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Los 300 días en los que Rajoy nunca pensó abandonar

Los momentos más duros fueron cuando rechazó la investidura ante el Rey y el «caso Soria».

  • Mariano Rajoy, durante la votación de su investidura en agosto
    Mariano Rajoy, durante la votación de su investidura en agosto
Carmen Morodo. 

Tiempo de lectura 8 min.

16 de octubre de 2016. 02:14h

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Los diez meses que han pasado desde las elecciones generales de diciembre han sido para Mariano Rajoy una etapa de «superación personal», según describen en su entorno en La Moncloa. En reuniones, almuerzos y conversaciones privadas el presidente del Gobierno en funciones ha repetido siempre la misma consigna ante sus interlocutores: prudencia, paciencia y serenidad. Hay coincidencia entre quienes han trabajado con él al reconocerle que una de sus principales «virtudes» es su capacidad para mantener la calma por muy adversas que sean las circunstancias. Y desde las elecciones de diciembre ha habido oportunidad para comprobar cómo Rajoy hacía uso de esta «virtud», que incluso le llegó a atribuir el ex secretario general socialista, Pedro Sánchez, en una entrevista, cuando después de resistirse a decir de él algo positivo acabó por concederle el mérito de saber reaccionar con serenidad en los momentos más adversos.

La «serenidad» es la que, posiblemente, le da la fortaleza para resistir y sobrevivir siempre, remontando incluso cuando hasta los suyos han llegado a dar por perdida la batalla. Desde las elecciones de diciembre, Rajoy ha pasado por varios momentos «especialmente malos», pero según ha contrastado este periódico entre colaboradores y miembros de su Gabinete, entre su círculo de más confianza, al líder popular no se le ha pasado nunca por la cabeza la idea de tirar la toalla. «En ningún momento ha pensado en abandonar. En ninguno. Su sentido de Estado y su conocimiento de todo esto le llevó a perseverar», sostiene un «fontanero» monclovita que ha vivido al lado del presidente esta larga etapa de interinidad. El cierre de filas de los suyos, el que nadie haya cuestionado nada, al menos por parte de sus ministros, ha sido una de sus principales fortalezas. En su familia, la presión para que valore si merece la pena seguir resistiendo viene de atrás, pero, una vez que él cerró con firmeza cualquier duda después de las elecciones de diciembre, ahí tampoco ha tenido inestabilidad.

Los mejores momentos desde enero han sido las dos noches electorales, la de las generales de junio y la de las autonómicas gallegas y vascas, ya que le sirvieron para validar como acertada su apuesta por aguantar. «Con el ruido político y mediático en contra, Rajoy decidió confiar en nuestros votantes, en los ciudadanos. Su tesis en estos meses ha sido que la izquierda acabaría destrozándose antes que ponerse de acuerdo, y que los descontentos con nuestras siglas acabarían regresando poco a poco si la alternativa era el caos», sostiene un miembro de su Gabinete. En Génova hacen cálculos sobre las consecuencias de la explosión del PSOE en un tablero político en el que dan por descontado que el viento sopla a favor de ellos y de Podemos, pese a que esta última formación también esté atravesando su crisis interna. Pero también son conscientes de que volver a aglutinar una mayoría es complicado y exigirá «cambios relevantes».

