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Trapero: El desafiante brazo de la ley

Hijo de un matrimonio de «charnegos» de Valladolid, ha incrementado su perfil secesionista por sus «amistades peligrosas». Se autodefinía como un «policía pata negra». Su puesto es vitalicio

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Tiempo de lectura 4 min.

28 de septiembre de 2017. 05:38h

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Pilar Ferrer 28/9/2017

Era fumador empedernido, como su padre, y lo dejó hace años por una infección dental. Dicen que ahora ha estado a punto de volver al tabaco por la tensión acumulada. «Con mal genio y un carácter avinagrado». Así definen el actual estado de ánimo de José Luis Trapero Álvarez, Mayor de los Mossos d’Esquadra, los escasos colaboradores que con él despachan. Un policía retador, díscolo en este conflicto, que se ha negado a estar presente en reuniones oficiales del Estado. Otra cosa son las sedes judiciales de la Fiscalía, cuya ausencia le puede suponer un delito de desobediencia. En esta contrarreloj hacia el 1-O, Trapero ha permanecido atrincherado en su despacho en contacto con sus dos superiores directos: el director general de la Policía Autonómica, Pere Soler, un abogado avergonzado de España, y el consejero de Interior, Joaquín Forn. El hijo de Lino y Luisa, un matrimonio de «charnegos» de Valladolid afincados en Santa Coloma de Gramanet, siempre fue un tanto hosco, distante y desconfiado. Forjó su carrera bajo el mando de dirigentes de Unió Democrática. Su principal mentora en el Cuerpo fue la democristiana Nuria Aymerich, directora del Instituto de Seguridad Pública de Cataluña. Allí entablaron una buena amistad, fue profesor y llegó a comisario jefe. Sus alumnos le recuerdan como un hombre «antipático, reservado y disciplinado». Además, destacan su lealtad con Aymerich cuando sufrió la denuncia de un grupo de alumnos hacia las pruebas de selección. Él y sus compañeros de promoción siempre defendieron la ortodoxia de los exámenes de acceso, duros y rigurosos para lo que califican de «excelente preparación».

Su estrecha relación llevó a la directora a proponerlo como Mayor de los Mossos al entonces consejero de Interior Ramón Espadaler. El cargo había quedado vacante, pero la política se cruzó. Eran tiempos de soterrada tensión entre Convergència y Unió dentro de la Federación nacionalista bajo la presidencia de Artur Mas. Espadaler y Aymerich defendieron su idoneidad para ser Mayor, pero los convergentes maquinaron en contra. El puesto, muy apetecido, es vitalicio y siempre estuvo en manos de Convergència. Mas se inclinó por otro candidato y, según compañeros de la época, Trapero maquinó para que Espadaler le nombrara comisario jefe de los Mossos y se convirtió en su mano derecha. «Soy un policía pata negra», afirman que decía.

Bastante tímido, husmeaba todos los rincones por el barrio de La Guinardera, obsesionado con el orden y la vigilancia. Los vecinos recuerdan cuando Jordi Pujol visitó el pueblo y Trapero se acercó al «Molt Honorable» para reclamar asfalto en sus calles. La petición se cumplió y fue elegido portavoz de la comunidad de vecinos de la barriada. «Era autoritario, sin admitir un no por respuesta», dicen. Algo que sigue practicando como Mayor de los Mossos, donde ha emprendido una auténtica «caza de brujas» contra los agentes que colaboran, a hurtadillas, con Policía Nacional y Guardia Civil para desmontar la maquinaria oculta del referéndum. Consciente de los riesgos, se mueve en un filo de la navaja. «Acata pero no comparte», susurran en su entorno ante las críticas de un mando único a cargo de Interior.

Celoso guardián de su vida privada, un momento vital duro fue la muerte de su padre. El personal médico de Can Ruti, el hospital donde falleció, le recuerda como un hijo abnegado, muy ligado a su madre y sus dos hermanos. Tras la muerte de Lino, se despidió personalmente de todos los médicos y enfermeras, y publicó una carta muy emotiva en un medio catalán. Cuentan que en esa época visitaba a menudo el Monasterio de Montserrat, con cuyo Abad tiene buena amistad. Apasionado de la naturaleza y los animales, se licenció en Derecho y quiso estudiar Biología, pero entro en la Escuela de Policía de Cataluña. «Le gustaba mucho vigilar», dicen sus ex vecinos.

Cuentan que ha incrementado su perfil soberanista, tal vez influido por «amistades peligrosas» como Pilar Rahola, Joan Laporta y Carles Puigdemont. En su entorno lo niegan, aunque su número de promoción de Mosso, 1.899, coincide con la fecha fundacional del Barça. La famosa foto de la paella en Cadaqués, en casa de Rahola con Laporta y Puigdemont, no le hizo gracia, dada su aversión a la publicidad. Acudió invitado por Rahola, a quien conoce de sus veraneos en Cadaqués con Sonia, «su novia de toda la vida». Es un forofo de las baladas de Serrat y tocaba la guitarra de joven. Desde entonces, tiene aversión a los focos mediáticos. Se ha dejado barba, profundas ojeras y sus desplantes a los periodistas que le piden hablar en castellano han hecho historia. Sus detractores le acusan de simpatías secesionistas y sus leales le definen como un «pura sangre catalán». Mientras para unos es disciplinado y fiel, para otros es un «trepa». Testarudo y distante, plantea un reto al Estado y no piensa ceder ante un núcleo de agentes críticos dentro del Cuerpo. En su círculo personal opinan que no dará un paso atrás. Es el brazo desafiante de la ley.

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