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El líder al que bautizó y enterró Felipe González

En pocos años, Sánchez ha pasado de ser un anodino concejal de Madrid a ocupar la secretaría general y colocar al socialismo español en una de sus peores crisis internas en 140 años de historia

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Pilar Ferrer.  Madrid.

Tiempo de lectura 5 min.

02 de octubre de 2016. 02:35h

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Pilar Ferrer.  Madrid. 1/10/2016

Llegó al liderazgo del socialismo español de la mano de Susana Díaz, que le apoyó sin fisuras frente a Eduardo Madina. Era un concejal anodino en el Ayuntamiento de Madrid, a quien «No se le conoce ni una buena acción ni una mala palabra», según decían sus propios compañeros. Aun así, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que ayer acabó dimitiendo, logró ser diputado en el Congreso y, desde allí, optar a la Secretaría General del partido.

Era un chico afable que, con su mochila al hombro, encandilaba a los periodistas por los pasillos de la Cámara. Joven, entonces moderado, sin pasado contaminado, eran sus mejores credenciales. Pero la llegada al poder le transformó por completo. Se olvidó de Susana, engañó a Felipe González y fustigó de manera injusta al líder madrileño Tomás Gómez. Rodeado de una guardia pretoriana de insolventes, capitaneados por el riojano César Luena, laminó a cuantos le plantaban cara y llevó al PSOE a la mayor crisis de su historia. «Nos ha cavado la tumba», aseguran muchos de sus dirigentes históricos.

A la vista está. Pedro Sánchez Pérez-Castejón, desconocido para la mayoría cuando iba de tertuliano a alguna televisión, utilizó a la lideresa andaluza y a otras Federaciones del PSOE para su propia ambición. Pero sobre todo, según coinciden veteranos socialistas, sucumbió a dos obsesiones: las eternas almas del PSOE, enfrentadas a caballo ente los revolucionarios de Largo Caballero y los moderados de Indalecio Prieto o Julián Besterio, y su patológica aversión contra Mariano Rajoy y el PP. Mediocre como pocos, se refugió en el sectarismo puro y duro. Dentro de su propio partido, aislado e implacable contra quienes no fueran su «núcleo duro». Y desde fuera con una obsesión enfermiza hacia Rajoy y la derecha. «Ni en el treinta y seis llegamos a esto», se lamentan hoy muchos socialistas al recordar otros enfrentamientos entre las dos sensibilidades del partido fundado por Pablo Iglesias.

En medio del esperpéntico espectáculo, la mayoría de los «barones» con peso de gobierno territorial, los ex presidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, los antecesores en la secretaría general, Joaquín Almunia y Alfredo Pérez Rubalcaba, y numerosos nombres emblemáticos del partido de coinciden: ha sido el líder más sectario del PSOE, el que más derrotas lleva acumuladas y el único que con la obsesión enfermiza que mantuvo por mantenerse en el sillón se llevará al partido por delante. Obstinado en su odio al PP y entregado al líder de Podemos, Pablo Iglesias, que le ha manejado a su antojo en estos frenéticos meses, Sánchez ha roto el PSOE y lo ha llevado al abismo. «Acabaremos como el Partido Socialista italiano de Bettino Craxi», dicen algunos históricos ante el vodevil de ayer en el Comité Federal y en recuerdo de cómo acabó el socialismo en Italia de Craxi, quien murió en absoluta soledad en su mansión de Túnez con un partido desaparecido.

Las espadas se levantaron dentro del partido. Los críticos calificaron la actitud de Pedro Sánchez y su lugarteniente de campo, César Luena «Una declaración de guerra». En el sector oficialista, las dudas crecieron por momentos y fueron muchos quienes atisbaron como única salida la dimisión de Sánchez. Aunque durante todo el día Sánchez intentó rendirse y llegó a amenazar sin tapujos, «todos me debéis el cargo», les dijo, según testigos presenciales, en un desafío sin precedentes a los miembros de la Ejecutiva. La tensión era enorme y a las ocho y veinte de la tarde se anunció la dimisión del líder socialista. Lo que todos tienen claro es que esta lucha fratricida en el PSOE no tiene precedentes y que el único vencedor es Pablo Iglesias. «Le ha entregado el liderazgo de la izquierda a cambio de nada», lamentaban algunos en los aledaños de la sede de Ferraz, asediada por radicales y antisistema que insultaban a los críticos. En su opinión, alentados por el sector oficialista y como una muestra más de su sectarismo.

Es la suya una historia de arribismo, mediocridad y traiciones. «Sabe de economía y se ha pateado el partido», aseguraban parlamentarios socialistas, intelectuales y economistas, muy críticos con Alfredo Pérez Rubalcaba, que ya había tocado techo en todas las encuestas. Pedro era el diamante en bruto, una especie de esperanza blanca después de José Luis Rodríguez Zapatero, que había dejado el país en barbecho, la economía debilitada y las federaciones divididas. Muy poca gente lo sabe, pero el nombre de Pedro empezó a ser importante en una cena discreta de Felipe González con un grupo de destacados empresarios del IBEX. «Esta vez espero no equivocarme», le dijo Felipe a un elitista grupo empresarial. Ahora, el ex presidente se siente engañado, estafado políticamente, después de que Sánchez le aseguró la abstención en la segunda votación de investidura de Rajoy. «Ni se le ha puesto al teléfono», denuncian en el entorno del ex presidente, uno de los defensores de Sánchez.

Pedro Sánchez, opinan críticos y hasta la mayoría de los oficialistas en privado, ha dilapidado la herencia socialista. «Un guaperas que nos ha llevado a las mayores derrotas de la historia», decían ayer algunos entre los impresentables recesos del Comité Federal. El ambiente, añadían, «es de funeral». Pudo ser un político valiente, honrado y de nuevo cuño, pero su entrega a los radicales de Podemos, su palanca absoluta a los comunistas de extrema izquierda, su cesión a los gobiernos municipales y autonómicos, que nunca habrían tocado poder, ha sido su tumba definitiva. Tuvo en su mano el gobierno municipal de Madrid y lo desechó. Pudo facilitar otros gobiernos y sucumbió a un «cordón sanitario» contra el PP que al final se le volvó en contra. Nadie, ningún votante moderado del PSOE y el espectro sociológico del centro-izquierda, se lo podrán nunca perdonar. En su obsesión por salvarse él mismo dentro del partido y sobre todo, frente a su gran rival, Susana Díaz, este joven socialista sembró su defunción definitiva. Y lo que es más grave, la de su partido.

Dicen que sus fieles empezaron a flaquear y que sus pactos ocultos con Podemos le pasarán factura. «Quien con un escorpión se acuesta con un aguijón se levanta». Era el comentario general de destacados dirigente del socialismo madrileño durante una cena celebrada hace dos noches en Madrid, y donde los cuchlillos hacia Sánchez eran de antología. Intentó resistir como héroe, pero para muchos era ya villano. Triste legado en un partido que lo fue de gobierno y moderado, ante el fin de la obcecación de un líder.

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