de españoles que nunca dejaron de serlo, que hablan distinto y que junto con su pasaporte cubano exhiben con orgullo el pasaporte español.

Cuba es una pieza angular de la política exterior española por más que las coyunturas políticas –de tan permanentes ya casi estructurales– puedan mover a algunos a preferir las alianzas ideológicas a la tarea más difícil de lidiar con un régimen que no comparte la misma visión del mundo.

De igual modo que se equivocan quienes muestran con Cuba una solidaridad ocasional y epidérmica por tratarse de la Cuba socialista, se equivocan también quienes, por tratarse de la Cuba socialista, sólo admiten que las relaciones puedan darse cuando la Revolución devenga una página más de la Historia. No debería ser noticia que el ministro de Asuntos Exteriores español viajara a Cuba. Lo que debiera ser noticia es que haya tardado tanto tiempo en hacerlo.

*Abogado expertoen inversiones en Cuba