Si las dos noches electorales han sido las más dulces, ministros y miembros de la cúpula popular coinciden en señalar que uno de los momentos más difíciles fue la ejecución de su decisión de comunicar al Rey Felipe VI que no iría a la investidura. Una decisión madurada en silencio, y por la que se inclinó en el último momento. «Pablo Iglesias le puso la bandeja de plata. Sabíamos que ir a una investidura fallida, sólo con sus escaños, suponía un desgaste personal muy grande para Rajoy. Pero la opinión interna y externa apuntaba mayoritariamente en esa dirección. No había excusa hasta que Iglesias se pasó de frenada y despejó el camino para justificar que ir por ir no tenía ningún sentido», explica, desahogadamente, uno de sus colaboradores. Después de ese paso, y con la posibilidad de poder apelar a la coherencia consigo mismo, Rajoy no se habría presentado a una segunda investidura sin tener el apoyo de Ciudadanos. «En ningún caso», apuntala el mismo colaborador. Y eso a pesar de que la renuncia inicial a presentarse a la investidura le generó incomprensión por parte de muchos sectores. Rajoy está hoy convencido de que fue una decisión acertada de la que no se arrepiente. Un paso más en un guión en el que el eje ha sido mantenerse firme en la posición que fijó tras las elecciones de diciembre para dejar que los «vaivenes» de sus adversarios políticos les restaran credibilidad y confianza entre el electorado. Otro de sus momentos más duros en estos diez meses fue el episodio de la dimisión de José Manuel Soria, ex ministro de Industria y Energía, por aparecer en los «papeles de Panamá» y por sus contradicciones en las explicaciones sobre sus vínculos con paraísos fiscales. Rajoy confió hasta el último momento en su palabra, hasta el punto de que en algún almuerzo privado que mantuvo esos días el presidente en funciones sorteó las preguntas leyendo literalmente las anotaciones que había ido tomando de las explicaciones dadas en privado por Soria. «Es un asunto complejo. Y mi obligación es respetar la presunción de inocencia y no ser injusto», decía entonces. Hasta que Soria cayó precisamente por eso, porque su palabra dejó de ser creíble de puertas adentro.

No obstante, aunque el camino ha sido muy difícil, desde diciembre Rajoy no ha tenido que lidiar con muchos sobresaltos sobre lo que se esperaba que se le venía encima. Ni siquiera el resultado de las elecciones del 20-D le pillaron por sorpresa, y desde esa misma noche electoral su diagnóstico fue que lo más probable es que se repitieran los comicios. En su convicción de que habría que volver a votar sólo entró en juego alguna duda cuando se firmó el pacto entre el PSOE y Ciudadanos, pero las «despejó rápido». Y luego hubo otro momento de duda varias semanas antes de las elecciones vascas y gallegas, cuando empezaron a percibir señales del intento de acercamiento entre Sánchez y los independentistas. Aunque esta sensación fue enseguida superada en Moncloa cuando comenzaron a tener conocimiento, también antes de la votación en el País Vasco y en Galicia, de que el sector crítico con Pedro Sánchez estaba decidido a pasar a la acción si se confirmaba el nuevo batacazo electoral de los socialistas. Los movimientos en Andalucía y de representantes del poder económico fueron decisivos en el golpe en Ferraz.

Mientras, en el tablero político ha estado durante estos meses aguantando en su casilla, ajeno incluso al papel de protagonista, Rajoy se ha dedicado al partido. Ha sido fiel a su decisión de recuperar el hábito de presidir cada lunes la reunión de estrategia de la cúpula popular y se ha cargado la agenda de actos. Según uno de sus colaboradores, lo que ha hecho es «buscar refugio en la calle con una actividad que le ha permitido cubrir con el apoyo ciudadano la presión y la soledad política». La gestión de la crisis económica y los casos de corrupción que han afectado al PP le han debilitado ante el electorado más de centro, el menos ideologizado. Pero el «teatro» de sus adversarios, como él lo ha calificado, y sus «errores» le han ayudado a remontar posiciones y a corregir parte de la desafección. «En estos meses, Rajoy se ha sentido a gusto en la calle. Mucho más a gusto que en el teatro de la política», sentencia un miembro del Comité de Dirección de su partido. Hoy está convencido de que ha ganado la batalla política y la económica. ¿Y si hay que disolver sin agotar la nueva legistatura si el PSOE finalmente se abstiene? «Pues si hay que disolver, lo mismo se equivocan los que creen que Rajoy no sería de nuevo candidato», sentencian en Moncloa.

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