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Forcadell: de las alpargatas al abrigo de lujo

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Pilar Ferrer. 

Tiempo de lectura 4 min.

13 de noviembre de 2017. 22:52h

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Pilar Ferrer.  12/11/2017

Aquella frase desafiante, «ni un paso atrás», el pasado 21 de octubre, le ha salido rana a la ex presidenta del Parlament de Cataluña, Carme Forcadell. La que fuera musa del independentismo se ha convertido en una auténtica traidora del «procés». No solo por la declaración ante el Tribunal Supremo, sino por su carácter autoritario y cambio radical en su imagen pública. Hace ya meses que en las bases de la ANC, que ella misma presidió, y sobre todo en las filas de Esquerra Republicana, las críticas contra Forcadell arreciaban. «Mandona, conflictiva y poco de fiar», son la perlas que se escuchan en el mundo soberanista, dónde no ha gustado nada la manera en que acudió al Alto Tribunal en coche oficial y rodeada de escoltas en contraste con el resto de imputados que lo hicieron a pie de calle. Pero es en ERC, su antiguo partido, dónde en privado la atacan sin piedad: «Ha sido arrogante y cobarde», afirman los republicanos mientras recuerdan que su líder, Oriol Junqueras, sigue en la cárcel por «valiente y coherente» con sus principios.

Desde aquel alegato contra el Estado, Carme Forcadell ha dado ya un paso cambiado y como presidenta del Parlament un vuelco total a su imagen. «De activista callejera en alpargatas a marcas de lujo», dicen antiguos compañeros del Ayuntamiento de Sabadell done fue concejal de ERC y dejó mal recuerdo. «Su ambición no tenía límites», añaden. En esa época, una mujer ramplonamente vestida, con aspecto de motera algo desaliñada y bastante polémica le exigió al entonces alcalde de la ciudad, el socialista Manuel Bustos, que la hiciera Jefa de la Guardia Urbana. «Ni se te ocurra», le advirtieron los compañeros republicanos. Fue cuando vio las ventajas de la política en la calle y se acercó a Òmnium Cultural, presidida por la fallecida Muriel Casals. Con gran rapidez escaló en la organización, trabó puentes con la ANC y llegó a ser su presidenta hasta que Artur Mas se fijó en ella para agitar a las masas. Quienes vivieron esa etapa aseguran que Forcadell aspiraba a la presidencia de la Generalitat, lo que forzó la cabriola de Mas de colocarla en el Parlament a propuesta de Junts pel Sí.

«Distinta por fuera, pero igual por dentro». Así la definen compañeros de Esquerra Republicana y la ANC, que desvelan sus gustos caros, afición por el protocolo reverencial y carácter autoritario. La ex presidenta del Parlament dio un giro total a su imagen, vestidos y zapatos de marca, bisutería fina, cabello arreglado. Lo exhibió en sus comparecencias ante el Supremo, con abrigo de napa ribeteado en piel de «mouton» planchado, traje sastre y altísimos «stilettos» de firma, sin olvidar el bolso y un carísimo maletín de diseño francés. Para colmo, Carme Forcadell ha sido la única en evitar el paseíllo blindada en todo momento por su coche oficial y un grupo de escoltas que la alejaban de los periodistas. Según fuentes jurídicas, mantuvo en todo momento un talante altivo, hasta que atisbó la amenaza de la cárcel y se echó atrás con el interrogatorio de la fiscal Consuelo Madrigal: a partir de ahí, declaración «simbólica» de la DUI y acatamiento del 155.

El oropel se repitió a su salida de Alcalá Meco, sentada en el vehículo oficial junto a su marido Bernat Pegueroles, un hombre muy discreto, informático de profesión que acudió a recogerla a la prisión.

Ambos iban sentados en los asientos traseros del flamante Audi, detrás del conductor, un escolta y seguidos por otro coche de vigilancia. Tales excesos han causado revuelo en la ANC y sobre todo en Esquerra Republicana, dado que ni Oriol Junqueras ni ningún conseller utilizaron el coche en su calidad de ex miembros del Govern y sí dieron la cara. La actitud de Forcadell, aunque mitigada en público, ha provocado una gran convulsión en el mundo independentista, dónde no ocultan su enojo. Según ha sabido este periódico, su familia y su abogado, Andreu van der Eyden, le han aconsejado un «perfil bajo», sin provocaciones, que no complique su defensa y ponga en riesgo la libertad bajo fianza decretada por el juez Pablo Llarena.

La primera dama del soberanismo, de carácter fuerte y un tanto arisco, está muy unida su marido y sus dos hijos, que siempre se han mantenido alejados por completo de los focos. Bernat Pogueroles es un informático al que conoció en Xerta, su pueblo natal al sur de Tarragona, del que se mudó para estudiar Filología y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Los dos hijos de la pareja, Bernat y Ferrán, trabajan en la empresa tecnológica de la familia y también viven en Sabadell, aunque en casas distintas. Los vecinos les definen como jóvenes de izquierdas, nacionalistas y muy deportistas. Forcadell tiene a su nombre el piso familiar, en la mejor zona de la ciudad, una plaza de garaje en Esplugues de Llobregat y un terreno en Alcover, Tarragona. Por su parte, Bernat Pogueroles posee una parcela y casa en Xerta. Todos ellos son de un hermetismo absoluto y, desde que Forcadell llegó al Parlament, clausuraron todos sus «blogs» y páginas personales para dedicarse al trabajo informático en un local ubicado en los bajos de la casa familiar.

La mujer que agitó con furia la calle y el Parlament de Cataluña, permitió plenos y leyes desafiantes, arengó a las masas e ignoró al Tribunal Constitucional, la voz de la independencia, rompió en segundos su papel y afronta ahora un incierto futuro bajo la lupa del juez Llarena. Si actúa en política fuera de la Constitución se revisará su caso y podrá volver a la cárcel. El auto judicial es muy claro y cumple el refrán de «Quien avisa no es traidor». A Carme Forcadell, esto le quita el sueño.

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