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Miquel Iceta: El último mohicano

Es un político valiente, un hombre acostumbrado a batirse entre bambalinas buscando los puntos de encuentro y dejando en el tintero las diferencias

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Toni Bolaño Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

19 de septiembre de 2017. 19:27h

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Miquel Iceta Llorens –Barcelona 1960– es un político valiente. No en vano, fue de los primeros en salir del armario, cuando en España todavía no estaba bien visto ser homosexual. Dicen que es un teórico –y es cierto– pero es un hombre acostumbrado a batirse entre bambalinas buscando los puntos de encuentro y dejando en el tintero las diferencias. Es un hombre del PSC de toda la vida. Empezó sus pinitos en el Partido Socialista Popular de Tierno Galván que en Cataluña era algo menos que residual.

Algunas personas de su entorno siempre le recuerdan en tono de guasa que «hacíais las asambleas en un seiscientos». Ha estado en la sala de máquinas del PSC con Narcís Serra, con Pasqual Maragall y con José Montilla, del que fue mano derecha en el partido y muchos años antes portavoz del Grupo Socialista en el Ayuntamiento de Cornellà. Fue el hombre que todo lo sabía cómo responsable del Departamento de Análisis en el Palacio de La Moncloa y uno de los negociadores –el más correoso– del Estatuto de Cataluña de 2006.

Llegó a la dirección del PSC en el peor momento. El socialismo catalán estaba inmerso en una crisis de dirección de alto voltaje, las relaciones con el PSOE estaban desolladas y la escisión era el pan nuestro de cada día. Aun así, dio un paso al frente para coger las riendas de un partido que nadie quería porque eran algo así como un clavo ardiendo. Sin embargo, las asió con determinación y en las elecciones de 2015 salvó los muebles con su actitud desenfadada en los escenarios mitineros bailando desinhibido a ritmo de Queen, aunque no cabe duda qué hubiera bailado lo que le echaran.

Su calvario no acabó aquí. La crisis del PSOE hizo tambalearse al PSC y apostó fuerte por Pedro Sánchez y Sánchez ganó. En Cataluña, arrasó por el apoyo de Iceta. La simbiosis entre ambos líderes, fuera de toda duda, llevó al nuevo secretario general del PSOE a firmar la Declaración de Barcelona, un paso más del socialismo español en la exploración de una solución al problema territorial de España. Todavía resuena aquel «Pedro, líbranos de Rajoy» en una Fiesta de la Rosa. Todo el mundo interpretó sus palabras como un gesto inequívoco del líder catalán con un Sánchez asediado por las hordas «susanistas». Lo que pasó más desapercibido es que con aquel grito de guerra, Iceta ganó sus propias primarias frente a la alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, Núria Parlón, entonces apoyada por Susana Díaz. Nadie daba entonces un euro por él, y él se lo robó de la cartera.

Con los problemas del PSOE situándose en tiempos de paz, Iceta abandona las veleidades y los prejuicios del socialismo catalán frente al soberanismo y pone pie en pared, recuperando un papel protagonista que los socialistas catalanes habían cedido a los de Ciudadanos de Inés Arrimadas. «Ni independencia, ni inmovilismo», se convierte en el cartel electoral de Iceta que llega a acuerdos de trabajo en común con los adversarios de toda la vida: Cs y Partido Popular.

Iceta es un hombre culto, leído y con verbo fácil, conversación fluida e interesante e incendiario en sus palabras si así se requiere. Se ha convertido en el líder de los hombres y mujeres de la última trinchera frente al soberanismo: los alcaldes del PSC, los que se han negado a ser comparsas del referéndum ilegal y que reciben todas las lindezas posibles del soberanismo envalentonado. Iceta es el último mohicano tomando partido en una batalla que dirimirá el ser o no ser del PSC en el futuro. Como sus alcaldes, Iceta se ha convertido en el objetivo preferido de los secesionistas porque el PSC a diferencia de Cs y PP tiene poder municipal. Nada que ver con el que tuvo el todopoderoso PSC de los 90 y la primera década del 2000, pero sus alcaldes gobiernan el 35% de la población catalana. Para los chicos de Puigdemont y Junqueras es el genuino «sociata de mierda», los mismos a los que Jordi Pujol, el padre de la patria, enviaba «a la mierda de dos en dos». A pesar de los ataques no se arredra y bajo el eslogan «que no cuenten conmigo» hace frente al 1-O. Niega el pan y la sal a los soberanistas porque sabe que todos los votos contrarios a la independencia en el referéndum son la legitimación de la ilegalidad. Al contrario de la izquierda de Colau e Iglesias, Iceta se ha sacudido los prejuicios nacionalistas y defiende su propia alternativa, a sabiendas que es víctima del fuego cruzado de posiciones antagónicas en Cataluña, y en España.

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