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Junqueras: La baza del superviviente

Partidario de que los problemas se solucionen solos, al vicepresidente de la Generalitat CiU le veía como la «esperanza blanca» tras el tripartito. Fue ascendiendo sobre los cadáveres de los suyos y en el 9-N le criticaron por «no dar la cara». Con el 1-O, está ante el precipicio, pero aún no ha caído

  • Oriol Junqueras
    Oriol Junqueras
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Toni Bolaño Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

26 de septiembre de 2017. 04:11h

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Toni Bolaño Madrid. 26/9/2017

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Oriol Junqueras i Vies (Barcelona 1969) no es gallego como Rajoy, pero lo parece. Más de lo que quisiera. Regatea los problemas todo lo que puede antes que afrontarlos. De hecho, también es partidario de que los problemas se solucionen por sí solos. Lo saben bien en Sant Vicens dels Horts, el municipio que lo eligió de alcalde en 2011. No ganó las elecciones, las ganaron los socialistas, pero Junqueras hizo un pacto de todos contra el PSC. Su partido, Junts per Sant Vicens-ERC, Iniciativa per Catalunya-EUiA y Convergència i Unió, pactaron y le hicieron alcalde. Cuando las cosas se complicaban, el alcalde Junqueras se sacaba alguna cosa de la manga para evitarse un pleno complicado o una protesta vecinal incómoda.

Desde 2009 ocupaba escaño de eurodiputado y Convergència –junto con sus medios de agitación y propaganda– lo habían señalado como la «gran esperanza blanca» de una ERC alejada de las veleidades de pactos de izquierda y más proclive a la fórmula ERC+CiU=Cataluña. Con sus padrinos, Junqueras inició sus movimientos que le llevaron también en 2011 a la presidencia de los republicanos, eliminando al tándem Joan Puigcercós y Joan Ridao, los últimos partidarios de gobiernos de izquierda en Cataluña que repudiaban alianzas nacionalistas con la burguesía de Jordi Pujol y Artur Mas. Además, Junqueras rebajaba sustancialmente su perfil de izquierdas. De hecho, «Junqueras no es de izquierdas. Es conservador, católico, practicante y poco dado a aventuras más allá de lo esperado por el pensamiento dominante», apunta un dirigente republicano que le conoce.

Junqueras era otro perfil y la derecha catalana lo celebraba con alborozo. Con ERC convertida en corderito y haciendo seguidismo, la política catalana sería «coser y cantar», pensaban en la sala de máquinas de Mas. Sin embargo, salió respondón. Los republicanos siempre prestos a revueltas internas, puñaladas por la espalda, luchas cainitas y defenestraciones públicas, empezaron a vivir una luna de miel con el tal Junqueras, que no perdía oportunidad en rasgarse las vestiduras cada vez que Mas y Alicia Sánchez Camacho llegaban a acuerdos para poner en marcha recortes y más recortes.

Por primera vez en años, los republicanos, siempre esperando el «sorpasso» a CiU, encontraron a su líder. En las municipales de 2011, ERC salió de las catacumbas a las que les llevaron los convergentes y sus nuevos chicos guapos: la CUP. No acabó ahí la suerte del principiante Junqueras. Con un discurso en el que habla mucho y dice muy poco, en sus primeras elecciones, las autonómicas de 2012, las que convocó Mas para conseguir la gran mayoría absoluta que le pusiera al frente de las masas, el nuevo candidato republicano obtuvo 21 diputados, 11 más que dos años antes y 200.000 votos más. El éxito fue incontestable y un bálsamo pacificador para ERC, que llevaba diez años convulsionada en crisis, y empezó el calvario de los convergentes. El de verdad.

Junqueras estaba siempre dónde tenía que estar, pero dejaba que Mas y los suyos se cocieran en su propio fuego. Vio desde la barrera como caía la vieja guardia de Convergència. Ayudó a la defenestración de las siglas Convergència i Unió, pasando a machete tertuliano a Duran Lleida y su guardaespaldas Josep Sánchez Llibre. Ante el 9-N puso en marcha su política de «sí pero no», lo que le valió embestidas públicas de la entonces vicepresidenta Joana Ortega, ahora condenada por las urnas de papel. Ortega le afeó en público «no dar la cara». Se puso al pairo cuando la corrupción enfangó a Mas y su entorno con el «caso Palau» y el «caso 3%». Pero, cuando lo tenía todo a mano, Junqueras hizo un pasa palabra y se dejó convencer por las «fuerzas vivas de Barcelona» y aceptó a regañadientes la fórmula de Mas de Junts pel Sí. Podía dar la estocada a sus rivales de toda la vida pero evitó tomar una decisión. Y lo volvió a hacer casi en tiempo de descuento cuando la CUP pidió la cabeza de Mas. Junqueras no movió un dedo y vio pasar, sin derramar una sola lágrima, el cadáver de su adversario otrora y ahora aliado.

Fiel a su forma de actuar, no fue fácil que Junqueras firmara un papel para el referéndum. Se hizo de rogar. Su obsesión era quedarse al margen para afrontar con éxito unas autonómicas y, ahora sí, llevar a Esquerra al liderato y a la presidencia de la Generalitat. Los sucesos de estos días le ponen ante el precipicio. Sin embargo, no ha caído, aunque se ha llevado por delante a Josep Maria Jové, Pere Aragonés y Lluís Salvadó. Sus tres hombres de confianza se han llevado la peor parte. Él sólo se dejaba ver y hablaba. No se sabe si tomó alguna decisión o siguió sin «mojarse».

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