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La otra moción de censura: dirigentes de Podemos contra Iglesias

Su papel en el pacto antiyihadista tras el 17-A o la entente con el PSOE complican su futuro

  • Con el índice de popularidad más bajo y la marca de Podemos en caída en los sondeos, Pablo Iglesias necesita mover ficha
    Con el índice de popularidad más bajo y la marca de Podemos en caída en los sondeos, Pablo Iglesias necesita mover ficha

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29 de agosto de 2017. 04:28h

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Parafraseando el dicho, el «gozo» de Pablo Iglesias está en un «pozo» cada vez más hondo. Con el índice de popularidad más bajo de su aventura política, y la misma marca de Podemos precipitándose en las encuestas, el líder morado esperaba el regreso del veraneo para «ahogar» sus penas y jugárselo todo en el nuevo curso político. Sin embargo, a Iglesias ya se le ha empezado a atragantar la cuenta atrás. Como diría aquél, si pone un circo ahora, seguro que se lo cierra Manuel Carmena por tener animales en cautividad. Las expectativas se le han torcido con su papel en el Pacto Antiyihadista. Cuesta arriba, como poco, va hacérsele mantener su plan de jugar como observador y no como firmante en una situación tan peliaguda como la actual. Más aún ante la convicción generalizada de que hay que dar al acuerdo un impulso y convertirlo en un foro donde se discutan y propongan cuestiones de calado para la seguridad nacional. «Ningún atentado va a hacer que nosotros vayamos a cambiar de opinión», zanjó Rafael Mayoral, secretario de Podemos para la Relación con la Sociedad Civil, en el Ministerio del Interior. El guión estaba claro: bunkerización en vena. Cosa distinta fueron los mensajes en privado, ante el propio ministro Juan Ignacio Zoido, de Xavier Domènech, portavoz de En Comú Podem. Cuentan que sus elogios a la utilidad del Pacto contra el Yihadismo callaron a Mayoral. Y tras la barbarie terrorista vivida en Cataluña se palpa ya en ambientes morados una certera voluntad de repensar su rol.

En un intento de taponar esa incipiente vía de agua, o al menos así lo interpretaron quienes no forman parte de su «guardia de corps», Pablo Iglesias vinculó los atentados con la guerra de Irak, en el enésimo intento de identificación entre el Mal y el PP. La diatriba del líder pudo estar destinada a mantener prietas las filas. Sabe bien, además, hasta qué punto la demonización de los populares tiene su público en Cataluña. Bastó ver cómo los suyos se agregaron con gusto a la manipulación, fraguada por el soberanismo, para castigar al PP y al Gobierno de Rajoy durante la manifestación del pasado sábado. Precisamente en Cataluña, Iglesias persiste en las maniobras para echar al jefe de su marca, Albano Dante Fachin. Su órdago ante el referéndum del 1-O (reclama hacer campaña a favor de la participación) y su negativa a unirse a Domènech y Ada Colau en su nuevo partido de ámbito autonómico ha supuesto una guerra sin cuartel con el propio Iglesias y con una parte de sus propias bases. Pero Fachin promete ser una simple china en el camino ante el escollo que representan los aguerridos Anticapitalistas, escandalizados ante la entente cada vez más evidente con Pedro Sánchez y el PSOE.

Esta corriente de su partido, a la que pertenecen, entre otros, Teresa Rodríguez o Miguel Urbán, está muy enfadada por la unión a los socialistas en Castilla-La Mancha. Las críticas públicas a esos acuerdos no se han hecho esperar. La coordinadora general de Podemos en Andalucía rememoró, entre otros episodios, los crímenes de Estado durante la etapa de Felipe González en el poder. «No se nos olvidan –sostuvo días atrás– las reformas laborales, la Ley Corcuera, el GAL y tampoco la corrupción». Para colmo de males, la rebelión del ala radical del partido es una asignatura pendiente de resolver y puede acarrearle a Iglesias un alto coste de imagen dentro de la propia militancia. Más si tenemos presente que en su último cónclave nacional, Vistalegre II, obtuvo la victoria sobre el errejonismo apoyándose en ellos. Y, por si todo esto era poco, ahora se suma la apertura de un expediente disciplinario contra la misma presidenta de la Comisión de Garantías del partido, lo que ha soliviantado a una buena parte de la tropa morada que «echa las muelas» contra el «abuso de autoridad» de su líder. En román paladino, el intento de Olga Rodríguez y dos miembros más de este órgano de hacer más transparente a Podemos, suavizando su régimen disciplinario, ha traído consecuencias negativas para ella y sus compañeros por parte del «pablismo» que desea más control sobre una organización habituada a criticarlo todo.

Aunque, lo último de esta lista de escollos que le complican a Iglesias su situación, seguro, está por llegar. De hecho, este miércoles tiene cita Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados para hablar del «caso Gürtel». La pretensión del líder morado durante el pleno será insistir en la necesidad de sacar a toda costa al presidente de La Moncloa. Para ello seguirá presionando al líder socialista, Pedro Sánchez, sobre la necesidad de fraguar una moción de censura que permita el cambio de rumbo político. Eso sí, por más que el secretario general de Podemos ponga todo su empeño en convencer al PSOE de las bondades de abrazar tal recurso parlamentario, los socialistas son conscientes de que el cambio de Gobierno sólo sería posible con el concurso de los grupos independentistas catalanes, algo por supuesto imposible de poner en marcha con la situación que vive actualmente su partido sin romperlo por completo. De ahí que el PSOE vea la propuesta de Iglesias más como un abrazo del oso que como una oferta política bien intencionada, por lo que no tiene viso alguno de prosperar. Así que cualquier escenario está abierto ahora mismo. Pero, la creciente incertidumbre obliga al secretario general de Podemos a mover ficha. Y hacerlo más allá de buscar un futuro como «socio» de Sánchez.

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