domingo, 25 septiembre 2016
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España

Micaela Domecq, la noble calma de Arias Cañete

Fue su abuelo, Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio, quien le mostró por vez primera la ganadería y las armas heráldicas de la vieja casa bodeguera, a caballo entre la herencia británica, Jerez de la Frontera y la Ruta del Toro. «Mira niña, Domecq obliga», le dijo el patriarca de esa estirpe andaluza a una jovencita Micaela, novena niña de uno de sus vástagos, llamado también Juan Pedro, y de Matilde Solís Beaumont y Atienza, hija de los marqueses de Valencina. Un título de tronío, otorgado por el rey Felipe IV en el año 1640 a don Luis Ortiz de Zúñiga y Guzmán. A Micaela siempre le gustó indagar en la historia de sus antepasados y con esmero y discreción se pasaba horas entre los legajos de las fincas familiares, más atenta a los libros que a las labores del campo y las barricas.

Si no hubiera sido por su matrimonio con Miguel Arias Cañete, pocos habrían sabido públicamente de su existencia. Fue la nieta preferida del abuelo Domecq, pero su carácter reservado la llevó a no presumir nunca de apellido, educarse en buenos colegios extranjeros y dominar varios idiomas. «Somos unos políglotas convulsivos», suele decir el ahora candidato popular al Parlamento Europeo, quien habla con su mujer a veces en inglés, otras en francés y, si se tercia, hasta en italiano o alemán. A diferencia de sus hermanos, volcados en los negocios familiares, Micaela siempre prefirió la literatura y la música, dos de sus pasiones. «Ni el brandy, ni el toro bravo, lo suyo es más intelectual», dicen amigos cercanos a la esposa de Arias Cañete.

Aun así, Micaela es propietaria de la Jandilla, una de las ganaderías emblemáticas de los Domecq, aunque delega la gestión diaria en sus dos hijos varones, Pablo y Juan Pedro. El otro, Miguel, es economista y consejero de varias sociedades de la familia, mientras que su hija Micaela es técnica comercial del Estado. Fue precisamente ésta quien hace tiempo se vio envuelta en una polémica con Leticia de Guindos, sobrina del ministro de Economía Luis de Guindos, por sus nombramientos en la Comisión Nacional del Mercado de Valores. El peso de los apellidos levantó una polvareda mediática enorme, con acusaciones de nepotismo. Ambas renunciaron a esos puestos, lo que causó un profundo disgusto a Micaela. «Nobleza obliga», les dijo a sus íntimas ante un asunto a todas luces injusto. Porque ella, emparentada con lo más florido de la aristocracia, jamás ha querido dar pábulo a la demagogia del señoritismo andaluz, latifundio y terratenientes cortijeros. Por ello, sus apariciones públicas con Miguel Arias han sido siempre mínimas, de una reserva absoluta. Dos de sus grandes amigas, las alcaldesas de Cádiz y de Jerez, Teófila Martínez y María José Pelayo, destacan que vive volcada en su familia, en especial sus tres nietos, y que jamás ha querido influir en la vida política de su marido: «Es una señora de pies a cabeza», afirman las dos regidoras gaditanas. Conoció a Miguel en su etapa como delegado de Hacienda en Jerez y tuvieron un flechazo. «Miguel era un tipazo cautivador, muy guapo, y Micaela, una chica con mucha de clase», según amigos cercanos.

Mujer sensible, ha sido leal compañera para un hombre de personalidad volcánica como Cañete. «Miguel es la tempestad y Micaela la calma», aseguran quienes bien les conocen. Uno de sus momentos más duros fue la muerte inesperada de su hermano Juan Pedro, a quien estaba muy unida. Falleció a consecuencia de un accidente de tráfico en la Higuera de la Sierra, Huelva, cuando se dirigía hacia su finca sevillana de «Lo Álvaro». Su vehículo colisionó contra un camión, ya muy cerca de la dehesa, y el choque frontal provocó su muerte instantánea. Aquello marcó profundamente a Micaela, según ha contado muchas veces el torero Enrique Ponce, uno de los más allegados a la familia y cuyo suegro, Victoriano Valencia, era íntimo de Juan Pedro Domecq.

Una Domecq calmada

Culta, discreta, con linaje de alcurnia, religiosa y de creencias, Micaela admira a su marido y adora a sus hijos y nietos. Se exhibe muy poco, pero quiso hacerlo hace unos días en el almuerzo de su marido en el Club Siglo XXI de Madrid. Muy elegante, con un traje verde turquesa y la melena castaño clara, estaba dolida por el follón a propósito del machismo. En público nunca dirá nada, pero en privado recuerda cómo a su propia hija se la impidió acceder a un cargo en la CNMV «por ser mujer hija de Miguel». Doble vara de medir de un feminismo mal entendido. Criada entre reses bravas y barricas de roble, sabe bien que en política, en la lucha electoral, hay que templar y lidiar.

Frente al carácter impetuoso de Miguel, su pasión por la velocidad y los coches, Micaela es más serena. Lee a Federico García Lorca y Rafael Alberti, le apasiona el flamenco, pero también la música clásica, devota de Mozart y Chopin. Le gustan los caballos pura sangre de su familia, y pasear con sus nietos por las playas gaditanas, hasta el anochecer. De noble cuna, sufre en silencio estos últimos días de campaña. Dicen sus amigos que ha releído la gran obra de Juan Pedro, el hermano querido, todo un tratado de la Fiesta, «Del toreo a la bravura». Y que, ante los ataques a su marido, ella lo tiene claro: «De la infamia, a la cordura». Así es Micaela, una Domecq calmada, aun sabiendo mucho de bravura. Un fuerte apoyo para su marido y toda una dama.

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