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Pujol: El exilio en Calabria 255 del «padre de la patria»

El ex president vive el órdago independentista encerrado en su despacho. Está «decepcionado» por el entreguismo de su partido a la CUP y a ERC. «Nunca habría llegado a esto», aseguran en su entorno

  • Pujol sale de su despacho en Bareclona, en una imagen de archivo
    Pujol sale de su despacho en Bareclona, en una imagen de archivo / EFE

Tiempo de lectura 8 min.

10 de septiembre de 2017. 05:27h

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Pilar Ferrer 11/9/2017

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«Nunca habría llegado a esto». La reflexión es unánime en el entorno de Jordi Pujol i Soley, y las personas que le han visto últimamente. Recluido todo el verano en su casa de Queralbs, en el Pirineo gerundense, el patriarca catalán contempla con estupor el espectáculo separatista. Fuentes de su familia y amigos cercanos aseguran que está viendo «triste y decepcionado el fracaso de lo que él construyó». Añaden que es muy crítico con Puigdemont, a quien acusa de dejar Convergencia en manos de los radicales de la CUP y Esquerra Republicana. A los antisistema los detesta por carecer de principios y valores, y a la actual cúpula de ERC la ve «fagocitando» a su antiguo partido. En su opinión, Oriol Junqueras y su equipo nada tienen que ver con el histórico dirigente republicano, Heribert Barrera, con quien Pujol siempre mantuvo una estrecha relación.

En círculos de la saga y veteranos políticos de CIU recuerdan cómo ya en 2006 el ex presidente era contrario a la reforma del Estatuto. «Nos puede salir peor», advirtió un día ante la Ejecutiva de la Federación sentado entre Artur Mas y Josep Antonio Durán i Lleida. Pero fue Mas, entronizado ya como heredero, quien insistía jaleado por dos exacerbados nacionalistas, Frances Homs y David Madí. El tiempo ha demostrado aquel inmenso error, la larga y cansada tensión con Madrid hasta culminar en la horrible situación. «Pujol administraba muy bien su afrenta con Madrid, siempre pactaba a cambio de algo y sacaba un rédito», dicen antiguos colaboradores. De hecho, el ex presidente alcanzó acuerdos con Felipe González y José María Aznar, mientras el grupo parlamentario de CIU tenía enorme influencia en el Congreso. «Ni Miguel Roca ni Durán Lleida habrían llegado hasta aquí», sentencian diputados de entonces sobre los dos cualificados portavoces.

En el entorno de Pujol son muy críticos con Mas: «Un hombre de muy baja capacidad intelectual». Reconocen que se equivocó con su elección y algunos diputados de la antigua CIU advirtieron en su día a Rajoy: «Mas no tiene límites». Ahora se ha visto, superado por Puigdemont. «Mas se tiró al monte y Puigdemont se bajó los pantalones ante la CUP», afirman. El ex presidente de La Generalitat, según estas fuentes, siempre tuvo un sentido patriótico, se pateaba España y hasta aceptó un día ser español del año. Jugaba bien sus cartas y administraba «el tema emocional», clave para entender la política catalana, con mucha habilidad bajo la premisa de reclamar la soberanía, sabiendo la imposibilidad de aplicarla. En su entorno creen que Mas y Puigdemont han sido dos títeres «muy débiles intelectualmente».

Lo que más le duele en estos momentos al patriarca es caer en manos de la CUP, unos radicales sin principios, valores y símbolos institucionales que el siempre defendió. En cuanto a Junqueras opina que su único objetivo es cargarse a Convergencia y alcanzar La Generalitat. Pujol era partidario de cambiar el sistema de financiación y utilizar el victimismo con inteligencia. «Ahora se les ha escapado de las manos», dicen sus allegados. Pujol, insisten, administraba las emociones de modo racional. Otra cosa es que algunos de los desastres actuales sean consecuencia de políticas que practicó y de la nefasta elección de Mas como heredero y la red de corrupción que ha salpicado a su partido y a toda su familia. «Está decepcionado consigo mismo ante su legado administrado por gente incapaz», dicen quienes le han visto recientemente.

Colaboradores del ex presidente y antiguos dirigentes de CIU ven ahora la situación muy complicada por la deriva radical de los acontecimientos. «Frente a la calle poco vale el ordenamiento jurídico», dicen pesimistas. En su opinión, la clave de este pulso con el Estado radica en manejar el tema emocional: «Hay que pensar en los catalanes no nacionalistas, aplicar la ley sin ofender ni humillar». Y elogian la actitud prudente de Rajoy frente a otra «línea dura» de sectores del PP. Reclaman cabeza fría, hilar muy fino y no caer en provocaciones. Su mayor temor es la violencia callejera alentada por la CUP y la Asamblea Nacional de Cataluña. «A Puigdemont no le importa quemarse a lo bonzo en este incendio», añaden con pesar.

El llamado en su día «Padre del patria catalana», ha pasado un verano tranquilo, pero la familia pujolista tiene ante sí un calvario judicial que no ha terminado. El ex presidente ha cumplido el pasado mes de junio ochenta y siete años y arrastra una ligera cojera en la pierna izquierda, pero sobre todo una incipiente sordera junto a su tradicional «tic» nervioso ocular. «Está bien de salud, pero todo esto le tiene muy tocado», admiten en el entorno familiar. Instalado en su nuevo despacho, recibe a personas que él llama sin pasar por secretaria, obsesionado con su etapa como presidente de La Generalitat y asiste a la caída del mayor entramado de poder e influencia en Cataluña.

Indignado, distante e impávido ante su propia confesión de las cuentas en Andorra y el desfile judicial de sus hijos. Con tristeza y mucha decepción por el espectáculo independentista radical. Hace meses decidió dejar su retiro, olvidar el ostracismo social y reivindicar su legado político, pero ahora ve como se derrumba. Algunos empresarios, historiadores y políticos veteranos coinciden en que sigue siendo un hombre vanidoso que intenta justificar sus casi treinta años como el dirigente más poderoso de Cataluña. A los cinco años de su incendiaria confesión sobre las cuentas ocultas en Andorra, contempla su herencia dilapidada por Mas y Puigdemont en manos de la CUP, con quienes Pujol no habría cedido jamás.

Instalado en el despacho que le prestó su gran amigo Antoni Vila San Juan, un mecenas que posee una de las Fundaciones más importantes dedicadas al Arte Contemporáneo catalán, practica su rutina germánica de leer prensa extranjera y escribir. A veces almuerza con su esposa Marta Ferrusola y algunos de sus nietos en un restaurante cercano sin los insultos que le proferían tras los registros en su domicilio. Escribe sin cesar y ha creado la Asociación Serviol, una especie de página web sobre la historia de Cataluña, con miles de folios archivados como adelanto de lo que podrían ser unas memorias. «Tiene mucho que contar y en su momento lo hará», advierten sus leales, aunque sus críticos opinan que «Nunca serán válidas hasta que aclare sus cuentas».

Quienes le tratan aseguran que se mantiene en forma. Con los achaques propios de una persona mayor, camina con dificultad y arrastra una ligera sordera, que le llevó a una intervención auditiva hace meses para colocar un sonotone. «Mantiene una memoria prodigiosa», afirman personas próximas. Acude a su librería habitual para comprar prensa extranjera en inglés y alemán, idiomas que domina a la perfección, novedades editoriales de historia y novela negra, sus favoritos. Su estado de ánimo lo resume un amigo con la frase que pronunció el día del último registro policial en su casa barcelonesa de General Mitre: «Siento mucho lo que está pasando».

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